CÓMO SE EMPIEZA A ESCRIBIR UNA NARRACIÓN
Martín Kohan, Federico Jeanmaire, Miguel Vitagliano y Ángela Pradelli


Introducción

Ensayar una respuesta para la pregunta "¡Cómo se comienza a escribir una narración?" supone, al menos, dos riesgos importantes. El primero sería tratar de circunscribir la respuesta al terreno de lo práctico o circunstancial. Complementarlo con preguntas del tipo "cuándo" y "dónde" y terminar por explicar que lo ideal sería hacerlo, por ejemplo, durante la mañana, en un lugar apartado y silencioso, con una computadora portátil. y no faltará, por supuesto, quien pueda inmediatamente señalar a notabilísimos escritores que concretaron su producción de madrugada, en un cuaderno viejo o incluso durante un viaje en colectivo. Resulta entonces evidente que las circunstancias que favorecen el hecho de escribir son tantas como escritores existen en el mundo y es por esto que el primer riesgo que plantea la pregunta se sortea con bastante facilidad. El segundo riesgo, en cambio, es de una naturaleza más sutil y tiene que ver con la funcionalidad del comienzo del relato en relación con la trama de la narración. Involucra factores como las marcas de estilo, la pretensión de establecer fórmulas, las escuelas estéticas y las necesidades propias del texto en sí mismo. Son estos factores los que determinan su complejidad.

Si tuviéramos que clasificarlos, diríamos que el primero ocurre en la realidad y el segundo en la literatura y sin embargo, si una noción se encuentra presente en los cuatro ensayos que componen este libro, es la que indica que no es, en absoluto, sencillo señalar cuál es ese límite entre la realidad y literatura, y que es justamente en ese lugar, dificil de definir, donde se comienza a narrar. Si la imaginación está compuesta de recuerdos fragmentados y reacomodados, o si lo que se puede llegar a percibir -una palabra que se escucha, el color de una pared- es lo que "crea" o "dispara" las ideas, no es posible afirmarlo. Pero sí se sabe que la condición necesaria para que algo exista es que haya comenzado y en la pregunta "cómo empezar" parece cifrarse el destino de una narración.

El comienzo establece la dirección de la historia y es vital porque determina la permanencia del lector frente al texto. Si en una novela de un autor desconocido, por ejemplo, no se encuentran elementos interesante entre el primer párrafo y las primeras veinte páginas, lo más probable es que se desista de su lectura. Por supuesto que si las expectativas -respecto del libro en cuestión o el autor en particular- son grandes, se procurará franquear ese primer obstáculo. De todas maneras, la lectura más útil es la que privilegia el deleite por sobre el deber, o al menos así lo expresó Borges cuando lo consultaron sobre "qué era necesario leer".

Además, ese conducto que lleva hasta la situación central de un relato, que podría llamarse "el comienzo de una historia", puede perfectamente no ser el punto donde el autor en realidad comenzó. Ese comienzo, la manera de empezar a plasmar una idea, una sensación, puede ser incansablemente modificado, reemplazado o eliminado como cualquier otro elemento del ensamble que es una narración.

Señalé antes la importancia del comienzo en relación con la trama, pero puestos a investigar cuál sería una manera efectiva de comenzar un relato quizá nos encontraríamos con respuestas tan variadas como las que se podrían obtener respecto de las circunstancias exteriores. Los seguidores de la estética de la novela francesa del siglo XIX nos indicarán que, para que el desenlace sea comprendido en toda su complejidad, debe brindársele al lector la mayor cantidad de información posible sobre los personajes y sus circunstancias antes de entrar de lleno en el conflicto y el desenlace. Los seguidores de la escuela norteamericana, por el contrario, dirían que hay "que empezar por el comienzo del desenlace e ir introduciendo los datos previos, solamente si son indispensables, a medida que se desarrolla el relato. y no faltarán, por supuesto, quienes indiquen que después de la estética del absurdo no es posible ya confiar en categorías como ..conflicto" o "desenlace" y es por esto que el comienzo se establece de manera azarosa. (O, para decirlo de manera más sencilla: es probable que Poe, Flaubert o Kafka no hubiesen estado de acuerdo respecto de cuál es la mejor manera de comenzar una narración. Podríamos atribuir estas diferencias exclusivamente a la modificación de los estilos a través del tiempo, a la erosión que provoca el curso de la historia de la humanidad sobre la historia del arte, pero no podemos desconocer que durante el siglo XX tuvo lugar una apropiación y multiplicación de las estéticas del siglo XIX con la particularidad de que, a partir de entonces, no se sucedían sino que convivían).

William Wordsworth -y posteriormente, en versión local, Horacio Quiroga y Baldomero Fernández Moreno- aconsejaba dejar morir la emoción antes de comenzar un texto, para luego hacerla revivir mediante la escritura. Sin embargo podemos encontrar casos en los que el autor retrata "en tiempo real" sus impresiones, sin que ello vaya en detrimento del texto. El primer ejemplo que recuerdo sobre este caso es el de Phillip Roth en su novela Patrimonio, en la que describe minuciosamente la enfermedad y muerte de su padre, para aclarar en las páginas finales que la escritura ha sido contemporánea a los hechos que describe y en ese mismo libro, en un pasaje corto pero bastante impactante en el que se enfrenta a la tarea de limpiar el baño de madrugada, cuenta cómo pensaba que lo que tenía que hacer debía ser como escribir un libro. Había que comenzar por alguna parte".

Este volumen intenta dar cuenta de la diversidad de maneras posibles para empezar una narración, y es por esto que ninguno de sus autores pretende sumarse a la lista de recetas prefabricadas o. fórmulas infalibles que circulan. Su propósito es acercarnos a sus propias respuestas. Esas que les han permitido, en cada oportunidad, comenzar.

Natalia Calzon Flores