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Ámbito Financiero
13/07/07
Sección Espectáculos
Excelentes
actores animan "El trompo metálico"
Triángulo familiar cómico
e inquietante
Por Patricia Espinosa
«El trompo metálico».
Libro y Dir.: H. Steinhardt. Int.: D.
De Paula, G. Berghese, V. Almeida. (Sala
Biblioteca - C.C.R. Rojas.)
Este trabajo de la sorprendente directora
debutante de Heidi Steinhardt tiene
una sólida dramaturgia que, además,
se ve enriquecido por la labor de sus
intérpretes y cuenta con un escenario
ideal: la histórica Sala Biblioteca
del Centro Cultural Ricardo
Rojas. En ese ambiente, con
paredes cubiertas de boiserie y estanterías
vacías (hace años que
dejó de albergar libros) pasa
sus ratos ociosos una pareja, que también
se da tiempo para someter a su hija
a todo tipo de pruebas, supuestamente
destinadas a mejorar su educación.
La chica habla cuatro idiomas, estudia
danza, domina varias materias y comparte
con su padre la misma sed de conocimientos.
Sin embargo, éste la humilla
injustamente con la complicidad de su
esposa, una mujer ignorante y banal
que trata infructuosamente de estar
a la altura de su marido y que por lo
tanto no soporta la notoria superioridad
intelectual de su hija («Respetá
a tu madre que no sabe para qué
te tuvo», le grita en un arranque
de ira).
Este cruel triángulo edípico,
disimulado bajo una capa de erudición,
supuesto amor al saber y estrictas reglas
de etiqueta, es un hervidero de odios
y deseos oscuros. Se intuyen algunos
rasgos incestuosos entre padre e hija,
pero lo más interesante de esta
tragicomedia es la lucha sin cuartel
que entabla la pareja en contra de la
hija.
Una de las escenas más divertidas
de «El trompo metálico»
es aquella en la que todos juegan al
tuti fruti utilizando rubros sólo
aptos para eruditos (como por ejemplo:
«matemáticos de la Edad
Media»). En otros momentos, uno
tiende a estremecerse -aún entre
risas- ante el maltrato sufrido por
esa delicada criatura. En otra escena
inolvidable, cada personaje brinda su
particular interpretación de
una fábula china leída
en voz alta. Pero sólo la hija
logra captar en ella valores y conductas
dignos de ser imitados.
Por la obra circulan todo tipo de apuntes
referidos a nuestra mítica idea
de Nación, a ciertos ideales
de cultura bastante contradictorios
y a otros aspectos del vínculo
padre-madre-hijo que cada espectador
irá descubriendo seguramente
bajo el filtro de su propia experiencia
de vida.
Diego De Paula es un pater familias
de antología, temible y encantador,
capaz de seducir con sus conocimientos
y buenos modales y al rato horrorizar
con su cinismo, intransigencia y prejuicios
de clase. Greta Berghese provoca carcajadas
en su de rol de madre egoísta,
inculta y que se cree lo que no es.
Mientras que Victoria Almeida compone
a una adorable criatura, que al fin
y al cabo demuestra ser más fuerte
e independiente de lo que suponían
sus padres.
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Perfil
1/07/07
REFLEXIONES
SOBRE UN ESTRENO TEATRAL
Diario de un dramaturgo
Por Daniel Link
El narrador, catedrático y ensayista
acaba de debutar como autor teatral con
"El amor en los tiempos del dengue"
(que se representa durante este mes todos
los sábados a las 23), pieza estrenada
en el marco de un nuevo ciclo de óperas
primas organizado por el Centro Cultural
Ricardo Rojas. Y en este artículo,
él mismo revela los mecanismos
a través de los cuales el texto
fue imaginado y concebido mediante un
lúcido ejercicio crítico
de autorreflexión. Las elecciones
formales detrás de una historia
de obsesión, dinero y poder.
Escribí el texto de El amor en
los tiempos del dengue en el contexto
de una reflexión sobre la forma
teatral que no necesariamente tenía
que involucrar mi escritura, pero que
terminó haciéndolo: mucho
más cerca de Brecht que de Artaud,
pero sobre todo mucho más cerca
del Pasolini de las Tesis sobre el nuevo
teatro y de la dramaturgia, con la que
siempre he tenido una relación
de inmenso respeto (rayano en la envidia):
Beckett, desde ya, y en el otro extremo
de un arco que involucra los nombres de
Tennessee Williams, Albee y, por supuesto,
Copi, algunas formas teatrales típicamente
latinoamericanas como el melodrama.
más, en un par de obsesiones,
si se quiere formales (y por lo tanto
políticas), como en Replay* (que
fue escrita con posterioridad, pero
que se hizo pública antes): la
primera de ellas tiene que ver con la
intervención del azar en la composición
(la obra está pensada para dos
personajes y cuatro actores que, de
acuerdo con los dictados del azar, representan
a esos dos personajes). La segunda se
refiere al imperialismo lingüístico
(una de las formas más solapadas
y más repugnantes del fascismo
contemporáneo). Uno de los personajes
debe tener acento rioplatense y el otro
acento "del interior" (cordobés,
escribí en el texto).
La suerte quiso que, algún tiempo
después del ejercicio de escritura
que titulé El amor en los tiempos
del dengue, hubiera en el Centro Cultural
Ricardo Rojas un ciclo en marcha titulado
Operas Primas. Lo que había sido
escrito pensando en el azar como una
de sus variables encontraba ahora, por
azar, su contexto de producción.
La responsabilidad de la puesta recayó
en Saula Benavente, a quien yo ya conocía
por sus trabajos cinematográficos.
Creo que cuando nos vimos por primera
vez nos caímos bien: hablamos
de animales domésticos. Pero
nunca habíamos hablado sobre
teatro y nunca volvimos a hacerlo. Nos
entregamos al vértigo de un montaje
que (una vez más, por azar) debía
cumplirse en tiempo récord. La
inminencia del estreno obligó
a dejar de lado algunos aspectos y a
potenciar otros.
Vivi Tellas se preguntaba alguna vez
por qué se repite el teatro.
El teatro se repite porque lo que involucra
es la producción de diferencias
mínimas (lo Uno en lo Múltiple,
y viceversa). Saula Benavente entendió
perfectamente el problema, pero además
comprendió que era imposible
condenar a dos actores por función,
como la pieza lo indica, al silencio.
Había que repetir la pieza dos
veces, dicha una vez por los actores
que el azar dictaminara; y otra vez
por los actores que habían perdido
el lance. Me gustó la idea, porque
conservaba lo esencial del procedimiento
y producía, respecto de él,
una diferencia mínima. Además,
con gran elegancia, Saula decidió
que, una vez, la obra se representa
de atrás hacia adelante; y otra
vez, de adelante hacia atrás.
Y como el subtítulo de la obra
reza "Pieza insensible en dos actos
y medio", la duplicación
debía desarrollarse en cinco
actos.
La primera versión que Saula
propuso respondía a la serie
31231 (donde cada número designa
uno de los "actos"). Yo le
sugerí que revisara el esquema,
porque me parecía que la serie
31213, más cerrada sobre sí
misma, plantea no sé si una conclusión
(porque la repetición de por
sí es infinita), pero al menos
un remate dramático que la pieza
necesitaba. Textos teatrales que se
hayan propuesto trabajar a partir de
la diferencia mínima hay muchos,
pero sobre todo uno que da miedo por
su perfección: Esperando a Godot,
de Beckett. Al escribir El amor en los
tiempos del dengue, traté de
evitar deliberadamente todo parentesco.
Es por eso que me parecía que
la estructura 31213 era más adecuada
que la estructura 31231. Creo, no obstante,
que la solución propuesta por
Saula es igualmente legítima
y lo ideal sería poder representar
la obra de un modo o de otro, alternativamente.
No todas las preocupaciones teatrales
que tenía en el momento de escribir
El amor en los tiempos del dengue eran
de índole formal (o lo eran,
porque todo es forma, pero en un registro
diferente). ¿Cuál podía
ser "el tema" de una obra
mía? Pensé que los personajes
debían estar obsesionados, también
ellos, por la diferencia mínima,
y me pareció que el dinero, eso
que circula ciegamente entre nosotros,
era la moneda necesaria para desencadenar
el parloteo. Como el teatro gira alrededor
de las identificaciones, un dramita
del dinero y el modo en que lo contamina
todo podían ser el espejo en
el que todos y cualquiera pudieran mirarse.
¿Cuál sería la
situación? Un diálogo
entre dos personas cuyo vínculo
no queda claro (porque involucra el
dinero, que todo lo enturbia). Un diálogo
agobiante y obsesivo alrededor de un
tema único, como si los personajes
hubieran sobrevivido a una catástrofe
y no pudieran pensar sino en eso, a
riesgo de desmoronarse. Qué raro
fue que muchos de los primeros espectadores
se sintieran involucrados (reconocidos)
en esos parlamentos desesperados y ridículos,
representados por un espejo roto. "El
moralista huye de su imagen reflejada
en el espejo, rompe la luna y se corta
la mano", dijo Trotsky sobre Céline.
Tal vez esas metáforas (el espejo
roto, la mano cortada) sirvan para explicarnos
los efectos del teatro, esa epidemia.
En la puesta de El amor en los tiempos
del dengue, Saula Benavente eligió
algunos caminos de la obra que tal vez
yo no hubiera transitado, pero los potenció
con tanta gracia que ahora me resulta
difícil desprenderlos del texto.
El partido especular que ella tomó
desde un principio se vio pronto reforzado
por la aparición de los actores,
dos de los cuales se llaman Fabiana
(por azar) y otros dos, Santiago y Esteban,
que son nombres más o menos equivalentes
en la memoria de la gente (lo mismo
sucede con Daniel y David: yo soy víctima
de confusiones como ésa). El
espejo roto de lo imaginario aparecía
por todas partes.
Al haber decidido comenzar la representación
por el final (el medio acto), el primer
parlamento que se oye convoca la peste:
"Odio a los lacanianos", dice
el personaje de Santiago Giralt. Lacan
dijo alguna vez que le dijeron que Freud
habría dicho, a punto de desembarcar
en Nueva York: "No saben que les
traemos la peste". La anécdota
(falsa) sirvió para designar
la subversión analítica
propuesta por Lacan como "la peste".
Yo, que había incluido esa línea
de diálogo apenas como un chiste,
percibí lo bien que quedaba desde
la primera vez que la escuché
en uno de los ensayos porque hacía
eco con la idea de teatro como peste
propuesta por Artaud en El teatro y
su doble, que no tuve en cuenta en lo
más mínimo cuando escribí
el texto, pero que, durante el montaje,
aparecía con su propia fuerza.
La peste lacaniana, la peste teatral
y el dengue parecen, ahora, funcionar
como los vértices visibles de
un tratado de epidemiología.
"Empezar por acá es empezar
muy arriba", murmuré durante
un ensayo, porque me parecía
difícil que todo lo que sucedía
después pudiera estar a la altura
de ese comienzo (debido a la imaginación
de Saula y no a la mía). Naturalmente,
me equivocaba.
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La Prensa
21/06/07
TRANSCURRE
LA POBRE `EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL
DENGUE'
Entre superficialidad y gritos
'El amor en los tiempos del dengue',
de Daniel Link. Dirección: Saula
Benavente. Escenografia y vestuario:
Cecilia Figueredo. Iluminación:
Leonardo Aguinaga. Actores: Fabiana
Falcón, Santiago Giralt, Esteban
Meloni y Fabiana Rey. Centro Rojas (Corrientes
2038).
Por Juan Carlos Fontana
En el marco del ciclo Óperas
Primas, propuesto por el actual coordinador
del centro Rojas, Matías Umpierrez,
dedicado a directores noveles, se presentó
'El amor en los tiempos del dengue',
de Daniel Link, con dirección
de Saula Benavente.
La pieza, que tiene por protagonistas
a dos parejas, muestra la relación
paciente-terapeuta y lo hace a través
de un estilo burlesco y un humor grotesco,
en el que por momentos los personajes
elevan su voz hasta el grito, con la
intención de hacerse escuchar,
o comunicarse mediante la agresión
y la amenaza con el profesional.
DIALOGOS BREVES
La obra está compuesta de diálogos
breves, que primero son dichos por una
de las parejas, conformada por dos mujeres
y luego por dos hombres.
Los mismos textos son repetidos por
unos y otros, otorgándole algún
matiz distinto a la actuación,
que en algunos casos acentúa
los arrebatos histéricos y en
otros vuelve más densa y violenta
la relación.
El psicoanálisis, la clase media,
la crisis económica por la que
atraviesa el hombre común, son
vistos por Link en tono ligero, superficial,
sin profundizar en ninguno de esos conceptos
y apelando a provocar la risa o la complicidad
en el espectador.
En medio de una escenografía
que optó por 'tapizar' paredes
y muebles con polietileno traslúcido,
los actores se movieron en un constante
clima de improvisación, sin ninguna
marcación dramática que
pudiera sostener a esos personajes que
parecen librados al azar tanto por el
autor como por la directora. A tal punto
que por momentos los actores parecen
confundir sus salidas del escenario.
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