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Programa de Comunicación y Reflexión Publica sobre la Ciencia
 
   
Revista Nautilus
Enseñanza de la Ciencia
Actividades Programadas
Seminario continuo: Narrar la ciencia. Experiencias de escritura.
Nuevo encuentro: sábado 5 de julio de 10 a 13hs
Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo 

Si la ciencia es el saber objetivo y quien lo enuncia es un metasujeto trascendente, no los hombres sumergidos en las contingencias de la historia, entonces la gran dificultad en el campo del conocimiento público de la ciencia será cómo traducir de manera efectiva ese conocimiento. La imposibilidad de narrar puede preocuparnos por su sentido de alienación sobre la condición humana, sin embargo no parece ser una cuestión pertinente cuando nos referimos al conocimiento de la ciencia por quienes pueden ser considerados legos. Las ideas son complejas, las herramientas conceptuales difíciles, el tiempo del que disponemos es corto y los recursos en general insuficientes. Por ello parece que deberíamos ser muy precisos cuando intentamos definir el foco de nuestra preocupación y este pareciera que debe excluir el universo de la narración, de la introspección humana que plagado de confusas emociones y pensamientos podría difuminar la claridad con que la “ciencia” describe los fenómenos del mundo natural.  Son muchos los libros, los manuales, las prácticas, incluso las propuestas televisivas y multimediales que comparten y aceptan esta concepción, según la cual el gran desafío pedagógico se resume en cómo lograr, en las difíciles condiciones que describimos, una traducción eficaz del corpus de conocimiento científico para construir una perspectiva identitaria y valorativa hacia este saber. No obstante, una mirada profunda sobre el pasado reciente nos indica que algo significativo parece estar errado en esta concepción porque conlleva el enmudecimiento y la derrota del pensamiento.

Frente al aluvión de libros y producciones en el campo de la divulgación científica vale considerar las palabras que escribiera Martín Caparrós sobre la novela de Vasili Grossman “Vida y destino”:

“Me da envidia el camarada Grossman, que sabía para qué escribía. Ahora no sabemos: me parece que casi siempre no sabemos. Ya no sabemos dónde está el coraje de un texto, dónde su necesidad. En general, creo, escribimos para escribir. Porque es interesante, simpático, satisfactorio incluso, porque no está mal ser escritor, porque se gana algo de plata y un poco de respeto, un par de viajes, la admiración de algunos. Por eso, supongo, escribimos cositas. Por eso, supongo, las librerías están llenas de libros que no dicen nada, que se olvidan en un par de meses, que dan exactamente igual. Me da envidia, mucha envidia Vasili Grossman, canceroso, olvidado, convencido quizá de que su esfuerzo había valido todas esas penas: que si tenía una vida debía hacerla un destino y que ese destino, extrañamente, era una novela.”

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Los compromisos sociales de la ciencia Una reflexión desde el film basado en la obra Copenhague, de Michael Frayn

Miércoles 25 de junio, 16:30 hs
Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas
Universidad Nacional de La Plata

Película: Copenhague, de Howard Davies (2002)

El compromiso de los más relevantes científicos de la primera mitad del siglo XX con el desarrollo del armamento nuclear en el complejo marco político de la Segunda Guerra Mundial reclama un análisis sobre los significados de la expansión de la ciencia en nuestra cultura. Los conocimientos y los sucesos ocurridos nos demuestran de manera inequívoca el poder de la mente humana para penetrar en la lógica del mundo natural y para derivar de ello potentes logros tecnológicos cuyo significado no siempre logramos entrever. Lo ocurrido reclama por la obligación de sostener un ejercicio de comprensión pública de la actividad científica, desde su lógica institucional, desde su relación con el poder, desde sus inevitables límites y desde sus sueños pleonéxicos y denuncia las perspectivas publicitarias e inquisitoriales como aquella que imagina a la dramaturgia solo como una estrategia para imponerle al público una visión extraordinaria de la ciencia.

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Historia de la Astronomía.
A cargo de Eduardo Wolovelsky
Miércoles 18 de junio 10.30 hs
Casa de la Cultura de Almirante Brown

Esta actividad se realiza en el marco de las 5º Jornadas de Enseñanza de la Astronomía de Almirante Brown.

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Seminario continuo: La ciencia en la vida cotidiana
Nuevo encuentro: sábado 24 de mayo de 10 a 13hs

Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo 

La censura puede generar resistencia, oposición y reclamos por el derecho al  saber y al conocimiento. Pero hay un hecho social más preocupante, que anula dicha resistencia, porque simula democratizar el saber bajo altisonantes declaraciones en favor de la socialización del conocimiento. Analizadas con cuidado revelan una promoción de la ignorancia bajo el espejismo del espectáculo en el cual se confunde la reflexión sobre lo próximo, sobre lo que no consideramos extraordinario, con un vodevil llamado “la ciencia en la vida cotidiana”.

Más allá del divertimento pasajero que propone, cabe preguntarse cómo se justifica que las siguientes preguntas puedan constituirse en fundamento de la enseñanza o en programas de acciones estatales: ¿cómo se puede saber si un huevo es fresco o no?; sin hielo, ni frigorífico ¿cómo enfriaría una botella de agua?; ¿dónde se deben colocar las latas de refrescos, en una nevera portátil, debajo o encima del hielo?; ¿cómo se pueden separar dos vasos de cristal encajados?; ¿cómo podría restaurar una cantimplora metálica deformada?;  ¿se pueden evitar las peleas a base de bombones?; si dos jugadores de ajedrez, del mismo nivel, se echan una partida tras el almuerzo y uno de ellos ha comido carne y el otro pasta, ¿quién ganará la partida?; ¿cómo podrías sacar un coche que se ha clavado en la arena de la playa?

Cómo suponer que esta serie de irrelevantes cuestiones nos ayuden a responder una pregunta tan importante como la que formulara el biólogo evolucionista Richard Lewontin:

¿Cómo puede funcionar el Estado democrático si los ciudadanos dependen del conocimiento experto disponible sólo para una pequeña élite, una élite que en su formación y en sus intereses económicos directos representa sólo a un sector muy estrecho de la sociedad?

Una reflexión que parece alejada de toda esta cuestión revela que el dilema está en la tensión entre lo ordinario y el imposible universal y que lo cotidiano sólo es una forma de huir del verdadero problema que sigue allí presente, incólume, con la crueldad de ser negado:

(No se nos pide)... “que seamos justicieros, ni siquiera que tomemos partido, sólo que nos tomemos el trabajo de leer y escuchar. Pero eso no es nada: el mal extremo es frecuente; el ordinario, omnipresente. No sólo el combate universal, incluso la compasión  universal es imposible, salvo para los santos: 'Si debiéramos y pudiéramos sufrir los sufrimientos de todos, no podríamos vivir', escribe Primo Levi. Quien se ve tentado por la santidad corre el riesgo de perder la vida. Para conservarla, elegimos el objeto de nuestra compasión al albur de las circunstancias, compadeciendo a uno y olvidando a los demás.

Ésta es  una verdad especialmente difícil de aceptar para Primo Levi. Cuarenta años de reflexión sobre las lecciones de Auschwitz le enseñaron que, más allá de la culpabilidad directa de cierto número de individuos, el gran responsable de la catástrofe era la indiferencia y la pasividad de la población alemana. Ésta, en su conjunto, salvo por algunas excepciones, aceptó permanecer en la ignorancia mientras fuera posible: y, cuando ya no lo fue, se limitó a la pasividad. Cómo justificar hoy nuestra propia ignorancia voluntaria, nuestra opción por la inacción: ¿no es eso hacerse cómplices de nuevos desastres, distintos de los procedentes pero dolorosos a su vez? La distinción entre potencia y acto no es ya aquí de gran ayuda. Si nos preocupamos sólo por nuestra familia y nuestros íntimos, podemos esperar que nuestra intervención dé frutos. Pero corremos entonces el riesgo de imitar a los alemanes de los años de guerra. Si decidimos extender esta acción al país entero, a la humanidad incluso, ¿cómo evitar la sensación de fracaso?”

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Ciclo: Tierras y pueblos olvidados.
A dos décadas del genocidio en Ruanda.
Un debate a partir del documental
Los cien días que no conmovieron al mundo,

de Vanessa Ragone (2009)
Viernes 23 de mayo a las 19 hs
Sala Batato Barea
Entrada gratuita

En abril de 1994, cincuenta años después de Auschwitz y siete después de la muerte de Primo Levi, comenzó el genocidio Ruandés, el de los tutsis a manos de los hutus, que provocó la muerte de centenares de miles de personas. En su testimonio, Yolande Mukagasana, tras haber descripto las matanzas que afectaron a su propia familia, dice: Que quienes no tengan fuerza para leer esto se denuncien como cómplices del genocidio ruandés […] Quien no quiera enterarse del calvario del pueblo ruandés es cómplice de los verdugos. El mundo sólo renunciará a ser violento cuando acepte su necesidad de violencia. Propuesta por Tzvetan Todorov, la reflexión anterior nos obliga a un examen sobre los juicios de Arusha para decidir si esos actos de justicia son, frente a lo sucedido, una respuesta suficiente de la conciencia humana. Mukagasana reclama por la voz que debió ser un grito pero fue silencio.
Llevados a cabo por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, los procesos contra Simon Bikindi, músico, y contra Protais Zigiranyirazo, empresario y político, a quien además se vincula con el asesinato de la zoóloga Dian Fossey en 1985, son los hechos que el film elige para intervenir sobre la memoria histórica.


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Tierras y pueblos olvidados.
A dos décadas del genocidio en Ruanda.
Un debate a partir del film Shooting dogs,
de Michael Caton-Jones (2006)
Viernes 25 de abril a las 19hs

Sala Batato Barea
Entrada gratuita

No intervenir frente a lo que ocurría era un acto posible. Sucedía en tierras olvidadas, lejanas, sobre gentes de las que poco saben los ciudadanos de otros continentes. Se lo mostró como un conflicto étnico, incluso reducido a una vulgar forma de lucha tribal. Algunos medios se preocuparon, por sobre todas las cosas, por la suerte del gorila de montaña. ¿Qué ocurría en Ruanda? No hubo intervención internacional y la población civil fue abandonada a su suerte. Sólo tendrían una vía de escape los extranjeros, los ciudadanos de los países que fueron los antiguos “dueños” de las colonias africanas. “Actos de genocidio” fue el eufemismo elegido para evitar cualquier intervención que pudiese contener los asesinatos que finalmente, y de manera tardía, fueron considerados como parte de un genocidio iniciado tras la muerte del presidente Juvénal Habyarimana el 6 de abril d 1994. Asentado sobre la raíz de antiguos conflictos políticos y enmarcado por una crisis social y económica vinculada a la posesión de la tierra en un país densamente poblado, el genocidio en Ruanda derivaría en el más dramático hecho bélico del África moderna con casi cuatro millones de muertos. Jared Diamond afirmó: Ruanda entero parecía un huerto y una plantación de plátanos. Se estaba cultivando en laderas con mucha pendiente hasta la cresta misma del monte. Ni siquiera se estaban llevando a cabo las medidas más elementales que podían haber minimizado la erosión del suelo, como disponer los cultivos en terraza, arar perpendicularmente a una pendiente en lugar de hacerlo en paralelo y sembrar algún tipo de cubierta en barbecho en lugar de dejar los campos desnudos entre una cosecha y otra. A quienes visitaban Ruanda en la década de 1980 les parecía que se estaba gestando una catástrofe.

En Ruanda centenares de miles de personas no tuvieron ayuda alguna…

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Día de la Antártida
Entre los hielos.

Una perspectiva sobre los comienzos de la presencia argentina en suelo antártico
Sábado 22 de febrero a las 11 hs
Museo ARA Corbeta Uruguay, Dique 1, Juana Manuela Gorriti.

“Es 14 de febrero de 1902. Son las tres de la tarde y el velero sueco Antartic se aleja de la isla Cerro Nevado, en la Antártida, rumbo al norte. Desde la playa, seis hombres saludan la partida hasta que la imagen del barco se desvanece en la bruma del mar de Weddell. Saben que pasará un año antes de que esa silueta vuelva a dibujarse en el horizonte con la promesa de devolverlos a la civilización. Hasta entonces serán los únicos seres humanos en los miles de kilómetros cuadrados del continente helado. Son parte de la expedición científica sueca al Polo Sur, al mando del geólogo Nils Otto Nordenskjöld. Entre ellos se encuentra un argentino, el joven alférez de fragata José María Sobral, enviado por el gobierno de Julio Argentino Roca en representación del país. Pero tras la invernada, el Antartic no regresa dejando aislados a los expedicionarios. Habiendo partido el 5 de noviembre de 1902 de las Islas Malvinas el buque se hunde, sobreviviendo sus tripulantes en la Isla Paulet.

El rescate de todos los que quedaron atrapados en suelo antártico fue llevado a cabo por la Corbeta Uruguay en un accidentado y dramático viaje que inspiraría a quienes fueron definiendo la presencia argentina en la Antártida.”

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A un siglo de la Expedición Imperial Transantártica.
De la épica exploratoria a la expansión geopolítica
Miércoles 12, 19 y 26 de febrero a las 19hs
Sala Batato Barea
Capacidad: 130 localidades
Entrada gratuita

A pocos días de comenzada la Primera Guerra Mundial, partía desde Inglaterra hacia Buenos Aires el barco Endurance que, junto con el buque Aurora, formaba parte de la Expedición Imperial Transantártica. Este hecho, ajeno a las batallas en Europa, señalaba hacia otro tipo de lucha, más silenciosa y menos cruenta, contra las asperezas del mundo natural bien conocidas por Ernest Shackleton, quien lideraba aquella empresa en un intento por ser el primer hombre en atravesar el continente antártico de costa a costa y por el punto que define al polo sur. Shackleton se embarcó en la capital argentina a finales del mes de diciembre y tras su paso por las Georgias dirigió la proa del Endurance hacia el mar de Weddell. Sin embargo, la suerte no lo acompañó porque a pesar del verano, el buque, atrapado en una banquisa de hielo, quedó condenado a un lento pero inevitable naufragio.

Aquel viaje exploratorio duró hasta 1916 pero, su objetivo no pudo cumplirse porque los hielos definieron uno nuevo: sobrevivir. Sin embargo, la belleza épica de los esfuerzos de los tripulantes por sostener su vida en el difícil paisaje antártico no debe velar la mirada sobre relevantes cuestiones geopolíticas resumidas en las palabras de Winston Churchill cuando, a pesar de la guerra, le ordenó a Shackletón que “proceda”.

Miércoles 12

Atrapados en el hielo, documental.
Director: George Butler
Año: 2000
País: Estados Unidos
Duración: 97 minutos

Miércoles 19

Shackleton (1ªparte)
Director: Charles Sturridge
Año: 2002.
País: Gran Bretaña.
Duración: 100 minutos

Miércoles 26

Shackleton (2ªparte)
Director: Charles Sturridge
Año: 2002.
País: Gran Bretaña.
Duración: 100 minutos

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Charla: Los riesgos de la tecnocracia,
la publicidad y el espectáculo

Reunión de Comunicaciones de la Asociación Paleontológica Argentina
Miércoles 20 de noviembre a las 17hs
Universidad Nacional de Córdoba

“¿Cómo puede funcionar el Estado democrático si los ciudadanos dependen del conocimiento experto disponible sólo para una pequeña élite, una élite que en su formación y en sus intereses económicos directos representa sólo a un sector muy estrecho de la sociedad?” Las abundantes producciones de las últimas décadas en el campo de la divulgación científica parecen, en su mayoría, resolver en un sentido afirmativo el interrogante que formulara el biólogo evolucionista Richard Lewontin. Sin embargo, las bases epistemológica y comunicativa de esos mismos actos responden en contrario porque defienden una perspectiva de carácter tecnocrático y cientificista que es difícil de elucidar  porque la eventual masividad de esas producciones parecen mostrar, a través de su capacidad para el espectáculo y el discurso salvífico, una perspectiva democratizadora. Por lo tanto, la pregunta de Lewontin debe ser reconsiderada y para ello se propone reflexionar sobre aquello que llamaremos Conocimiento público sobre la ciencia, que no sería la transmisión vertical de un saber desde los expertos a los legos, ni un tipo de espectáculo, ni un entretenimiento ni un signo de salvación. Sería una forma de acción política para la intervención sobre los significados de la ciencia a sabiendas de que es uno de los más destacados hilos del entretejido de acciones, pensamientos, recuerdos y luchas que forman parte del tiempo y el espacio en el que nos ha tocado vivir.

https://eventioz.com.ar/e/reunion-de-comunicaciones-de-la-asociacion-paleont

Actividades en San Luis
Jueves 7 de noviembre. Ver horarios abajo.

9hs
Panel de de debate
Críticas y perspectiva en la producción gráfica y audiovisual, con Rosana Errasti y Eduardo Wolovelsky
Microcine de la Universidad Nacional de San Luis
Ejército de Los Andes 950. San Luis

El conocimiento público sobre la ciencia, no es la transmisión de un saber desde los expertos a los legos, no es un tipo de espectáculo, no es un entretenimiento ni es un signo de salvación. Es una forma de acción política. La ciencia con su enorme complejidad teórica, instrumental e institucional no pude ni debe ser entendida como un acto privativo de un particular grupo de ciudadanos altamente cualificados porque es uno de los más destacados hilos del entretejido de acciones, pensamientos, recuerdos y luchas que forman parte del tiempo y el espacio en el que nos ha tocado vivir, seamos o no científicos profesionales. En el particular momento histórico que nos ha tocado habitar y  en el cual se abre camino una forma de autoritarismo cientificista – que decide por lo justo e injusto, que, determina el legítimo juicio moral y decide por la definición misma de lo que es ser humano a través de una nueva forma de sacerdocio ejercida por un número significativo de “divulgadores y periodistas científicos”–, se hace necesario analizar y reflexionar sobre las actuales producciones que en los medios gráficos, audiovisuales y en la educación escolar hablan del ideal llamado ciencia.

http://peligrociencia.com/2013/10/22/conocimiento-publico-sobre-la-ciencia-criticas-y-perspectivas-el-debate/

20hs
Presentación del libro
Iluminación. Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, de Eduardo Wolovelsky
Casa Azul
Chacabuco 399, San Luis

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Seminario Permanente: “Conocimiento público sobre la ciencia”Otra forma de divulgación científica

Martes 29 de octubre a las 16 hs. 
Lugar: Auditorio del Museo de La Plata

En un momento en el cual se concibe a la divulgación científica como un acto publicitario y doctrinario, no debe sorprendernos que un pensador tan relevante como Alfred Russel Wallace haya sido olvidado. El silencio que rodea a su figura al cumplirse una centuria de su muerte no es casual. Contra este dictamen impuesto, hemos de reconsiderar su obra, la del naturalista y la del hombre político preocupado por la suerte social de su tiempo, que define una interesante perspectiva sobre la divulgación científica. En el mismo sentido debemos ver y analizar la animación Juana y Mateo contra el Chagas, porque es una perspectiva que demuestra la posibilidad de una divulgación respetuosa del otro, reflexiva y socialmente significativa.

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Charla sobre la democratización de las decisiones en ciencia y tecnología, a cargo de Eduardo Wolovelsky

Miércoles 16 de octubre las 18.30 hs

Lugar: Centro Cultural Caras y Caretas, sito en Venezuela 330,
San Telmo.
Sala del subsuelo

Eduardo Wolovelsky es Biólogo, Coordinador del Programa de Comunicación y Reflexión Publica sobre la Ciencia, del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas de la UBA. Su campo de trabajo se centra en cuestiones relacionadas con la socialización del conocimiento científico.

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Seminario Permanente:
“Conocimiento público sobre la ciencia”


Martes 27  de agosto/16 hs.
Auditorio del Museo de La Plata 
Responsabilidad y compromiso intelectual 
             

En la ciudad de Ginebra, cuatrocientos cincuenta años atrás y por sus opiniones juzgadas heréticas, moría Miguel Servet. Entre las razones que enunciara y que lo llevarían a la hoguera, se encontraba la primera descripción hecha en Europa de la moderna concepción del sistema circulatorio. Con el tiempo Servet se convertiría en símbolo del librepensamiento y del valor sobre el compromiso que se les debe a las ideas propias. Sin embargo, en un momento donde prima una filosofía pragmática que anula la razón en nombre del divertimento y erosiona la responsabilidad personal de quienes se han formado e investigan en campos específicos del saber, su figura siquiera será evocada. Cuando el valor de las ideas es juzgado por el éxito de mercado y la razón científica por la fama televisiva de sus exponentes, ¿es posible sostener el compromiso con el necesario debate sobre algunos difíciles dilemas que el actual conocimiento científico nos propone? Bien vale, entonces, evocar a Miguel Servet.

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Seminario Permanente:
“Conocimiento público sobre la ciencia”

Nostalgia de la luz, debates en torno al film de Patricio Guzmán

Martes 1 de octubre a las 16 hs.
Auditorio del Museo de La Plata 
 

El seco clima del desierto de Atacama convoca a arqueólogos y astrónomos. También golpea las puertas de la historia y la memoria en la búsqueda de los desparecidos en Chile durante la dictadura de Pinochet. Nostalgia de la luz es un relato documental sobre las búsquedas desde el pasado, es una narración de indagación política y de demandas personales que vincula el saber sobre lejanos fenómenos astronómicos con la pregunta por la identidad. Late en el film una perspectiva distinta para el saber científico, una ética que, empujada por un sentido estético del conocimiento, llama a un imperativo crítico sobre el estado dominante de la divulgación y sobre el irreemplazable  valor de los museos en la construcción de senderos que sean el tránsito de la imprescindible memoria.

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El viernes 17 de mayo
se presentó el libro:

Iluminación. Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, de Eduardo Wolovelsky

Estuvieron presentes Juan Bautista Stagnaro, Javier Trímboli y Cecilia Vázquez.

 











Iluminación, Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación.

El último siglo concluyó produciendo una singularidad cuyos contrastes parecen sumirnos en las penumbras de lo incognoscible. Los nuevos y fascinantes paisajes artificiales son captados por una tecnología que nos transforma, que diseña químicamente nuestros estados de ánimo, que conforma gustos y pasiones. Como si fuera la misma y reiterada pesadilla nuevas manifestaciones de viejas formas de dominación reaparecen en este modo técnico de captar el mundo. Un nuevo animal“urbano-tecnológico” parece irrumpir en la historia como si de una nueva especie evolutiva se tratara. Sin embargo, es sólo la resultante del proceso mediante el cual la tecnociencia penetra y promete modificar hasta el último resquicio de realidad. Dentro de semejante transformación hay nuevos y dificultosos desafíos para el pensamiento centrados, fundamentalmente, en producir una reflexión que comprenda la singularidad actual como producto de un proceso que emerge de una multiplicidad de prácticas políticas.

El cine es un modo de pensamiento ubicado en las tinieblas de su propio siglo. Más allá de sus contenidos y de sus resultados hay, en la construcción del pensamiento cinematográfico, una interrogación por el entorno “tecnologizado” a través de una mirada novedosa, posible precisamente gracias a la tecnología.

Instalado dentro de la dolorosa opacidad instrumental de nuestra cultura y luchando con ella, la luz del cinematógrafo actualiza los hechos del pasado para cristalizar disparos posibles hacia el futuro, siendo esto la potencia misma para ejercitar una comprensión más abarcadora y compleja del fugaz pero denso presente histórico que nos tocó habitar.

Iluminación, narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, abre el diálogo con el blanco y negro, con los grises y el color de la pantalla, con la imagen y las palabras de imprescindibles películas, algunas injustamente olvidadas. Es un libro que reclama, en esta interlocución, un lugar para el lector como inevitable protagonista en la celebración del arribo del cine a la historia del pensamiento.

La cultura a través de la ciencia


“Yo, Galileo Galilei hijo de Vincenzo Galilei de Florencia, a los 70 años de edad, constituido personalmente en juicio, y arrodillado ante vosotros (…)”. Este era el comienzo de la abjuración a la que un hombre cansado y envejecido, sometido al omnímodo poder de la Inquisición, estaba obligado. “(…) Juro que en lo porvenir nunca diré ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales que puedan justificar una sospecha semejante con respecto a mi; y si conozco algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al inquisidor o al ordinario del lugar, donde me encuentre”. De esta forma concluía aquella dolorosa declamación que quedaría grabada en la memoria de la historia con la indignada marca que la justicia de los poderosos deja cuando condenan a ideas e inocentes con la intención de sostener sus privilegios.

Era el 22 de junio de 1633 y con cada palabra dicha en aquel parlamento, la libertad de pensamiento y el derecho al conocimiento, no como un privilegio de una elite intelectual sino como motor de la independencia de los hombres, se quebraban y resquebrajaban de manera sentida y profunda.

Años antes, en 1609, Galileo había observado por primera vez la Luna a través de las lentes de un telescopio. La naturaleza rocosa e irregular que el propio Galileo dibujó no significaba sólo una nueva forma de ver a aquel astro, era además un acto contra las formas tradicionales de decidir acerca de la verdad de las cosas. Con el tiempo este ejercicio intelectual y la defensa
del sistema copernicano lo llevarían a sufrir una dura condena impuesta por la Iglesia Católica.
Pero, ¿por qué insistir sobre este hecho del pasado? ¿No se reivindicó acaso la figura de Galileo cuando se dio a conocer, en 1992, el informe de la comisión designada por el Papa Juan Pablo II y presidida por el cardenal Poupard? Es difícil decidir si una reivindicación tan tardía remedia de alguna manera la injusticia cometida en el pasado, en particular cuando el poder de la Inquisición no fue cuestionado, habilitando a las nuevas inquisiciones que están esperando como “La peste” de Camus, agazapadas, a que en la mente de los hombres el miedo a la libertad se imponga por sobre su deseo.

Habrá muchas razones, pero esta última es suficiente para entender que las acciones que aquí proponemos son una respuesta para aquellos que suponen que es imposible para el gran público, para el hombre de a pie, analizar y pensar los complejos significados sociales del conocimiento científico y que por ello sólo pueden acceder a versiones publicitarias y
degradadas de ese saber. No vamos a demostrar con estudios sociológicos la posibilidad del debate público que proponemos porque el valor de lo que afirmamos está sostenido en una decisión política y en el ineludible deber de la Universidad de Buenos Aires con la promoción del acceso al conocimiento. Esa decisión y ese deber son los que nos obligan a una crítica de los actos que tienen como única finalidad la construcción de un mercado de consumo del saber, a la vez que nos llevan a renunciar a la búsqueda de masividad como forma de determinar la legitimidad de nuestras propuestas. El significado de lo dicho hasta
aquí se traduce en un compromiso con la promoción de la reflexión pública sobre la ciencia, entendiendo que a través de ella también habla nuestra cultura.



Opciones y decisiones*

Fue en el tosco y cautivante paisaje del Valle del Omo, en África Oriental, donde Jacob Bronowski decidió comenzar el rodaje de la gran serie televisiva El ascenso del hombre. Pero la mañana del primer día de grabación la avioneta en la que viajaba el camarógrafo, quien debía registrar desde el aire las primeras escenas, se  estrelló poco después de despegar. Por aquella rara fortuna que muy difícilmente nos toca en suerte, todos los tripulantes sobrevivieron sin mayores heridas pero con la marca en su imaginación del temor a volar. Considerando está difícil situación, se le propuso al camarógrafo contratar a otro profesional para las tomas áreas pero este repuso que, a pesar del miedo que sentía, se encargaría de la filmación porque era lo que debía hacer.

Entre las consideraciones que Bronowski realiza al final de su trabajo hay una que, por su conmovedor compromiso con el acto humano, es interesante destacar. Sostiene allí que “la historia humana no consta de sucesos, consta de gente, y no sólo de gente que hace remembranzas, es gente que actúa y vive el pasado en el presente”. La historia es el acto de decisión del camarógrafo, ese  que continuamente es renovado por los giros del tiempo pero que ahora, lejos del ámbito personal, se proyecta como una cuestión social urgente. ¿Estamos dispuestos a hacer lo que creemos justo y significativo? ¿No es mejor negociar los principios en aras de un exitoso reconocimiento masivo, de lograr la palmada conciliatoria de los poderosos, el acomodo a la ley aunque sea profundamente injusta o la adecuación social sostenida a través de la defensa de los prejuicios vigentes? Pocas dudas caben que estas últimas opciones se han ido consolidando en el mundo globalizado  constituyéndose en un verdadero programa político, sostenido por instituciones y personajes de las más variadas expresiones culturales, a través del cual se le niega a la mayoría de los hombres y las mujeres el acceso a los bienes económicos y simbólicos a los que tienen derechos por su propia condición humana. Pero esta no es una situación inevitable, es una opción. Podemos volver a la primera pregunta y decidir qué hemos de excluir en nuestra respuesta  cualquier aproximación de carácter afirmativo, por pequeña que sea, al segundo interrogante.

Hemos asumido que la práctica y la enseñanza de las ciencias en las escuelas y en las universidades son actos liberadores y hechos que promueven perspectivas democratizadoras. Tan obvias parecen estas consideraciones que no forman parte de las discusiones y preocupaciones cotidianas. Sin embargo, de forma dominante la relación de la educación con el conocimiento y la producción científica está sostenida en una concepción tecnocrática según la cual el saber se imparte desde quien conoce hacia quien ignora, por lo cual a este último le estaría vedado todo acto de crítica y reflexión. Lejos de liberar y democratizar, la idea de impartir saberes cristaliza relaciones de poder y situaciones injustas.

El futuro es incierto, pero el imaginario de ese futuro nos moviliza hoy y determina gran parte de lo que hacemos y pensamos. Podemos desistir de las utopías, porque finalmente se constituyen en dramáticas distopías, pero no podemos renunciar a pensar, si la pretensión es la constitución de una sociedad más justa, que todo ser humano es un creador y un individuo intelectualmente autónomo. Por ello estamos obligados a considerar las palabras del biólogo evolucionista Stephen Jay Gould cuando, como escritor y divulgador de la ciencia sostiene, contra los mercaderes del saber y los autoproclamados guardianes de la excelencia, que una de sus principales decisiones como hombre de letras es invitar al lector a caminar juntos.

La ciencia pueden constituirse en una forma de conocimiento  liberadora de las potencias intelectuales de los seres humanos, pero esto exige compartir los saberes y no impartirlos lo cual se erige finalmente como decisión y acto fundamental desde el cual la educación que intentamos defender aquí es posible.

*Wolovelsky Eduardo, El siglo ausente, Del Zorzal, Buenos Aires, 2008.  Fragmento modificado por el autor.

 
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