PROBLEMAS DE LA TRADUCCIÓN

Gerardo Gambolini, Gabriela Adamo, Sara Cohen,
Guillermo Piro

Prólogo

La traducción ha sido y es objeto de numerosos estudios. Renombrados lingüistas abordaron el tema y establecieron los correspondientes marcos teóricos. Sin embargo, frente a la obra el traductor experimenta una sensación de orfandad que el conocimiento de la teoría no logra vencer: suele descubrir que puede ser condición necesaria aunque, sin duda, no suficiente.

Los autores de este libro no intentan proponer nuevas teorías. Nos invitan, en cambio, reflexionar, a partir de su propia experiencia como traductores.

Si la traducción tiende un puente entre culturas diferentes, inevitablemente, refleja el tipo de relación que existe entre ellas, la idea que cada una tiene de sí misma y de lo ajeno. Para los griegos los demás pueblos eran bárbaroi: bárbaros, balbuceantes. Los eslavos no creían que los germanos hablaran un lenguaje diferente: eran totalmente incomprensibles, incapaces de hablar, y los llamaron nemcy, es decir, mudos. También en la actualidad valoraciones semejantes pesan cuando se trata de optar entre la curiosidad por la diferencia —la aceptación de elementos extraños provenientes de otra cultura, con su propia manera de concebir el mundo— y la asimilación, es decir, la apropiación del texto ajeno que lo priva de identidad y le niega, a priori, su propio valor. ¿Qué clase de relación entre culturas revela hoy, para un traductor argentino, el poder de policía que las editoriales españolas ejercen sobre su trabajo?

Como explica con claridad el muy citado esquema de Torop, no existe una única traducción adecuada para un texto. No obstante, en la interminable búsqueda de la traducción “correcta”, antiguos ejes de debate siguen preocupando a los traductores. Un ejemplo particularmente interesante es la “traducibilidad” de la obra poética.
La capacidad de tomar decisiones debería superar cualquier aparente imposibilidad de traducción, aunque sin olvidar la finalidad primordial: provocar el tan mentado placer de la lectura. Justo es reconocer que no siempre resulta sencillo, pero el lector merece el esfuerzo, como demuestran —por defecto— los mismísimos Roman Jakobson y Vladimir Nabokov.

Jakobson, lingüista y académico erudito especializado en lenguas eslavas, se propuso traducir al inglés, para sus alumnos, algunos poemas de Aleksandr Pushkin. Su intento de reproducir la belleza del original en ruso fue un fracaso, que supo transformar en ensayo tan perspicaz como soporífero donde explicaba por qué no es posible traducir Pushkin al inglés.

Vladimir Nabokov se enfrentó con el mismo problema cuando enseñaba literatura rusa en Cornell y Harvard. Trató de hacer sus propias traducciones, especialmente de Pushkin, para el dictado de sus clases. El autor de Lolita comprendió claramente que su versión en inglés de Evgueni Onieguin, la gran obra de Pushkin, era poco satisfactoria. Pero, a diferencia de Jakobson, encontró una manera elíptica de abordar la cuestión. Para transmitir la melodía de la lengua rusa, transcribió el texto en fonética, utilizando el alfabeto con que se escribe en inglés. Para que el lector pudiera acceder al significado de la obra, tradujo el contenido, prescindiendo de la rima y la métrica del original. Terminadas estas dos versiones, comprendió que la incoherente lectura de la fonética sumada a la mediocre adaptación del contenido no serían suficientes para motivar las emociones que el poema despierta cuando se lo lee en ruso. Decidió entonces escribir una glosa en la que contaba al lector de habla inglesa cuáles serían sus sensaciones si pudiera leer la versión original, y contara, además, con los conocimientos y la sensibilidad de alguien como Nabokov. Sólo con la combinación de estas tres obras se completaba la traducción del original. Huelgan comentarios.

Es evidente que la academia no basta. Afortunadamente, el traductor no puede evitar la duda metódica que previene contra los conocimientos enlatados, los axiomas sin fundamento y las verdades a voces. ¿Por qué traduzco esto de esta manera? ¿Por qué empecé a utilizar esta expresión? ¿Debo cumplir esta norma si no estoy de acuerdo con ella? ¿Versión libre, a riesgo de intentar enmendarle la plana al autor con resultados poco afortunados? ¿Traducción servil? ¿Sacrifico la forma en beneficio del contenido? ¿El argumento sirve sólo de pretexto para el lenguaje? ¿Es posible prever la reacción del lector? ¿Cómo varía el sentido de una traducción en el tiempo? ¿Cómo la condiciona el contexto lingüístico, cultural e histórico en el que se recibe? ¿Cómo dar cuenta de todo lo que el autor quiso expresar, de todo lo que supo expresar y de todo lo que expresó, aun sin proponérselo?
A lo largo de este libro, los autores nos contarán de sus propias preguntas, las que surgen cada vez que se enfrentan a un nuevo texto; de sus respuestas, que deberán transformarse en decisiones sobre la obra; de su incesante búsqueda para descubrir esa otra lengua, anterior a las lenguas nacionales, la que hace sentir al lector que dialoga e inventa de igual a igual con el autor.

Luisa Borovsky