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El árbol Genealógico
Por Coco Romero

En febrero de 2011, después de una larga espera de treinta y cinco años, comenzó una nueva etapa para el carnaval en la Argentina cuando se restituyó como feriado en el calendario oficial.
A partir del regreso de la Democracia, la murga tuvo una activa participación en el festejo recuperado, del que fue principal protagonista por haber sido el último eslabón, vivo aún, y por haber llevado adelante la lucha por su restitución.
Portadoras del folklore del carnaval local, las agrupaciones murgueras representan en la actualidad un complejo colectivo cultural que cruza todas las edades, géneros, orígenes, profesiones y clases sociales, en el que todos colaboraron con su presencia de manera determinante, a partir de esta nueva situación.
En el CC Ricardo Rojas, desde 1988 y durante los años siguientes, llevé adelante la propuesta de los talleres de murga, con la idea de generar, entre los asistentes, entusiasmo por lo que nos era propio, indagación en la fiesta milenaria que atraviesa nuestra breve historia, que se sumerge en la tradición de las agrupaciones del carnaval porteño. Del mismo modo, valorar a la guardia vieja murguera y a todos los artistas carnavaleros que dieron lo mejor de sí, durante más de un siglo.
Considero que había una cantera de creatividad popular importante, no develada aún, tanto por lo concerniente a la corporalidad como por los discursos paródicos, musicales y teatrales, entre otros; además de la posibilidad de búsqueda, dentro de esa variedad, de los vestigios de la alegría de nuestro pueblo. El espacio del Rojas tendió el puente necesario entre ese saber y quienes se acercaron a la convocatoria, en pos de encontrar un espacio de creación personal o social. Esta unión dio impulso a todos quienes transitaron los talleres y que luego volcaron su propia síntesis en distintos ámbitos, en sus ganas de hacer, de generar cambios y de involucrarse con pasión en el tema.
La perspectiva era muy amplia ya que la murga comenzaba a transitar distintos enclaves: alcanzaba lo social, se sumergía en lo artístico y entraba en el sistema educativo. Para quienes descubrían la murga, que hasta entonces había ocupado un lugar solo durante los veranos porteños, no les faltó diversión y lo lúdico pero pasado el tiempo de carnaval, las murgas se llamaban a silencio hasta el año siguiente. Quizás ese haya sido el cambio más notorio. Desde entonces, la murga se escapó definitivamente del carnaval, aún de su celebración, y los días que la vieron nacer quedaron atrás. Ya nada sería igual; pero el tiempo dirá cuál será el destino de todo este movimiento y si todo lo que se generó fue un intento positivo o sólo una respuesta ante la prohibición y la negación.
La murga, a su manera, «carnavalizó» cuanto encuentro social pudo, en pos de sobrevivir. Esa energía creativa inicial permitió el desarrollo de individualidades que se convirtieron en motores del proyecto y en partícipes de nuevas formaciones.
Tender vínculos entre el pasado y el presente colaboró e influenció a las murgas tradicionales que habían sobrevivido, y a proyectar distintas miradas y lecturas sobre el género murguístico porteño y sobre el carnaval argentino; se convirtieron en referentes de la nueva etapa.
Hoy, el término y la modalidad de «taller» es utilizado con menos prejuicio y hay un creciente interés por la fiesta de Momo.

Una cancha en Balvanera

El espacio físico donde se puso en marcha el proyecto fue en «la cancha», el quinto piso de la sede central del Rojas, un espacio barrial imaginario situado geográficamente dentro de Balvanera, que ante la ruptura y la desaparición de ámbitos de encuentro en el incipiente camino democrático que comenzábamos a andar, se abrió como la única posibilidad: no había otra opción, otros espacios culturales de la ciudad no creyeron en la propuesta.
A partir del desarrollo de esta idea —cierre de una etapa y comienzo de otra: el Carnaval liberado—, se plantea un antes y un después.
Y aparece este libro. A través de la metáfora de «el árbol y la procedencia», analógicamente, el árbol fortaleció su raíz y su copa, pero las ramas continuaron desarrollándose. Creció en un contexto histórico determinado por los primeros años de recuperación de la democracia; épocas de entrecruzamientos, de experimentación y del restablecimiento de las libertades, dentro de un espacio perteneciente a la Universidad de Buenos Aires, que ofrecía cobijo a todo el arte periférico, marginado, subterráneo o alternativo, y a otras nuevas tendencias.
Primero se aceptó y se abrió la puerta al concepto, luego se permitió el acceso de este fenómeno de la cultura popular; se acompañó su desarrollo y se ofreció el territorio donde este pensamiento pudo cobrar su propia dinámica que, por último, el tiempo calificaría como verdadera. El proyecto se desparramó por la ciudad, siguió su marcha hacia los cuatro puntos cardinales del territorio nacional, y la modalidad murga-taller creció tanto en regiones de la Argentina, donde encontró nuevos horizontes, como fuera del país.
Además de los talleres propiamente dichos, desde que se formara la primera murga en el Rojas, «Los Quitapenas», todos los años para la época del carnaval se realizaban distintas actividades que actuaban como disparadores para los salientes talleristas y para el público en general: muestras de pintura y de grabados, peñas, encuentros de bombistas y artesanos, conferencias de especialistas en temas del carnaval, proyección de películas, exposiciones fotográficas, talleres de máscaras, de muñecos, de maquillaje. Toda esta actividad complementaba el trabajo mismo de taller, y en 1995 iniciamos la publicación de «El Corsito», que se edita hasta la actualidad, y cuyo material fortaleció el discurso, pues la divulgación de la acción y de sus concreciones actuaron como dínamo de entusiasmo.
Las raíces se comunicaron en el entramado de la creencia en el carnaval. Convocamos a los murgueros, a los viejos y a los de la generación intermedia; recuperamos la memoria a través de la investigación y de las historias de vida, que compusieron un corpus sólido. Se convocaron artistas y creadores —gestores provenientes de distintas disciplinas del arte—, para que dieran su visión sobre estas coincidencias y enunciados que establecieron el basamento de la propuesta.
Luego vino el encuentro con todos los que, por una u otra razón, se acercaron y fueron parte de los talleres. Algunos llegaron por intuición o por curiosidad, por casualidad o causalidad, por sus afinidades, porque creyeron, como nosotros, que era necesario mirar de otra manera lo que siempre estuvo ahí, presente.
De este modo, todos ellos fueron los destinatarios de la savia de las raíces y se transformaron en activos participantes de la alegría que da la murga, de un espacio diferente. Se tejió, en la nueva etapa, el entramado de una red con novedosos resultados como el de haber logrado el reconocimiento en distintos ámbitos culturales de la ciudad.
Un dato importante: la visibilidad. Esta imagen de una visibilidad colectiva fue tan inagotable, tan infinita y fuerte, que a los talleres de la última época les di el nombre de «Murga infinita». El tronco se elevó hacia el firmamento en busca de mayor altura y de luz, fortalecido con prolongaciones del fenómeno «murga de Buenos Aires».
Durante todo este periplo, y desde 1997, fueron muy saludables el constante diálogo y las discusiones y charlas sobre acuerdos y desacuerdos entre murgas de distinto origen.
Tanto las murgas «de barrio», como las «de taller», recibieron su reconocimiento como Patrimonio Cultural en el ámbito de la ciudad, lo cual facilitó el encuentro de todos los actores; el trabajo colectivo y la buena temperancia de muchos permitió, el crecimiento de todos.
Ese intercambio de aportes entre las dos vertientes, les dio la posibilidad de complementarse y permitió una etapa de apertura en la que muchos de los jóvenes formados en los talleres entregaron lo propio a las murgas tradicionales de las que, a su vez, abrevaron para seguir creciendo. La producción de nuevas posibilidades artísticas permitió, naturalmente, la mezcla de lo que en un comienzo parecía irreconciliable. Este relato del árbol genealógico de los talleres del Rojas contará con las voces de algunos de los protagonistas de las ramificaciones que tuvo nuestra propuesta, que se constituyó como el punto de partida de una estrategia cultural con potencial desarrollo.

El Ingenio de Momo

Concebir, en un espacio de cultura popular, la atención necesaria, comprometerse con los actores, ver lo que pasa alrededor, trabajar todas las áreas, darle el contenido y valorarlo, permitir el crecimiento de todos —del gestor, artesano, bailarín o del instrumentista—, dar una buena fiesta (que así concebida es formativa), disfrutar del teatro del pueblo (que es el verdadero significado del carnaval), de la música; en fin, alimentar las almas de todos y promover la recuperación de la palabra, que también está en la ley de la fiesta a través de la crítica irónica e inteligente (que, mitológicamente, motivara la expulsión del dios Momo) y que asegura, a través del tiempo, la vuelta a lo que nunca debería haberse prohibido; la expresión popular verdadera, sin interlocutores ni traductores. Que los funcionarios soporten, en el mismo nivel de diálogo, la crítica mordaz a sus acciones, y a sus discursos, bajo la suprema ley de la risa.

El libro árbol

El libro estará estructurado sobre la base de entrevistas a los integrantes de las murgas que surgieron de los talleres del periodo 1989-2003. Contará, además, con el testimonio de quienes formaron parte los primeros años y que aportaron elementos para el crecimiento de la primera murga surgida del Centro Cultural, la que luego se convirtió en referente de las que surgirían.
Cientos de jóvenes y adultos pasaron por los talleres del Rojas llevando la idea de la que se apropiaron, y que compartieron, de acuerdo con su buen saber y entender. Aprendieron a superar los obstáculos de la creación y todo ello regó el fenómeno «murga y carnaval», que hoy vuelve a escena. La danza, el canto, la música, los ritmos, las poéticas y otras teatralidades, crecieron a partir de su propio trabajo; las semillas se desparramaron y lograron valiosas acciones comunitarias dentro de distintos segmentos sociales.
Dado el alto número de personas que pasaron por los talleres, hemos debido realizar un recorte en los entrevistados, ya que de otro modo hubiera sido inabarcable. Quizás, en un futuro podamos emprender una segunda etapa que complemente este primer paso.
Esa irrupción del espíritu de la murga en variadas direcciones fue la punta de lanza para la recuperación del carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, luego el movimiento murguero a nivel nacional y, por último, el interesante campo de proyección que se abrió con la llegada del carnaval, reconocido formalmente por la sociedad.
Como esto recién empieza, tenemos la esperanza de que las próximas gestiones culturales, municipales o nacionales, y puedan discutir, analizar, agregar y capitalizar esta, nuestra experiencia de más de dos décadas de trabajo.
La información y los conocimientos deben circular, y quienes lleven adelante los talleres deberán tener presente que lo vital, lo más importante, será estar atentos a las capacidades de cada uno de los participantes y ofrecer toda la dedicación necesaria como para que esa capacidad creativa pueda desarrollarse e incluso supere ese mismo espacio.
Si la consigna se lleva adelante, se convierte en un círculo virtuoso: caen nuevas semillas que dan lugar a nuevos nacimientos, que no pararán de crecer. Pero al contrario de lo que se cree, si esas personas se formaran y desarrollaran mejor, todos nos beneficiaríamos y el movimiento crecería cuantitativa y cualitativamente. No importa tanto si continúa con la murga o si puso lo mejor de sí y esa persona se fue buscando otros rumbos; en su paso por la formación de una murga su participación queda como patrimonio de quienes continúan: la murga, (como el carnaval) no tiene dueño y es de todos.

Las murgas del Rojas

«Los Quitapenas», «Los Traficantes de Matracas», «Gambeteando el Empedrado», «Los Acalambrados de las Patas», «Envasados en Origen», «Tirados a la Marchanta», «De Paso Cañazo» y «Viva la Pepa», fueron algunas de las formaciones que salieron directamente del Rojas, con su nombre, color, sonoridad, estética, repertorio y entusiasmo.
«Los Quitapenas» tenían —y tienen— rasgos más definidos, sobre todo porque fue la murga que más tiempo estuvo ligada al Rojas y a nuestro trabajo artístico y, por lo tanto, recibió la mayor información y formación. Fue la primera. El nombre salió de los sábados con «Teté», la elección de sus colores representativos perteneció a la pintora Cristina Arraga y el bandoneón fue nuestra apuesta musical, desde el momento de su creación.
Dejaron el Rojas en 1993, y aunque después de veinte años queden pocos integrantes del aquel grupo inicial, mantienen la impronta de los talleres con un nivel artístico destacable.
En los últimos años, actuaron en el CCRR y fueron quienes abrieron el camino para las murgas que la siguieron.Antes de la creación de los talleres, en Buenos Aires había diez murgas efectivamente activas. Con posterioridad a nuestro trabajo, ya en la última década, intentamos continuar con el fortalecimiento y el desarrollo de lo que estaba en marcha, pero no resultó estrictamente necesario. Fue así que comenzamos a recorrer el país y a pregonar esta idea. Mientras tanto, aquí, en Buenos Aires, todo había crecido muy aceleradamente. En el taller interactuábamos con los interesados a sumarse en alguna de las murgas activas, cuando había un interés especial por ello.
Poco a poco me fui alejando, mientras contemplaba, en perspectiva, cómo cambiaba el árbol y cómo cobraba otra dimensión.
El árbol sigue en pie y nada lo detendrá. No habrá necesidad de nadie que medie y seguirá creciendo con la presencia de los que quieren la murga. Dentro del carnaval oficial o fuera de él, las semillas ya se han desparramado; el viento las ha llevado —y llevará— por doquier.
En febrero de 2011, anunciamos este proyecto, cuya primera parte presentamos durante el carnaval, en formato de video y con imágenes de los reporteados que forman parte de este libro, algunos de los cuales cerraron aquellos encuentros con una presentación artística. Las entrevistas fueron filmadas en el Rojas, durante la últimos meses de 2010.
Fueron los responsables de ello Alejandra Del Castello, Raúl Manrupe y Gabriel Alberti, quien también se encargó de las desgrabaciones.
Fueron entrevistados: Ricardo Santillán Güemes, Cristina Arraga, Graciela Sanz, Teté Aguirre, Daniel Reyes, Tato Serrano, Luciana Vainer, Mariana Brodiano, Félix Loiácono, Marcelo Tomé, Ana Gerez, Jorge Seoane, Ethel Batista, Daniel Laham, Cecilia Cabrera, Ángel Rutigliano, Maggi Persincola, Mirta López, Silvina Adamoli, Diego Robacio, Maia Masciovecchio, Ernesto Krischcautzky, Maximiliano Milani, Leandro Otero, Abel Giménez y Elina Graetz; voces que cobrarán vida y su individualidad, brillará.
Las experiencias fortalecen las raíces y el relato enriquece el tronco, para que el árbol no se seque y para que la murga, este modo expresivo tan noble, siga creciendo en nuevos árboles.