Sobre el papel se imprime la obra de arte, técnica, proceso de líquidos que revelan y develan, sobre el blanco que no es definido por la mano del artista sino por la industria. La lente atrapa y estanca al objeto, para llevarlo hasta su costado amorfo y hacerlo víctima de la mirada del que mira.
Los dados o las fichas, un sorbete en línea que establece el horizonte, la grana repostera que se hace impresionismo, para desafiar los límites, siempre lo mismo, forzar al que ve a sobrepasarse. La obra de Eduardo Arauz resulta molesta, incómoda. Acaso porque proponga una dialéctica entre la cosa y el arte en una tensión plana, en dos, ancho y altura, sin síntesis pero de la que hay que salir. Me pregunto si la foto también es un objeto y entonces temo que la obra me involucre en un retorno eterno, de la cosa al arte y otra vez a la cosa.
Tal vez sea posible escapar de esa trama: trazar la tangente al círculo, encontrar ese único punto donde la línea lame al encierro, ni arte ni cosa, ni siquiera su síntesis. La tensión no se resuelve, nunca, ni en ésta ni en aquella fotografía. Arauz pretende que el que mira se haga esa línea que puede tocar la fricción entre lo bello y lo real, tan sólo un instante, y después huir. Ese es su capricho.

Gustavo Varela
Buenos Aires, abril de 2000
Este texto formó parte de la muestra en la fotogalería del Rojas, mayo de 2000.
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