RONDA NOCTURNA

Por Edgardo Cozarinsky
Fotografías de Vanina Hofman

Prólogo

Nunca he podido escribir un guión desarrollado, detallado, porque sé demasiado bien que será sólo en contacto con los actores y en las locaciones elegidas que podré decidir posiciones de cámara y valores de imagen. El guión se convierte de este modo en un texto que debe sugerir a un hipotético lector, que no puede entrar en mi imaginación, el tono buscado para el film. No pretendo erigir en regla esta forma de trabajo personal.

En el caso de Ronda nocturna, precedí el texto, necesariamente escueto, del guión con estas palabras: “este guión debe ser leído como un libreto de ópera: un (pre)texto al que la música —en este caso el cine: es decir imágenes y sonidos— aportarán rostros y ritmos cambiantes, la carne y el músculo. Nada más lejos, por lo tanto, de un guión narrativo tradicional, que la realización debería ilustrar”. La palabra ilustrar me recuerda, ahora que el film está terminado, un breve texto que había escrito a propósito de Tan de repente, de Diego Lerman. Transcribo un párrafo:

Todo el cine que vale la pena está hecho sobre un guión, al costado del mismo, a partir de él, en sus rendijas, aun en su contra; nunca ilustrándolo. El respeto al guión ha sido y es una exigencia de los ejecutivos de la industria norteamericana y sus secuaces internacionales, nerviosos por asegurarse de que no habrá sorpresas en el producto final de una inversión financiera. Y sin embargo, la eficacia de esa espina dorsal que es el guión reside en la proporción exacta en que permite la digresión: esas pausas y respiraciones que son los momentos más recordados de cualquier film


El guión que sigue corresponde a la versión definitiva del film pero respeta en gran parte el tono y la construcción de aquel texto, o pretexto. Las notas que lo siguen procuran iluminar la lectura del guión desde una perspectiva a la vez profesional y subjetiva, donde el placer del trabajo en común, lejos de excluir el afecto o la memoria, se nutre de ellos.


PRENSA


Clarín | 26/01/06
Fantasmas en la noche de un taxi boy
Junto al guión de la película Ronda nocturna, este volumen de Edgardo Cozarinsky incluye notas del realizador y comentarios críticos.

Por Román García Azcárate
Ante todo la ley, habrá pensado el comisario. Y es entonces el primero en levantar a Víctor Pueyrredón y Charcas, taxi boy y mini dealer con parada cercana a las calles porteñas que forman su apellido. Así, en un Mercedes negro estacionado bajo una autopista, comienza la ronda de Víctor, que al pasar las doce ingresa a las horas oscuras del Día de Todos los muertos, según liturgias y supersticiones diversas. Después del comisario intentarán apoderarse de él amores pasados que no se resignan a perderlo ni aún después de haber dejado este mundo. El núcleo disparador de las escenas definitivas y la sugestión de esta larga noche de fantasmas —comerciales, sociales y de los auténticos—, plasmados en el filme más reciente de Edgardo Cozarinsky, Ronda Nocturna, puede leerse en el guión cinematográfico publicado con igual título en la colección “Libros del Rojas” y atisbarse en las fotografías de Vanina Hofman que acompañan el texto junto a notas del realizador y testimonios de dos críticos, el argentino Diego Trerotola (que tiene un pequeño rol en la película junto a Gonzalo Heredia, Moro Anghileri y Rafael Ferro) y el francés Bernard Bénoliel, además de una ficha técnica exhaustiva.
Cozarinsky sueña la historia, construye con ella un libreto con descripción de planos, música y otros elemento s del lenguaje cinematográfico, y luego lee lo que ha escrito para filmarlo, lo cual no significa obedecer durante el rodaje a sus propias palabras. El mismo lo advierte en el prólogo del guión editado: “Todo el cine que vale la pena está hecho sobre un guión, al costado del mismo, a partir de él, en sus rendijas, aun en su contra; nunca ilustrándolo”.
Las fotos de Vanina Hofman aportan mucho de lo que Cozarinsky rehusó describir en el guión (necesariamente escueto) pero sí buscó imprimir en la película y poseen una elocuencia contundente: no por aquella frase cansadora y arbitraria que cotiza a cada imagen por el valor de mil palabras, sino por el cuidadoso trabajo dedicado a recrear y/o a robar de la realidad los colores,los matices y contrastes. Las tensiones visuales y sonoras y emotivas que mejor expresan la mirada del director.
Entre las facetas que ventila el trabajo de Cozarinsky está también de modo central la silenciosa estridencia de los cartoneros que deambulan, en familias o solos, trabajando por carriles paralelos de la misma noche. Pero estos no son ya los fantasmas de Víctor Pueyrredón y Charcas, sino de todo un sistema, más allá de su amenazada aunque tenaz carnalidad.

Página/12 | 16/05/05
El que tiene sed

El 2005 bien podría ser el Año Cozarinsky. El estreno de su último largometraje (Ronda nocturna), dos libros publicados (el guión y las notas de rodaje del film y Museo del chisme, una jugosa antología de infidencias con teoría incluida), uno de postales narrativas por publicar (Rancho aparte) y un inminente debut como director de teatro (Squash) ratifican la energía y la ávida curiosidad de este escritor y cineasta que supo merodear los márgenes de la revista Sur, iluminó las relaciones entre Borges y el cine, huyó de la Argentina de López Rega, renovó desde Francia el género documental y ahora, desde hace un lustro, vuelve cada vez más fecundo y sediento a Buenos Aires.
Por María Moreno


–¿Cómo es?
Edgardo Cozarinsky no usa esta frase como muletilla, pero podría ser su divisa desde la época en que se aumentaba la edad para ser aceptado en el cineclub Gente de Cine hasta aquella en que asistió a las clases de Roland Barthes, pasando por aquella otra en que se hizo miembro de la Sociedad por la Conservación y Restauración de la Cripta de los Capuchinos de Viena. En la literatura, el cine, las ciudades, los espacios, Cozarinsky sostiene algo así como una retórica del paseo. Se comporta como un curioso variado o un amateur profesional. El prefiere definirse como un visitante. Claro que no se trataría de un visitante que toca y se va sino de uno que se instala, echa raíces, retorna, retoma. Por eso puede ser múltiple, mundano y fecundo. Ahora, casi en simultáneo, lanza su película Ronda nocturna, un libro homónimo con el guión del film y notas de rodaje (Libros del Rojas) y el Museo del chisme (Emecé), una antología de miniaturas orales precedidas por un prólogo ensayístico. Todo mientras ensaya Squash, su debut en teatro, un biodrama para el proyecto de Vivi Tellas en el teatro Sarmiento, y espera la salida de Rancho aparte (Los Libros del Zorzal, colección Galleta Criolla), una serie de postales argentinas en clave subjetiva.