CONFESIONARIO. HISTORIA DE MI VIDA PRIVADA
CECILIA SZPERLING (COMP.)

La invención del trauma

Marcel Proust hizo girar su obra, los siete tomos de En busca del tiempo perdido, en torno al momento en que su madre ya no acude a darle el beso de las buenas noches. La desazón que le produce la muerte de ese rito encierra la energía motora que lo lleva a edificar el resto de la novela. Como si fuera el Aleph del libro, esa escena parece contenerlo todo: la cama, la habitación vacía, las sombras, la noche, el abandono del mundo, el deseo por la vuelta de la luz, la aparición de la madre. Pero bueno, tal vez no haya sido del todo así. Proust deja entrever que su madre tal vez subió al cuarto y le dio el beso de las buenas noches… un poco más tarde. No importa, más memorable es el nacimiento de la propia mitología.

Y si existe un llanto no importa si fue exactamente la negación del beso de las buenas noches o cualquier otro incidente.
Max Ernst contaba, siempre que podía, que el nacimiento de su hermanito coincidió con la muerte de su mascota preferida, un pájaro. Un día feroz y definitivo. ¿Ernst nos da a entender que el nacimiento de su hermano fue el fin de lo que más amaba? No sabemos cómo fue y si esto tiene alguna relación con las mujeres emplumadas que dibujó una y otra vez. Pero el caso es que expresa la perplejidad de un niño frente a los extraños acontecimientos a los que nos somete la vida.

Hace poco leí la teoría de un inglés (no recuerdo su nombre) que signa la obra de Charles Dickens, o más precisamente la creación de Oliver Twist, en una escena humillante que el niño Dickens ejecutó frente a su padre. Se trató de un trabajo en un taller de confecciones de zapatos, con una gran vitrina a la calle. Desde ahí se podía ver a los trabajadores en sus tareas. El niño, que hasta hacía poco pertenecía a la clase acomodada, por un traspié económico se vio obligado a trabajar y a interrumpir momentáneamente sus estudios. Ver a su padre como espectador de la desgracia familiar fue ciertamente insoportable para él. Puede que esto haya sucedido, puede que no, puede que haya originado la escritura de Oliver Twist, en parte o de ninguna manera. Pero el caso es que la explicación por el trauma funciona, cierra, fascina.

El ciclo Confesionario, Historia de mi vida privada fue concebido en términos lúdicos. Fue lanzar una pregunta: ¿Qué es contar algo personal?, y ¿qué es escucharlo?
Los encuentros se realizaron una vez por mes, los martes a las ocho de la noche. Cada mes y con cada participante, esa pregunta fue variando levemente. Rosario Bléfari pensó “¿qué es lo que más vergüenza me daría leer en público?”. Y eligió un texto que responde a esa pregunta. Por supuesto, es uno de los textos más intensos y vívidos de la colección. Martín Kohan leyó un texto tristísimo con relación a perder el tiempo y luego lo rompió en pedazos en público y dijo que no lo publicaría (la explicación de ese acto sí aparece en este libro). Y como una confirmación de que el rito de la confesión está ligado al habla y no a la imprenta, la grabación con el derrotero del día de Fernanda Laguna, que incluía desde los problemas de su inodoro a las medicaciones psiquiátricas, se borró y no hubo nada que hacer para recuperar ese instante.

Cada martes de Confesionario se generaba un interés renovado en la audiencia, ¿qué es lo que voy a escuchar? Atarse al mástil del barco y acompañar al relator en las peripecias del Yo. Estar atentos a las olas, los naufragios, la caricia del sol, o lo que toque. Si la experiencia es verdadera, barre con el narcisismo. El yo se expande y es un océano sin límite y sin forma. Y con este pequeño argumento con el que me defiendo de quienes crean que este es un proyecto egocéntrico, me despido y los invito a recorrer esta colección, este libro que fue pensado hace tantos años y que las felices coincidencias, convocadas por Daniel Molina, han logrado materializar.

Cecilia Szperling