DEMOSTENES ESTOMBA, EL VUELO DEL DRAGON
de Javier Daulte

Demóstenes Estomba, El Vuelo del Dragón,
el grupo CAOS, el grupo MUTS, lo Uno y lo Otro.


El origen de los materiales publicados en este tomo (Demóstenes Estomba y El Vuelo del Dragón) es, al menos, curioso. Su producción se dirimió entre el accidente y la casualidad, características recurrentes de lo bastardo. Me propongo resumir aquí las circunstancias de esa producción, para lo cual no he dudado en omitir detalles, confundir datos y, en definitiva y como corresponde a toda reseña parcial, faltar a la verdad.
Todo comenzó hace ya bastante tiempo. Yo sabía de la existencia de un grupo de teatro de Bahía Blanca que estaba pensando en convocarme para trabajar en un montaje. A fines de 2000 recibí el llamado de un actor de esa localidad, Jorge Habib. Su propuesta era que yo asumiera la dirección del grupo que él representaba para dirigirlo en una pieza escrita por Mario Ortiz, poeta bahiense. Me explicó también y de manera somera (o somera fue la forma en que atendí a esa explicación) la circunstancia particular de que este grupo era un desprendimiento de otro, originalmente llamado CAOS. Tras leer el material pregunté si aceptarían que yo hiciese con esa pieza lo que se me antojase. La respuesta fue sí.
Estando ya comprometido con el proyecto Estomba (pues de esa figura de la historia nacional trataba la pieza de Mario Ortiz) recibo otro llamado. Se trataba de Luciano Lucagnoli, integrante del originario grupo CAOS para hacerme una propuesta en casi todos sus términos idéntica a la del otro grupo. Es decir que la situación estaba planteada en los siguientes términos. Yo estaba enterado de que cuando el grupo era uno solo, es decir CAOS, sus integrantes habían pensado en convocarme para su próximo montaje. Luego se produce una crisis en ese grupo, crisis que da por resultado la conformación de dos grupos (CAOS y MUTS) que creen poseer los mismos derechos para hacer sus respectivas convocatorias. Me veo así sumido en medio de un brete. No sabía en ese momento por qué decirle que sí a uno de los grupos y no al otro. De más está aclarar que ambos grupos pretendían que me negase al otro, lo cual dejaba en mis manos el tentador poder de la discriminación. Por un lado había una prioridad de parte de los que me habían llamado en primer término (Ios del proyecto Estomba) y por otro la prioridad la tenía el grupo CAOS de cuya convocatoria yo ya había tenido noticias (desde antes de la convocatoria del grupo Muts) y ante la cual yo me había mostrado, a la distancia y a través de interpósita persona, interesado. Sentía en ese momento que tenía únicamente dos opciones: decir que no o que sí a todos. Opté por esta segunda instancia. Los integrantes de ambos grupos se enfurecieron, o por lo menos algunos de ellos. Supuse, como siempre, que había cometido un error, y que sin duda pronto me vería envuelto en camisa de once varas.

Comencé a trabajar con el grupo MUTS y el proyecto Estomba. Mi compromiso era encaminar uno de los proyectos y recién entonces comenzar con el otro. La dinámica de trabajo consistía en realizar esporádicos viajes (encuentros les llamaban ellos) donde se trabajaba intensamente durante un fin de semana completo.
El proyecto Estomba supo mostrar tantas dificultades que no tardé en creer que naufragaríamos antes de llegar a ningún puerto. Los encuentros de trabajo eran erráticos y en la mayor parte de las oportunidades inconducentes. Me quería desprender del material histórico y no sabía cómo. El subsidio con que contaba el grupo para llevar adelante este proyecto tenía justamente que ver con que el mismo centraba su atención sobre el fundador de Bahía Blanca y ése había sido el argumento con que habían podido obtener el dinero necesario por parte de la Secretaría de Cultura del Municipio. Una pieza de época era para mí la cosa más aburrida del mundo, de modo que, intrépidamente y sin saber adónde me llevaría esta decisión, deseché la ambientación histórica prácticamente desde el inicio de los ensayos. Indudablemente todo indicaba que yo debía interesarme por la figura del Coronel Don Ramón Estomba, cosa que por ningún medio lograba que sucediese. Sospeché primero, y luego comprobé, que a los integrantes del grupo los aspectos históricos les importaban, como a mí, un pito. Ellos querían hacer teatro y yo también. Este era el único punto en común que más o menos nos entusiasmaba a todos. Pero había un compromiso y no era fácil desembarazarse de él y la incomodidad crecía. Yo por mi parte me comprometía a documentarme acerca de los aspectos históricos de este sujeto, cosa que escasamente hacía y a regañadientes. Lo único que de este hombre me podía interesar era que estaba completamente loco que no tenía ideología alguna, que le daba lo mismo pelear tanto del lado de los Unitarios como de los Federales con tal de andar a los bayonetazos, que murió anoréxico en un hospital de Buenos Aires y que en la apoteosis de su demencia se creía un pensador de la antigua Grecia. Unir esos aspectos (confieso que algunos de ellos me resultaban sumamente atractivos) con las posibilidades expresivas del grupo de actores bahienses parecía, y era, una tarea titánica. No sé cuándo ni cómo sucedió, pero milagrosamente (quizá producto de la desesperanza y la resignación) el terreno comenzó de pronto a despejarse y la pieza, que terminó siendo este Demóstenes Estomba, comenzó a cobrar forma.

Fue más o menos en ese momento cuando comencé a trabajar con el grupo CAOS. Con ellos las cosas eran, en principio, más sencillas. No tenía que atenerme a texto ni temática alguna, sino que podía obrar con libertad absoluta. Tan contento estaba yo con esa libertad que perdí el rumbo de inmediato y pronto no sabía qué cuernos hacer con ellos. Empecé a ensayar tomando como punto de partida algunos dispositivos escénicos que desde hacía algún tiempo me resultaban atractivos, pero nada parecido a una obra se perfilaba en mi imaginación. Ellos, claro, no lo sabían y creían que yo lo tenía todo previsto hasta en sus más mínimos detaIles. Me abstuve de señalarles el error en el que estaban sumergidos y abusé de la confianza que tenían depositada en mí todo lo que pude. Cuando mi engaño ya estaba por salir a la luz, algo se organizó y el argumento y la dinámica escénica de El Vuelo del Dragón empezó a volverse tangible.
Cuando ambos trabajos comenzaron a estar más o menos encaminados y los encuentros ya no eran sólo la comprobación de lo perdidos que nos encontrábamos (yo, y por añadidura cada uno de los grupos), es decir cuando de verdad estábamos ensayando, empecé a sospechar lo peor. Los estrenos prácticamente coincidirían. El proyecto Estomba, que había comenzado a ensayarse mucho antes que el otro, se demoraba de manera inconveniente mientras que en El Vuelo del Dragón el proceso se aceleraba de manera vertiginosa. A todo esto se agrega el detalle de que el trabajo en su totalidad se desarrolló a lo largo de poco más de un año, lo cual estaba absolutamente por fuera de los pronósticos temporales de ambos grupos, ya la inseguridad natural que implica cualquier proceso creativo se sumó mucha ansiedad aún cuando todos se cuidaban de hacerla aparecer como violenta demanda hacia mí, cosa que, con culpa y alarma, yo no dejaba de percibir. Una circunstancia inesperada (y ajena al proceso particular de los trabajos) hizo que los espectáculos se estrenasen con una diferencia de casi cinco meses. Aún así, hacia fines de 2002 las presentaciones de Demóstenes Estomba y de El Vuelo del Dragón coincidieron.
Esta serie de coincidencias, simetrías y situaciones especulares me tenían a mí de testigo privilegiado y silencioso, dado que por la ruptura histórica existente entre ambos grupos yo debía reservarme de hacer cualquier comentario con un grupo acerca del proceso del otro para no herir posibles y variadas susceptibilidades. Así, mientras cada grupo se concentraba en su propio y singular proceso, yo estaba atento a ambos. A la manera de un hijo de padres divorciados, yo resumía en uno lo que para los otros era uno y otro. Era inevitable que ambos espectáculos tuvieran puntos de contacto, aunque yo me había esforzado para que tal cosa no sucediese. Y, tal como había sospechado en el momento de decir sí a ambos grupos, Demóstenes Estomba y El Vuelo del Dragón terminaron constituyendo para mí un único material. La naturaleza del uno estaba condicionada por la del otro. y esto generaba como resultante un nuevo uno cuyo sentido yo procuraba dejar escapar para que lo otro fuera posible. El sentido de la totalidad (Estomba más Dragón) no era reclamada por nada ni por nadie, pero su emergencia era inevitable. Tardé en advertir la naturaleza de ese sentido. y sospechaba sin equivocarme que si tal sentido advenía conciente, sería a posteriori.
En tal aspecto la resultante fue necesariamente sorprendente. En el espectáculo del grupo disidente (Demóstenes Estomba) había una mirada hacia el pasado (en la pieza uno de los personajes queda, merced al misterioso desajuste en un proceso de hipnosis, atrapado en un hospicio porteño en el siglo XIX). En el del grupo original (El Vuelo del Dragón), una mirada hacia el futuro (la anécdota de la pieza se centra en un grupo de personas, que a la manera de una serie televisiva, tienen la misión de viajar al futuro para salvar a la Humanidad de una catástrofe a nivel mundial). Esta simetría (pasado / futuro) no estaba prevista (el sentido, como decía antes, adviene a posteriori), pero a mi modo de ver es elocuente. Creo que, en definitiva, ambos espectáculos cuentan una única cosa. En los dos casos se trata de la historia (como lo decía recién) de una mirada y por consiguiente, de una ceguera. Lo curioso (y relevante a la vez) es que el punto ciego de Demóstenes Estomba es donde se centra con lucidez la mirada de El Vuelo de Dragón y viceversa.
En términos de sentido puedo afirmar que ambos espectáculos se complementan. Claro que no puedo pretender que esa complementación sea evidente para nadie. La impunidad de un prólogo permite el elogio imposible de la obra que precede. También y por su parte el proceso de trabajo y el resultado de Demóstenes Estomba y El Vuelo del Dragón constituyen para mí elogio. Elogio de Bahía Blanca, y de sus singulares habitantes. Me pregunto si la suma de ambos espectáculos (si fuese posible operar con esta improbable aritmética) cuenta la historia de los grupos CAOS y MUTS.

Javier Daulte Buenos Aires
diciembre de 2002.


PRENSA

La Nación | 14/08/03

Por Susana Freire

El viaje de Mirna
El autor, Matías Feldman, explica: “Confundir a Jessica Lange con Angela Lange no parece ser gran cosa. Sin embargo es crucial. La sumatoria de eventos sin importancia parece ser el contenido único de nuestro devenir. En este sentido los personajes de esta obra no son la excepción. El viaje de Mirna es una gran excusa para dar vida a situaciones que me resultan atractivas: por no ir hacia ningún lado, por no tener moralejas, por ser simples, pero en proceso de complejización y sobre todas las cosas porque me son divertidas”. Libros del Rojas.

Demóstenes Estomba y El vuelo del dragón. Javier Daulte trabajó este material con dos grupos teatrales este material con dos grupos teatrales de Bahía Blanca. En Demóstenes Estomba hay una mirada hacia el pasado. Uno de los personajes queda, gracias al misterioso desajuste en un proceso de hipnosis, atrapado en un hospicio porteño del siglo XIX. Por el contrario, El vuelo del dragón es una mirada hacia el futuro. Un grupo de personas, a la manera de una serie televisiva, tiene la misión de viajar al futuro para salvar a la humanidad de una catástrofe mundial. Libros del Rojas.