ARCHIVO ITELMAN

Selección y notas: Rubén Szuchmacher
Prólogo: María Rosa Petruccelli



Prólogo

Apenas habíamos oído hablar de José Luis Mangieri cuando lo conocimos. El Rojas le preparaba un homenaje y al tiempo surgió el proyecto de un libro sobre su vida. A partir de aquel momento, comenzamos a buscar información,
que estaba bastante dispersa, a investigar un poco y luego encontrar que ya sabíamos de este personaje, incluso mucho antes de conocerlo.
Durante algo más de seis meses, estuvimos entrevistando a José Luis Mangieri para armar su historia de vida. Fueron reuniones inolvidables que se desarrollaron casi ininterrumpidamente cada semana y de manera insólita
(ciertamente tan insólita como su repentina operación de rodilla).
En cierta medida, es una pena no poder editar también los entretelones de esos encuentros, con todos sus detalles y pormenores. Pero lo realmente jugoso de todo el trajinar es haber descubierto dos cosas.
La primera, que nuestro amigo Mangieri es:
Jocoso, autónomo, cobijador, creador, lúcido, irónico, balsámico, lírico, ético, pasional, fiel.
Un hombre con gran un sentido del humor, un tipo que da todo lo que tiene, un personaje de Buenos Aires realmente hermoso, un poeta que sabe leer, un gran organizador, un constructor de redes, un referente de la poesía en la
Argentina.
El macho, como lo llaman en su familia; también es crítico, bondadoso, trabajador, laburante, infatigable, loco, patriarca, fuerte, puro, curtido, sabio y cachador.
Un editor legendario, un granjero sencillo, padre de cientos de hijos, un danzarín de nocturnos aquelarres amorosos, un hombre de la revolución.
Es gentil, un editor mítico, un hombre escurridizo, un tipo especializado, un buen vecino, un verdadero actor, un amante de la literatura, un diablo de barrio, un cronista irrespetuoso de la intelectualidad de izquierda, un lector sofisticado, la bruja de la calle Corrientes.
Resistente, anecdótico, amigo, imbatible, clandestino, quemero, galán, seductor, sarcástico, bolichero, noble, candoroso, lugareño, insistidor.
Buena gente, un contador de historias, un amigo de la vida, un tipo descomunal,
Un héroe, íntegro, dispuesto, afectuoso, joven, abierto, alegre, chispeante, entrañable, independiente, anarco, audaz, protector, porteño, fatal, extrañable, parco, generoso.
El que te hace llamadas a larga distancia, el que te pregunta por tu vieja, el que te pone un bife en la parrilla.
Su piel transparenta el rojo de la sangre.
El último inmortal, ese es José Luis Mangieri.

La segunda, que recién lo estamos conociendo. Ojalá este libro sirva para
eso.

PRENSA

Página 12 | 25/05/03
Suplemento Radar Libros

RESEÑAS
FORMAS DE BAILAR

Archivo Itelman
Ana Itelman
Rubén Szuchmacher
Libros del Rojas - Eudeba
Buenos Aires, 2002
188 págs.

Por Abel Waisman

En una actualidad urbana donde el cuerpo muchas veces es sinónimo de riesgo, Rubén Szuchmacher se propone rastrear a través de huellas escritas los pasos que Ana Itelman, precursora de la danza contemporánea en la Argentina, dejó para las generaciones futuras.
Ana Itelman nació en Santiago de Chile en 1927. A los dos años viajó con su padre a Buenos Aires, donde realizó sus primeros estudios de danza. Egresó del Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico y en 1945 viajó a Estados Unidos, donde tomó contacto con las fuentes de la danza moderna norteamericana. A los veinte años regresó a la Argentina para dedicarse a la danza como solista en obras propias, creando en los primeros años de las década del cincuenta una escuela de danza moderna en donde se destacó coreografiando para su propio grupo.
Archivo Itelman, producto de una investigación financiada por la Fundación Antorchas, está compuesto por una diversa y extensa cantidad de apartados, entre los que se encuentran los datos para su biografía, las conferencias dictadas en el Bard College, reportajes, cartas, los borradores y una segunda versión de una interesante obra coreográfica o argumento para un ballet que jamás se realizó, hecha a pedido de Astor Piazzolla y basada en “Hombre de la esquina rosada” de Borges, y también una selección de sus primeros textos entre los que se destacan “El significado de las danzas modernas” y “Danza en los Estados Unidos. Los teams o grupos”. Aquí Itelman se pregunta por qué ya no satisface del todo al publico el ballet clásico o por qué aún no han llegado al público en general las danzas modernas.
Para dar una respuesta a esos interrogantes, propone un conjunto de rasgos diferenciales para la danza moderna y la clásica. Para Itelman, la actitud clásica es esencialmente impersonal porque presenta en escena movimientos concebidos por otra persona: el coreógrafo. “Los temas danzados se alejan de la realidad. No existen, en principio, destellos de emociones humanas. Se baila La bella durmiente del bosque, Hojas de otoño, La hija del Danubio, La muñeca hada, etc. En la actualidad dichos títulos, impregnados de fantasía, se ven desplazados por otros como Atavismos, Un extraño funeral americano, Huelga, trabajo y juego.” El solo hecho de nombrar estos títulos es para Itelman una muestra del enorme salto dado por el arte de la danza moderna, que proclama esencialmente la libertad del artista. Dicho con palabras de Martha Graham: “Es necesario que haya algo que necesite ser bailado”.
De esto también se desprende el compromiso de Itelman: es el sentido realista de la danza lo que brindaría un medio altamente eficaz para manifestar lo que una generación desea transmitir en su presente. A diferencia de las raíces tradicionalistas del ballet clásico, en donde los “balletómanos” se sienten cómodos ante tales espectáculos porque ven en ellos el reflejo de su cultura, los aficionados a la danza moderna son para Ana Itelman aquellos que quieren ver reflejada la vida y las experiencias “actuales”. O, como dice Martha Graham en otro momento: “No quiero ser un árbol, una flor o una ola cuando danzo. No quiero imitar la naturaleza, ni ser una exótica criatura de otro planeta: quiero ser yo misma, algo del milagro que es el ser humano nervioso, disciplinado y concentrado”.

Página/12 | 13-06-03
Suplemento Las/12

LIBROS
ESTILO ITELMAN

Acaba de aparecer Archivo Itelman (Libros del Rojas), con selección y notas del director teatral Rubén Szuchmacher. En él, se publica por primera vez parte de los archivos de la célebre coreógrafa, en los que da cuenta de su vida y analiza su carrera.

Cuando tenía tres años comencé a entrenar mi cuerpo en distintas técnicas de danza, tanto el ballet como la danza moderna, la danza española, la danza primitiva y el jazz fueron parte de mi entrenamiento. No puedo decir que en ese momento algún tipo de necesidad artística haya guiado mi danza, había otras razones fundamentales, importantes pero distintas: el simple placer de moverme, la gratificante sensación de poder ejecutar cualquier patrón rítmico en forma de secuencia, la satisfacción de poder cubrir el espacio con grandes movimientos de barrido o con movimientos lo más pequeños u delicados posibles. También hay razones más complejas que forman parte de esta necesidad de bailar. Subconscientemente percibí que el aprendizaje de las técnicas de danza me permitía controlar mi cuerpo y dominar mis respuestas musculares, dándome un insight particular de mí misma, la sensación interior de que mi cuerpo tenía ciertas posibilidades que iban más allá de las de cualquier ser normal que podía caminar, además de la sensación de control y dominio sobre mí misma. Disfruté de ese estado de nirvana hasta los diecisiete años, cuando comencé a dar forma a mis propias secuencias de danza. (...) Me tomó años de trabajo, de experimentación y de ordenamiento de mis ideas sobre la danza en procesos de libertad y control, hasta que finalmente me di cuenta del significado que el curioso fenómeno de la creación tenía para mí y cómo se relacionaba conmigo.
El artista desarrolla un espíritu religioso o una religión sobre su propia actividad artística. En este momento crucial de la experiencia creativa lo más importante es tener fe. (...) El es en ese punto como un intérprete dirigido por impulsos inconscientes que transforma en productos reales y concretos (...) Deberá vencer su sentimiento de omnipotencia acerca de que puede controlar la creación de manera totalmente consciente. Además deberá despojarse del sentimiento de que es él quien manda, y en vez de ello entregarse a los impulsos inconscientes que él dirigirá. (...) Recién cuando comencé a componer perdí esa sensación de protección y seguridad, y ahora, tantos años después de mis primeras creaciones, siento que no existe nada más excitante que comenzar una nueva coreografía, dejar que nazca esa aventura que dará una existencia concreta tanto a lo imprevisto como a las ideas sobre la danza que me haya propuesto. Es necesario ser un buen director para ser un buen coreógrafo, es decir, una persona que reúna los talentos de un poeta, de un pintor, de un escultor y de un músico. Un técnico y un bailarín capaz de comunicar sus ideas a los intérpretes.
Cuando descubrí, a través de años de composición, el proceso en el que estaba involucrada, sentí miedo. Había pasado varios años de mi vida tratando de controlar mi cuerpo a través de distintas técnicas de danza. Esto es particularmente difícil de lograr, ya que requiere poder discriminar en términos de cuáles movimientos son correctos para lograr coordinación, equilibrio, ritmo y una armonía general sin producir manierismos. Sólo tuve confianza en lo que hacía una vez que logré cierta habilidad y técnica.
Cuando empecé a coreografiar, me di cuenta a través de ensayo y error de que cada vez que tenía una idea de una danza, la pieza germinaba mejor sino la forzaba a encajar en un plan específico. Cuando la quería controlar demasiado, se tornaba rígida y aparecía todo tipo de bloqueos. Aprendí acerca de este proceso encarando mis composiciones de distintas maneras.
Las condiciones bajo las que trabaja un coreógrafo son desconocidas para el público en general. Si un coreógrafo no puede escribir sus movimientos, ¿cómo compone?, y especialmente ¿cómo compone para grupos? El coreógrafo no puede ver la descripción escrita de los movimientos, los cambios espaciales o las cualidades dinámicas que crea en un sentido físico, por lo tanto, ¿cómo puede ser consciente de lo que hará cada bailarín mientras está componiendo? ¿Cómo puede saber hacia qué parte del escenario se moverán los bailarines y cuál es la relación corporal que establecerán mientras se mueven en el escenario? La gran mayoría de los coreógrafos trabaja con los bailarines presentes y va creando su obra a medida que va avanzando. Reúne a sus bailarines y compone en presencia de sus intérpretes. (...) El estado de expectativa es un estado de espera donde la energía creativa se encuentra lista para ser liberada. La energía se libera siempre a partir de algún impulso, a través de alguna emoción o idea que moviliza ese conocimiento artístico. A partir de ese momento el artista comienza a dar forma a ese producto emergente y es necesario que comprenda que se trata de un proceso de acción dual: estará dando vida a un producto cuyo estado embrionario tiene que ser dirigido, pero que, a su vez, posee una fuerza y leyes propias. El artista seleccionará sus materiales, agrupándolos y organizándolos, pero una vez que comienza el proceso de configuración éste le dictará su propia forma. (...)
Una producción de danza puede requerir la participación de música, escultura, pintura y teatro. El conocimiento de estas formas de arte es necesario pero el coreógrafo tiene que ser capaz de aplicar este conocimiento a la danza, de extraer de esas otras artes los elementos apropiados, y mantenerlos bajo su control sabiendo cuál es la parte ajena a la danza y qué elementos podrían alterar su naturaleza propia. La música, por ejemplo, que se encuentra tan fuertemente ligada a la danza, ha de ser cuidadosamente utilizada; muchas veces los coreógrafos son demasiado literales siguiendo una partitura, entorpeciendo con ello el desarrollo y crecimiento de una composición de danza. O bien ignoran la música que están empleando, pensando que es un mal necesario al que deben ajustarse. Otras veces los coreógrafos pueden utilizar formas de la arquitectura o la escultura en una escenografía tridimensional, pero si estas formas no están integradas a la danza en forma adecuada en el momento de concebir la composición quedarán aisladas y serán un obstáculo para la danza. (...)
Por Ana Itelman
Primera conferencia dictada en el Bard College, circa 1964-1966.

Revista TXT | 20/06/03


ARCHIVO ITELMAN
Rubén Szuchmacher. Libros del Rojas - Eudeba 187 páginas $16.

Por Ana Durán

"No quisiera tener que apuntarlo, pero la actuación de Alfredo Alaria y su grupo en el Casino fue un mediocre espectáculo revisteril. Este joven nos debe una explicación", escribio Ana Itelman en su faceta poco conocida de crítica de danza, allá por febrero de 1953, en la revista Criterio. El pasaje no está tomado al azar. Es también marca y signo de una personalidad de mujer de medias tintas, de una cultura poco común capaz de tomar cursos de pintura con Emilio Pettorutti, actuación con Lee Strasberg o dirección de televisión en New York, Archivo Itelman es el producto de diez años de investigación y recopilación del material cuidadosamente dejado a la posteridad por esta bailarina, actriz, docente, coreógrafa y teórica de la danza: textos publicados en diferentes medios , algunos sentaron las bases de la danza moderna a la manera de manifiestos, borradores de la no estrenada versión de “El hombre de la esquina rosada”, el texto escénico de Fedra, obra que se intentó prohibir bajo la dictadura de Levingston, y fragmentos de su pensamiento reflexivo aparecido en diferentes reportajes y notas . Rubén Szuchmacher completa así el primer material bibliográfico realizado sobre la coreógrafa más renombrada que tuvo este país tan efecto al olvido. Y además, un libro que bien leído permite transitar por el bajo fondo del pensamiento complejo de esta mujer que allá por 1989 decidió no enfrentar la vejez.

La Nación | 10/08/03
Sección Cultura

LA DAMA DE LA DANZA

El Archivo Itelman
Selección y notas de Rubén Szuchmacher
Libros del Rojas-Eudeba
187 páginas ($16)

Por Fernando López

En un medio en el que no se suele prestar demasiada atención a la preservación del patrimonio cultural, no cabe sino celebrar la aparición de este Archivo Itelman debido a la dedicación, el esfuerzo, la perseverancia y la devoción de Rubén Szuchmacher. Estrecho colaborador de la coreógrafa y bailarina en los últimos años de la vida de ésta, el autor emprendió la tarea a modo de homenaje con el propósito de componer una biografía de la artista fallecida en 1989. Pero a medida que indagaban en los documentos del archivo personal de Itelman, de los que extraería el material para intentar un retrato de su personalidad, su trayectoria artística, su pensamiento y su obra –y al que también contribuiría el testimonio de quienes la conocieron o trabajaron con ella-, cayó en la cuenta de que si por una parte la empresa le resultaría imposible por “inabarcable”, por otra, el rico material que tenía entre manos le estaba señalando el camino por seguir. A esa lucidez se debe este libro que ordena escritos de una creadora en quien era constante la reflexión sobre su disciplina artística en general y sobre la problemática de la danza moderna en particular, terreno en el que tuvo un papel protagónico como parte del movimiento que transformó el panorama de la danza en la Argentina desde los años cuarenta.
Entre papeles, fotos, recortes, apuntes sueltos, manuscritos, cuadernos, agendas y carpetas debió afanarse Szchumacher para seleccionar y ordenar aquellos textos que mejor contribuyeran a exponer el pensamiento de Itelman, sus proposiciones teóricas y su filosofía artística y a las mismo tiempo dejarán testimonio de más de cuarenta años de experimentación escénica. Más allá de que se coincida con las teorías de Itelman o se sostengan opiniones divergentes, el legado es, obviamente, invalorable para bailarines y coreógrafos (el volumen incluye sus lineamientos para un curso de composición), así como para todos los que desde distintas funciones se hallan comprometidos con la experiencia teatral.
Pero no sólo ellos encontrarán motivos de interés en muchas páginas, entre ellas las que reproducen las conferencias que Itelman pronunció en el Bard College, cerca de Nueva York, donde fue profesora asociada y directora del departamento de danza, los comentarios críticos que escribió par Criterio y otras publicaciones, los ilustrativos fragmentos de algunos de los muchos reportajes que concedió y las tres versiones de “El hombre de la esquina rosada”, espectáculo que nunca se realizó aunque de ella resultó una obra musical compuesta por Astor Piazzolla y con letras de Borges.
Szuchmacher sintetiza en sus “Datos para una biografía” la extensa y múltiple trayectoria de Ana Itelman, desde sus tempranas apariciones como bailarina en Buenos Aires, donde cursó sus primeros estudios (había nacido en Santiago, Chile, en 1927), y su vinculación, ya adolescente, con Martha Graham y otros creadores de la danza moderna en los Estados Unidos, hasta su extensa labor como coreógrafa en ámbitos diversos, tanto en el país del Norte como entre nosotros. Una serie de fichas técnicas, incluidas al final del libro, recuperan títulos que hablan por sí mismos del sustancial aporte hecho al desarrollo de la danza en nuestro medio por la artista a quien Borges se refirió en estos términos, reproducidos en el epígrafe: “Ana Itelman es una bailarina notable puesto que sus colegas la odian y la encuentran antipática, pero le reconocen el genio que no pueden negarle. Cuando uno se topa con el genio, hay que resignarse a él”.