SOBRE EL GUIÓN
Sabrina Farhi, Patricia Vega, Gerardo Yoel, Gustavo Aprea


Prólogo

Si es cierta aquella idea de que un guión es una hipótesis que todavía debe ser sometida a la prueba del rodaje, estos tres textos de Sabrina Farji, Patricio Vega y Gerardo Yoel & Gustavo Aprea ratifican esa condición provisoria del guión. Y no solo éso, sino que —incluso sin buscarlo— parecen poner en evidencia la fragilidad de las seguridades y de la fortaleza del guionista que cree haber descubierto un método para atenuar la fatalidad del desconcierto, el potencial desigual de las historias, la rebelión de los personajes, la azarosa o certera elección de los actores, la determinación ciega de las teorías, la singularidad o limitación de quien va a materializar o desmaterializar ese guión.
Esa condición hipotética del “guión”, de todos modos, está en su propia naturaleza y libra su lucha contra los que siguen y seguirán investigando qué clase de objeto es y, sobre todo, cuáles son los caminos por los cuales el guión puede tener un destino. Y al decir destino me refiero a que logre pasar a la otra etapa, que pueda cambiar de estado, poder cruzar la frontera y volverse mutante, que es lo mejor, el mayor anhelo, la metamorfosis más lógica y menos kafkiana a la que puede aspirar un guión: la de ser filmado.
Esa lucha en la que pujan el guión y su guionista es siempre apasionante y más todavía al plantearse tres posiciones tan confrontadas como sólo puede ocurrir cuando el objeto (el guión) es de una dimensión tan precaria como huidiza. Lo más extraordinario de estas reflexiones, justamente, es la manera en que formulan y afirman, pero dejando en el camino pequeños vestigios de esa fragilidad que es imprescindible pasar por alto para poder avanzar en la escritura. Porque si prevalece la auto-conciencia de que un guión está destinado a disolverse, a desaparecer desde el momento en que la cámara empieza a filmar, escribirlo se volvería una quimera o un acto despojado de todo rasgo autónomo. El trabajo del guionista se volvería tan burocrático que el “objeto-guión” dejaría de interesar como problema cinematográfico y sería apenas un paso para presentar antes entes o empresas, un puñado de trucos para capturar a otros. Y ya nadie querría escribir sobre el guión.
Por éso, estas pasiones simulan dar respuestas cuando en verdad renuevan las preguntas. Esa paradoja del guión —primero debe existir, para recién después disolverse— es la que lo vuelve una y otra vez una clase de material cinematográfico único. Esas tradiciones que se despliegan, de Eugene Vale a Francis Vanoye, de Syd Field a Pascal Bonitzer y Jean-Claude Carrière, de Doc Comparato a Anne Huet marcaron y van marcando un camino de búsqueda más que de llegada. O pensaron más los caminos que lo que había al final del trayecto. Por eso, la riqueza de estos abordajes. En las estrategias para afirmarse y seguir un plan, un trazado con pasos y luces que marcan peligro y que deben ser sorteadas, Farji especifica su ruta y su arsenal contra el huracán de lo real, esa amenaza siempre latente de la previsión y las seguridades. El eje de Vega, en cambio, está en la manera de ir merodeando, circundando, olfateando, acercándose lentamente a una Idea (a una Idea de cierto tipo de relato), y cómo influyen en esa escritura los estadios y situaciones, cómo las intromisiones de la vida cotidiana que el guionista está viviendo se reconvierten en escenas y personajes autónomos de los de la vida cotidiana, entrelazándose cuando el guionista está atento a sus resonancias. Y finalmente, el punto de vista de Yoel y Aprea, con en ese circuito indirecto y abierto que hace surgir los materiales del guión en un punto de cruce entre la motivación personal y la condición necesariamente informe y siempre nueva o digna de crear su propia forma, y que en vez de proveer imágenes para un relato sostienen que el relato debe ser una consecuencia de una imagen, debe estar segregado por ella y ser consustancial a su propia naturaleza.
En todos los casos, de todas maneras, los supuestos friccionan, en tanto el guión y la película son la ballena y Ahab, y todo el problema es (sigue, seguirá siendo) si el Pequod resistirá y seguirá a flote cuando la batalla termine... Pero como suele ocurrir con los buenos guiones
—como éste, conformado por tres relatos escritos por los autores— los buenos finales son aquellos que no se esperan y al mismo tiempo demuestran que no podrían ser reemplazados por otros.

Sergio Wolf