LA MUJER DEL MEDIO
de Adriana Amado Suárez


Prólogo

El hilo de A[d]ria[d]na

Ella no es una princesa cretense –aunque lo parece–, sino una licenciada en letras argentina decidida a desenmascarar la degradación actual de la imagen de la mujer en la tele a través de determinados programas, de ciertas animadoras (y animadores), de contenidos y vacíos, de la publicidad... En la mitología griega, la hija del rey Minos y Pasifae –viene al caso recordarlo– se llamaba Ariadna y nuestra ombuswoman de la TV, Adriana: las misma letras, casi el mismo nombre si la “d” no hubiera saltado a otro lugar.

Ariadna, sigamos rememorando, se prendó locamente de Teseo, un guapo y heroico extranjero, que había llegado desde Atenas a Creta integrando un contingente de chicos y chicas cuyo destino era saciar la voracidad del Minotauro, ese monstruo mitad hombre, mitad bestia que la zarpada Pasifae había concebido con el toro de Poseidón. Ariadna, remarquémoslo, integraba una familia de mujeres insumisas: su hermanita Fedra fue quien finalmente se quedó con Teseo y se encaprichó con Hipólito, el hijo que su marido había tenido con una amazona, desencadenando una tragedia. Su prima, la maga Medea, antes de liquidar a sus hijos para castigar a Jasón, había tratado de envenenar al propio Teseo, hijo de Egeo, sumando a la sazón. Su sobrina Circe fue otra encantadora de héroes griegos. Con semejante arbolito genealógico, no es de sorprender que Ariadna avanzara sobre Teseo antes de que el joven entrase en el palacio laberíntico diseñado por Dédalo, y le propusiese al héroe un ardid para salir de la intrincada guarida, previa promesa de llevársela a su tierra y casarse con ella. Teseo aceptó e ingresó en el laberinto llevándose la punta del ovillo que Ariadna retenía en la entrada. El guapo, literalmente pendiente de un hilo, enfrentó al monstruo y lo reventó (hay varias versiones: a piñas, a cuchilladas... pero lo cierto es que tomó al –mitad– toro por las astas y así liberó a Atenas del tributo periódico de jóvenes vidas). Luego, a la manera de Hansel y Gretel, siguió la huella, el piolín que había devanado y se reencontró con la ilusionada, ilusa Ariadna.

Teseo apenas cumplió una parte de su promesa: embarcó a Ariadna –¡y también a su hermana Fedra!,– hundió las naves cretenses para que no los alcanzaran y desplegó las velas. Pero el muy desleal hizo un alto en la isla de Naxos donde abandonó a Ari mientras dormía, rompiendo así su compromiso (hay quienes sostienen, para justificarlo, que siguió el mandato de un par de dioses). Hecha un mar de lágrimas, la chica fue en primera instancia auxiliada por Neptuno, y enseguida llegó el pez gordo de Dionisos, con su alegre procesión de borrachos, la confortó con unas copas y todo el amor que podía ofrecer el inventor del vino.
Teseo (se dice que por tejemanejes políticos, prefirió a Fedra) ni siquiera dio la cara. El tipo, cazador de bandidos y de monstruos, dejó subrepticiamente a su protectora que por él ya había renunciado a su patria, a su familia. En fin, ¿qué se puede esperar de un héroe que fue a la guerra contra las amazonas y raptó a una de ellas a la que repudió para casarse con Fedra? Pero nuestra Ariadna tuvo destino estelar: el hijo de Zeus, dios de la viña y el delirio místico, líder de bacantes, condujo a la chica del ovillo –labor femenina por excelencia la del hilado en aquellos tiempos– al Olimpo y le regaló una diadema de oro que más tarde se convertiría en una constelación.
En pleno 2003, Adriana Amado Suárez nos alcanza este hilo –La mujer del medio– para que no nos perdamos en el laberinto de la televisión abierta donde empollan monstruos que atentan contra nuestra integridad. Monstruos que nos toman por idiotas, intentan lavarnos la cabeza, convencernos de que ser femenina es coser, cocinar, tejer, bordar todo el santo día y si fuese posible toda la noche. Con el hilo de Adriana podemos avanzar en la espesura, visitar recovecos, discernir a los monstruos en toda su perniciosidad... y aunque no esté a nuestro alcance suprimirlos de cuajo, al menos quedaremos en inmejorables condiciones para resistir su maléfico influjo.
Con su hilo protector, Adriana nos lleva a través de las diversas dependencias de la tele, con minuciosidad de referencias, espíritu crítico inclaudicable y campechano sentido del humor. Ella nos habla desde un lugar ético, solidario, francamente feminista. El panorama es injusto, denigrante, desolador, es verdad. Y, salvo rarísimas excepciones, ni siquiera la presencia de las mujeres en la conducción, la animación o como columnistas, garantiza un mínimo de conciencia de género, de defensa de los propios deseos e intereses. Si una mitad del monstruo está conformada por los diversos programas (se excluyen en el análisis las telenovelas que, contrariamente a lo que Adriana cree, merecerían ser examinadas por ella, particularmente las producciones más recientes), la otra mitad corresponde a la publicidad. Ésa es la zona donde nos mandan a lavar el pelo (para que el fetichismo sea ortodoxo, debe ser largo, bien largo, así gasta más champú y crema, y la imagen resulta suficientemente reaccionaria); la ropa blanca, que debe quedar blanquísima (otra antigüedad, con el color invadiendo toallas, sábanas, medias y otras prendas, pero sabemos que la cátedra la dictan varones famosos del espectáculo que probablemente nunca lavan ni un pañuelito); y la vajilla, que debe quedar desengrasadísima (en este rubro, sabe más una gota amarilla de detergente –con voz masculina, claro– que la ingenua ama de casa). Pero mejor dejemos a Adriana destejer estas tramas y mostrarnos el revés para así salir del laberinto con las defensas altas y la mirada más despejada.
En un reportaje reciente, Agnès Varda planteaba –en Francia ¡todavía!– la necesidad de las mujeres de salir del cliché, del propio espejo y de la imagen que la sociedad nos propone; ir afuera, mirar a los otros, elegir y actuar con las inevitables dificultades y contradicciones. El hilo de Adriana nos lleva en esa dirección y el único compromiso implícito de nuestra unívoca, concienzuda y divertida cicerone es con sus congéneres. Y desde luego, consigo misma. Como se trata de una mujer joven, netamente, naturalmente feminista, su manera de encarar este ensayo, pese al paisaje que describe, incluye la esperanza, la posibilidad de que las figuritas femeninas de la tele cambien. Como dice Varda en la entrevista citada, “en materia de feminismo hay que ser utópica, soñadora y optimista”


Moira Soto


PRENSA

La Nación
| 15/02/05
El diseño, el análisis de medios y la política, entre los libros del año
Por Alberto Borrini

Las lecturas de los publicitarios y comunicadores se extienden de las que versan sobre sus áreas específicas a las que tratan de la gestión de empresas en general. Pero la pausa del verano es también la ocasión ideal para repasar, o descubrir, obras clásicas como la de Norbert Wiener "Cibernética y sociedad", cuya tesis es que "sólo puede entenderse la sociedad mediante el estudio de los mensajes y de las facilidades de comunicación de que ella dispone".
De todos modos, por razones de espacio, debemos limitar esta breve reseña de títulos lanzados en 2004 a los especializados. Estos son algunos de los más destacados de autores locales:
* "Homo zapping. Política, mentiras y video", Gustavo Martínez Pandiani, Ugerman, 2004. El objetivo del libro es brindar una visión del fenómeno que modificó a la comunicación política moderna: la irrupción de la televisión en las campañas electorales. Su autor, decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad del Salvador, repasa los antecedentes teóricos del género, desde Maquiavelo hasta Lippmann y Sartori, así como los hitos de la videopolítica argentina de las últimas décadas. También desmenuza las oportunidades, y los riesgos, de las democracias audiovisuales.
* "Sea su propio jefe de prensa", Daniel Colombo, Norma, 2004. Las necesidades del mercado impusieron que las distintas especialidades comunicacionales se desgajaran; una de las más solicitadas últimamente es la gestión de prensa, rama del gran árbol de las relaciones públicas. La literatura práctica está en deuda con una materia cuyo rigor profesional a menudo deja mucho que desear, por eso se considera un aporte este trabajo, cuyo autor es un experimentado relacionista que revela las claves del oficio. Lleva un prólogo de Carlos Ulanovsky.
* "Pequeño manual de encuestas de opinión pública", Federico Rey Lennon, Alejandro Piscitelli Murphy, La Crujía, 2004. Imprescindibles para los candidatos durante los procesos electorales, los sondeos son ahora una brújula de la que viven pendientes los presidentes y funcionarios en general. Pero el papel protagónico asumido por los stakeholders, contracara de los shareholders, impuso también a las empresas investigar más allá de los mercados y tantear regularmente su percepción pública. Esta obra combina la reflexión académica con la experiencia práctica de los autores.
* "La mujer del medio", Adriana Amado Suárez, Libros del Rojas. Este libro, editado a fines de 2003, en rigor comenzó a circular en el período que nos ocupa. Se trata de un prolijo buceo en el medio más influyente en los públicos masivos, la televisión, para entresacar "fragmentos que tengan a la mujer como protagonista". Con filoso humor, la autora, profesora de varias universidades, despelleja programas y publicidades, en un estilo ágil, suelto y deliberadamente muy próximo al sujeto que comenta y critica.

Otras obras

En el período también se presentó "Señal de diseño", de Ronald Shakespear (Ediciones Infinito), al que le dedicamos una columna en septiembre pasado. Sólo unas líneas, entonces, para dejarlo consignado en este balance. "Señal" es el corolario de la obra de 45 años de un maestro del diseño; un libro-objeto, profusa y bellamente ilustrado, rebosante de experiencia y de sabiduría. La introducción fue escrita por Jorge Frascara, y el prólogo, por Carlos Méndez Mosquera.
Otras obras del catálogo especializado de 2004 fueron dos sobre el mismo tema y, curiosamente, el mismo título: "Sí, logo". Uno es de Gustavo Livon (Ediciones Macchi, 2004) y el otro de Gerardo Molina (Norma, 2004). Se trata de dos reacciones ante el discutido libro de Naomi Klein. Livon es un publicitario que critica la demonización de los logos perpetrada por Klein; Molina, un estudioso una de cuyas conclusiones es que "la culpa de la globalización la tiene Colón". Por su originalidad, también merece ser incluido en este balance anual "Prensa y justicia", sobre la figura del vocero judicial, empeñoso trabajo de Damián A. Pertile (edición del autor, Córdoba, 2004). La presentación está a cargo de Pedro J. Frías.
Del exterior desembarcaron, entre otras, dos de las últimas obras de Joan Costa: "La imagen de marca. Un fenómeno social" (Paidós Diseño, Barcelona, 2004 ), y "DirCom on-line" (Grupo Editorial Design, La Paz, Bolivia, 2004); ingresó, asimismo, "La buena reputación", reciente obra de Justo Villafañe (Pirámide, Madrid, 2004).
Algunos de los libros que este año competirán por el interés y el bolsillo de los lectores ya están en la línea de largada de las editoriales. La Crujía prepara la segunda edición del libro "Cómo se vende un candidato", que incorpora un CD con una selección de un centenar de anuncios políticos, y Macchi está a punto de lanzar "Relaciones públicas prácticas para pymes", un manual firmado por Washington Illescas, un veterano y prestigioso especialista, y Silvina Haeberle.



Ámbito Financiero |
23/06/04
Mujeres de la TV se confiesan
Adriana Amado Suárez «La mujer del medio»
(Bs. As., Libros del Rojas, 2004, 207 págs.)

Por Sebastian Lacunza

Salvo los machistas menos enterados, el resto de la humanidad aprendió que hay formas de referirse a las mujeres que deben evitarse. Ya sea por convicción o por corrección, los medios tomaron nota de que no es apropiado menoscabar en forma explícita la inteligencia femenina ni reservar a las mujeres un espacio denigrante, como ocurrió durante gran parte de la historia de la humanidad. Adriana Amado Suárez disecciona el discurso sobre el género que emana de los medios argentinos, en particular la TV, y devela un tramado en el que aún desde las voces menos sospechadas y tras ciertas apariencias sofisticadas, se sigue hablando de mujeres que tienen menos derechos y a la que se les exige mucho más que a los hombres.
A través de un relato irónico y humorístico, La mujer del medio, termina siendo una denuncia irrefutable, y emplea para ello un método contundente: hace hablar a las mismas mujeres de la TV. Por el libro desfilan testimonios como el de una vedette que sugiere que le gusta que le peguen (preferencia que le terminó costando caro) a una periodista que alardea de su feminismo pero que para justificar una evasión impositiva apela a victimizarse revelando intimidades de su divorcio.
La publicidad, profusamente analizada en «La mujer del medio», se percató de que puede vender más si saca a las señoras de la cocina para llevarlas a conocer el mundo. El precio que se pide por haber «ganado» la libertad es desmedidamente alto. La mujer liberada de la TV no sólo debe trabajar, llevar a los chicos a la escuela, limpiar con « blancura perfecta» y «brillo insuperable», hacer trámites, cocinar, ir a la pel uquería, sino que le es inadmisible perder un ápice de la seducción. Las exigencias físicas hacia las mujeres son inhumanas, como bien queda demostrado en el libro de Amado Suárez.