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Actividades Programadas

Presentación del libro:
Iluminación.
Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, de Eduardo Wolovelsky

Viernes 17 de mayo a las 20hs
Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo
Capacidad 70 localidades
Entrada gratuita

Presentación a cargo de Juan Bautista Stagnaro, Javier Trímboli y Cecilia Vázquez.







Iluminación, Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación.

El último siglo concluyó produciendo una singularidad cuyos contrastes parecen sumirnos en las penumbras de lo incognoscible. Los nuevos y fascinantes paisajes artificiales son captados por una tecnología que nos transforma, que diseña químicamente nuestros estados de ánimo, que conforma gustos y pasiones. Como si fuera la misma y reiterada pesadilla nuevas manifestaciones de viejas formas de dominación reaparecen en este modo técnico de captar el mundo. Un nuevo animal“urbano-tecnológico” parece irrumpir en la historia como si de una nueva especie evolutiva se tratara. Sin embargo, es sólo la resultante del proceso mediante el cual la tecnociencia penetra y promete modificar hasta el último resquicio de realidad. Dentro de semejante transformación hay nuevos y dificultosos desafíos para el pensamiento centrados, fundamentalmente, en producir una reflexión que comprenda la singularidad actual como producto de un proceso que emerge de una multiplicidad de prácticas políticas.

El cine es un modo de pensamiento ubicado en las tinieblas de su propio siglo. Más allá de sus contenidos y de sus resultados hay, en la construcción del pensamiento cinematográfico, una interrogación por el entorno “tecnologizado” a través de una mirada novedosa, posible precisamente gracias a la tecnología.

Instalado dentro de la dolorosa opacidad instrumental de nuestra cultura y luchando con ella, la luz del cinematógrafo actualiza los hechos del pasado para cristalizar disparos posibles hacia el futuro, siendo esto la potencia misma para ejercitar una comprensión más abarcadora y compleja del fugaz pero denso presente histórico que nos tocó habitar.

Iluminación, narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, abre el diálogo con el blanco y negro, con los grises y el color de la pantalla, con la imagen y las palabras de imprescindibles películas, algunas injustamente olvidadas. Es un libro que reclama, en esta interlocución, un lugar para el lector como inevitable protagonista en la celebración del arribo del cine a la historia del pensamiento.

La cultura a través de la ciencia


“Yo, Galileo Galilei hijo de Vincenzo Galilei de Florencia, a los 70 años de edad, constituido personalmente en juicio, y arrodillado ante vosotros (…)”. Este era el comienzo de la abjuración a la que un hombre cansado y envejecido, sometido al omnímodo poder de la Inquisición, estaba obligado. “(…) Juro que en lo porvenir nunca diré ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales que puedan justificar una sospecha semejante con respecto a mi; y si conozco algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al inquisidor o al ordinario del lugar, donde me encuentre”. De esta forma concluía aquella dolorosa declamación que quedaría grabada en la memoria de la historia con la indignada marca que la justicia de los poderosos deja cuando condenan a ideas e inocentes con la intención de sostener sus privilegios.

Era el 22 de junio de 1633 y con cada palabra dicha en aquel parlamento, la libertad de pensamiento y el derecho al conocimiento, no como un privilegio de una elite intelectual sino como motor de la independencia de los hombres, se quebraban y resquebrajaban de manera sentida y profunda.

Años antes, en 1609, Galileo había observado por primera vez la Luna a través de las lentes de un telescopio. La naturaleza rocosa e irregular que el propio Galileo dibujó no significaba sólo una nueva forma de ver a aquel astro, era además un acto contra las formas tradicionales de decidir acerca de la verdad de las cosas. Con el tiempo este ejercicio intelectual y la defensa
del sistema copernicano lo llevarían a sufrir una dura condena impuesta por la Iglesia Católica.
Pero, ¿por qué insistir sobre este hecho del pasado? ¿No se reivindicó acaso la figura de Galileo cuando se dio a conocer, en 1992, el informe de la comisión designada por el Papa Juan Pablo II y presidida por el cardenal Poupard? Es difícil decidir si una reivindicación tan tardía remedia de alguna manera la injusticia cometida en el pasado, en particular cuando el poder de la Inquisición no fue cuestionado, habilitando a las nuevas inquisiciones que están esperando como “La peste” de Camus, agazapadas, a que en la mente de los hombres el miedo a la libertad se imponga por sobre su deseo.

Habrá muchas razones, pero esta última es suficiente para entender que las acciones que aquí proponemos son una respuesta para aquellos que suponen que es imposible para el gran público, para el hombre de a pie, analizar y pensar los complejos significados sociales del conocimiento científico y que por ello sólo pueden acceder a versiones publicitarias y
degradadas de ese saber. No vamos a demostrar con estudios sociológicos la posibilidad del debate público que proponemos porque el valor de lo que afirmamos está sostenido en una decisión política y en el ineludible deber de la Universidad de Buenos Aires con la promoción del acceso al conocimiento. Esa decisión y ese deber son los que nos obligan a una crítica de los actos que tienen como única finalidad la construcción de un mercado de consumo del saber, a la vez que nos llevan a renunciar a la búsqueda de masividad como forma de determinar la legitimidad de nuestras propuestas. El significado de lo dicho hasta
aquí se traduce en un compromiso con la promoción de la reflexión pública sobre la ciencia, entendiendo que a través de ella también habla nuestra cultura.

 
Revista Nautilus
Enseñanza de la Ciencia
Actividades Programadas

Opciones y decisiones*

Fue en el tosco y cautivante paisaje del Valle del Omo, en África Oriental, donde Jacob Bronowski decidió comenzar el rodaje de la gran serie televisiva El ascenso del hombre. Pero la mañana del primer día de grabación la avioneta en la que viajaba el camarógrafo, quien debía registrar desde el aire las primeras escenas, se  estrelló poco después de despegar. Por aquella rara fortuna que muy difícilmente nos toca en suerte, todos los tripulantes sobrevivieron sin mayores heridas pero con la marca en su imaginación del temor a volar. Considerando está difícil situación, se le propuso al camarógrafo contratar a otro profesional para las tomas áreas pero este repuso que, a pesar del miedo que sentía, se encargaría de la filmación porque era lo que debía hacer.

Entre las consideraciones que Bronowski realiza al final de su trabajo hay una que, por su conmovedor compromiso con el acto humano, es interesante destacar. Sostiene allí que “la historia humana no consta de sucesos, consta de gente, y no sólo de gente que hace remembranzas, es gente que actúa y vive el pasado en el presente”. La historia es el acto de decisión del camarógrafo, ese  que continuamente es renovado por los giros del tiempo pero que ahora, lejos del ámbito personal, se proyecta como una cuestión social urgente. ¿Estamos dispuestos a hacer lo que creemos justo y significativo? ¿No es mejor negociar los principios en aras de un exitoso reconocimiento masivo, de lograr la palmada conciliatoria de los poderosos, el acomodo a la ley aunque sea profundamente injusta o la adecuación social sostenida a través de la defensa de los prejuicios vigentes? Pocas dudas caben que estas últimas opciones se han ido consolidando en el mundo globalizado  constituyéndose en un verdadero programa político, sostenido por instituciones y personajes de las más variadas expresiones culturales, a través del cual se le niega a la mayoría de los hombres y las mujeres el acceso a los bienes económicos y simbólicos a los que tienen derechos por su propia condición humana. Pero esta no es una situación inevitable, es una opción. Podemos volver a la primera pregunta y decidir qué hemos de excluir en nuestra respuesta  cualquier aproximación de carácter afirmativo, por pequeña que sea, al segundo interrogante.

Hemos asumido que la práctica y la enseñanza de las ciencias en las escuelas y en las universidades son actos liberadores y hechos que promueven perspectivas democratizadoras. Tan obvias parecen estas consideraciones que no forman parte de las discusiones y preocupaciones cotidianas. Sin embargo, de forma dominante la relación de la educación con el conocimiento y la producción científica está sostenida en una concepción tecnocrática según la cual el saber se imparte desde quien conoce hacia quien ignora, por lo cual a este último le estaría vedado todo acto de crítica y reflexión. Lejos de liberar y democratizar, la idea de impartir saberes cristaliza relaciones de poder y situaciones injustas.

El futuro es incierto, pero el imaginario de ese futuro nos moviliza hoy y determina gran parte de lo que hacemos y pensamos. Podemos desistir de las utopías, porque finalmente se constituyen en dramáticas distopías, pero no podemos renunciar a pensar, si la pretensión es la constitución de una sociedad más justa, que todo ser humano es un creador y un individuo intelectualmente autónomo. Por ello estamos obligados a considerar las palabras del biólogo evolucionista Stephen Jay Gould cuando, como escritor y divulgador de la ciencia sostiene, contra los mercaderes del saber y los autoproclamados guardianes de la excelencia, que una de sus principales decisiones como hombre de letras es invitar al lector a caminar juntos.

La ciencia pueden constituirse en una forma de conocimiento  liberadora de las potencias intelectuales de los seres humanos, pero esto exige compartir los saberes y no impartirlos lo cual se erige finalmente como decisión y acto fundamental desde el cual la educación que intentamos defender aquí es posible.

*Wolovelsky Eduardo, El siglo ausente, Del Zorzal, Buenos Aires, 2008.  Fragmento modificado por el autor.

 
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