CLOWNS. SALTANDO LOS CHARCOS DE LA TRISTEZA
Jorge Grandoni (compilación y entrevistas)

Cuando me encomendaron este trabajo editorial acerca del clown, su género y su práctica, tenía más preguntas que respuestas, más inquietudes que certezas y más problemas que soluciones. Como si fuera un camino empinado empecé a recorrer el trayecto y a descubrir otras imágenes, otras miradas y otras reflexiones acerca del género de clown. Imágenes, miradas y pensamientos que no tenía antes de empezar y que sólo se develaron una vez que fui avanzando en el proyecto. Si bien yo tenía alguna experiencia en el tema (desde 2002 participo en la producción del espectáculo Clowns No Perecederos ) entendía que me faltaba más conocimiento para tener un real acercamiento al tema y, si bien podía agregar una mínima experiencia por haber visitado algún circo en mi juventud y de ver algunos payasos en ciertos programas de televisión, esto me pareció bastante poco para empezar.

Me habían avisado que en Parque Lezama se encontraban los domingos por la tarde unos payasos que trabajan ahí y que eran unos artistas muy buenos, hacían malabares, y algunas rutinas con la gente del parque, y que valía la pena que entraran en las páginas de este libro.

Entonces fue necesario un período de aprendizaje, de consultar libros, introducirme en el tema y sostener eternas, jugosas, e interminables charlas con alguien a la que no sólo le debo que me haya transmitido todo este conocimiento, sino que fue una de las personas que más interesada estaba en que apareciera un libro acerca del clown y que además, luego los distintos relatos lo asegurarían más de una vez, era generadora de toda una movida que comenzó en la década del ochenta y que parecería no haber concluido aún, al menos para ella. Estoy hablando de la Sra. Cristina Martí, mi maestra, asesora, consejera, informadora, consultora, guía y gurú en todo lo que tenga que ver en este género y con otras disciplinas.

Ese domingo tomé mis cosas y me propuse ir a visitarlos donde ellos trabajaban, con todas las ganas de conocerlos, pero ese día no aparecieron. Con algún fastidio retomé el camino de regreso a casa, pasando antes por el bar Británico justo enfrente del parque para sacarme un poco el frío que llevaba.

Tenía muchas aristas para desembarcar de lleno con el resto de los payasos, y confieso que sospechaba que teniendo a Cristina Martí de mi lado no tenía forma de fracasar. Si usted está leyendo este libro ahora se dará cuenta del resultado de este proyecto.

Ya instalado en el bar, el mozo me pregunta qué andaba haciendo y si era periodista —el grabador de mano sobre la mesa debía lanzar signos inequívocos de mis tareas de ese día—; le contesto que estaba haciendo un libro sobre unos payasos.

Después de un aprendizaje tan veloz como efectivo, nos propusimos darle un contenido teórico al libro y para ello decidimos realizar las Conferencias de Octubre, que tenían al actor clown como tema específico y unidad de medida de todo lo que haríamos más tarde. Era el gran puntapié inicial para desenrollar un montón de teorías acerca de los payasos y, como valor agregado, nos serviría para desterrar la absurda idea, de una vez y para siempre, de que a nadie le interesa asistir a una conferencia en donde la temática tenga que ver con el género clown.

Le cuento sobre mi desencuentro con los que estaban en el parque y él en ese instante pareció haber entendido todo, y me dice: —Si busca un payaso tiene que hablar con ese tipo, aquel vivía en un circo. Y me señala a un hombre mayor que estaba frente al ventanal, solitario, tomando un vaso de vino.

La realización de estas conferencias no tenían un a priori que nos permitiera acceder a otras experiencias o conocimientos, lo que nos demostró que el universo no es sólo lo que hacemos o podemos hacer, sino que va más allá. Así y todo, nos aventuramos en su realización y fue un importante éxito, una gran revelación para quienes la organizamos y pusimos el cuerpo: los que apostaron y programaron; los que asistieron y participaron, y para los panelistas, conferencistas e invitados.

Sin creer en mi suerte me acerqué al hombre frente al ventanal y en un momento me pareció que estaba viviendo un cuento de Rodolfo Walsh, cuando le dicen “hay un fusilado que vive” en su Operación Masacre, a mi me dijeron, “aquel vivía en un circo”. Claro que las distancias son las que tienen que ser y está bien que sea así, no soy Rodolfo después de todo.

En la primera conferencia, “Raíces del Clown en la Argentina”, se repasó el desarrollo histórico del clown en el teatro y en el circo con Beatriz Seibel y Raquel Sokolowicz como panelistas.

Cuando me acerco, le pido permiso para sentarme y le cuento que estaba haciendo unas entrevistas para un libro acerca de payasos y que el mozo, gentilmente, me había comentado acerca de su experiencia en el circo.

La segunda tuvo que ver con las “Características del Clown” con Enrique Federman, Chacovachi y Claudio Martínez Bell. Esta segunda conferencia develó aspectos íntimos de la filosofía y la psicología del clown, y nos dio pautas sobre el uso de la nariz, la mirada, la voz, el vestuario y el maquillaje. La tercera se abocó a “La Poética del Clown” con Marcelo Katz y Marcelo Zappalá. Nos ayudó a conocer y a desarrollar el clown que cada actor tiene dentro, su lenguaje y cómo lo desarrolla el artista.

El hombre, quien nunca quiso develar su nombre ni el del circo, me pregunta qué es lo que quiero saber de los payasos y comienza diciendo, amargamente, que es una vida demasiado triste para ser contada, y que lo mejor era disfrutarlos en la pista de circo, que ahí es donde se cuenta toda la verdad.

La cuarta y última conferencia tuvo que ver con un tema muy sensible: “Clowns artísticos sociales”, cuyo panel estuvo a cargo de José Pellucchi por los Payamédicos, Nanny Cogorno por Payasos sin Fronteras y Cristina Martí por Clowns No Perecederos. Se destacó el desarrollo de las técnicas del clown vinculadas con la realización de actividades sociales y de ayuda comunitaria en situaciones límite o de escasa intervención estatal.

Tenía que insistir y le pregunté por alguna anécdota de payasos; él me mira serio, buscando en mi cara alguna señal de vaya a saber que cosa, me pide no encienda el grabador, de hecho me hace apagarlo y, si quería anécdotas, me aclara, debería invitarlo con otra vuelta de lo que estaba bebiendo. Llamé al mozo.

Ya no se trataba de un espectáculo montado para la risa, esto era otra cosa, clowns devenidos conferencistas a lo que hay que agregar también una lista de analistas, historiadores, teóricos, ensayistas, estudiosos, personas que emergían para exponer su conocimiento y su experiencia. Sobre la base de teorías y métodos, esa era su verdad y se encontraron con un público famélico de todo esto, que sabía a qué venía y que sabía con qué se iba a encontrar.

El hombre comienza hablándome de una elefanta a la que llamaban Tristeza. Era una vieja elefanta que se la pasaba durmiendo y que estaba todo el día reclamando comida, muy amiga de los dulces y poco simpática con la gente, y que había tomado como costumbre orinarse encima cada vez que algún desconocido se le acercaba.

Las Conferencias de Octubre fueron un éxito desde todo punto de vista. Generaron expectativa y reflexión acerca de una temática muy desvirtuada, teorizando acerca de un campo de estudio que no es confuso, sino confundido. Estas cuatro noches sirvieron para terminar con todas las intrigas, los desórdenes y las mezcolanzas que se venían suscitando alrededor del actor y del género clown.

El hombre con cada palabra parece entusiasmarse más en su relato, me pregunta si alguna vez había visto orinar a un elefante, a lo que contesto que no. Acto seguido empieza a detallarme toda la dinámica para alejar a los intrusos.

Con las Conferencias de Octubre se cerraba un ciclo de aprendizaje muy rico, que me preparaba para empezar un segundo período, tan exquisito y enriquecedor como el primero. Era el turno de las entrevistas y el pasaje final de este proyecto.

Me cuenta que Tristeza era una elefanta malísima, pero que no era violenta; de un malísimo carácter, estaba vieja y no veía demasiado, y cuando aparecían personas que no eran de su entorno conocido largaba sus esfínteres para que no se le acerquen, como si supiera de su maldad.

En primera instancia, las entrevistas reflejan un denominador común, que tiene que ver con el actor clown y con su técnica. Contrariamente a una opinión muchas veces escuchada, no es un género menor, sino que es una técnica depurada que lleva muchos años de aprendizaje, muchos años de práctica. Cada actor tiene su propio clown desde el cual se ríe de sí mismo, de sus defectos. Además, todo el tiempo está construyendo un vínculo con el espectador, una alianza, una complicidad, a sabiendas de que no va a ser duradera, de que habrá una ruptura. El actor transmite sensaciones variadas. Muchas tienen que ver con el ridículo, pero otras van de la mano de la ternura, con una gran capacidad de crítica social; en otros casos además, son agresivos o violentos, pero siempre desde un costado predominantemente cómico.

A esta altura no sabía bien que tenía que ver el relato de la elefanta con anécdotas de payasos; el hombre por momentos parecía perderse en su memoria, volvía al presente, tomaba un trago, y se sumergía nuevamente en los recuerdos.

El clown debe prever todo el tiempo la construcción de determinadas situaciones sobre el escenario, pero muchas veces ocurren cosas inesperadas e imprevisibles que deben resolverse en forma espontánea y aprovechar, quizá, el ridículo que eso ocasiona. Muchos actores ven a esto como un regalo que le destinaron ese día; el clown es muy bueno en la resolución sobre la marcha. Eso lo da la experiencia en el escenario, pero es parte del azar. A pesar de que todo el espectáculo está preparado y estudiado, muchas veces ocurren esos pequeños traspiés que hacen que todo cambie. El clown va construyendo su personaje, le da un lenguaje particular (hasta una forma fonética), un vestuario determinado, se prepara años en la decodificación de su personaje, pero muchas veces un desatino no preparado o un error no forzado tira abajo toda esa organización y allí aparece el actor de clown. Éstas eran unas de las primeras verdades que se me caerían encima con todo el peso con el que suelen caerse las verdades absolutas.

El rostro del hombre parecía brillar cada vez que hablaba de la elefanta y sus comentarios iban acompañados de algunas sonrisas pícaras. Me dice: —Todo el tiempo me la pasaba saltando los charcos de la tristeza, ¡como quería a esa elefanta!

Dentro del ámbito de los actores clowns hay una creencia firme e irrefutable en que los mejores payasos son aquellos que llevan años trabajando en el asunto, sabiendo —algo no menor que lo anterior— que nunca terminan de desarrollar su payaso, ese que llevan dentro y que les lleva mucho tiempo de ejercicio, de práctica y sobre todo, de escenario. Esto es algo que se desliza de la mayoría de los actores, y lo curioso es que es un pensamiento que acuñan tanto los más antiguos como los nuevos.

En esa formación hay distintas disciplinas como bufón, comicidad, maquillaje, escenografía, danza, malabares, teatro, música y canto, entre las más estudiadas, pero además pueden incursionar en la magia, ilusionismo, globoflexia, técnicas de expresión corporal, técnica vocal, marionetas, títeres, trabajo con objetos, improvisación y miles de diferentes seminarios, clínicas y talleres que tienen que ver con el clown. De esto se desprende que el clown está preparado para cualquier eventualidad. Esta preparación “todo terreno” habla a las claras de un actor sumamente preparado para este género, pero que además cuenta con un bagaje de conocimientos escénicos para poder desarrollar esas mismas técnicas.

En uno de sus retornos me dice que los payasos no querían a la elefanta porque debían cuidarla, asearla, vestirla y prepararla para el desfile final, cuando todos salen a la pista a saludar al público, y que eran cuidadores vestidos de payasos.

Aprendí que hay tres escenarios donde los clowns actuan: el teatro, el circo y la calle. Si bien la finalidad es la misma, la energía no lo es. En muy distinto trabajar en cada uno de estos ámbitos, y de hecho cada clown mostró tener una preferencia. El aporte de una sala de espectáculos concreta el acercamiento con el público pero demanda una actuación descomunal del actor, y lo que a simple vista puede verse como favorecido por el aporte de sonidistas, iluminadores, musicalizadores, si no está bien aceitado, ensayado y sincronizado, puede fallar.

“Los payasos no eran payasos”, ahí escucho la segunda frase al estilo “hay un fusilado que vive”, demasiado para una noche de domingo. No eran payasos de pista, eran cuidadores que se tenían que disfrazar para el desfile y llevar a la elefanta, que solo respondía a los cuidadores.

La calle y el circo demandan otra energía; el clown de calle apela a todo el vértigo, mimetizado si se quiere, con todo ese mareo que suele haber en las calles, con gente que va y viene y que no tiene mucho tiempo que perder en esa dinámica que tienen las grandes ciudades, donde los incautos peatones y transeúntes terminan siendo espectadores de una función de clown. Pero para llegar a ese momento último, a ese instante especial, se debe pasar por un proceso de producción de una energía diferente. Al espectador hay que reunirlo, sumarlo, agregarlo, llamarle la atención, entretenerlo, ocupar su pensamiento y que no se vaya sin antes haber depositado su agradecimiento en la gorra. Todo eso en cuestión de minutos: vértigo, aceleración, rapidez, actuación, simulacro y efectividad, y todo debe ser redituable. Habilidad y arte en el mismo momento, tamaño desafío para el clown de la calle.

Me cuenta que una vez en la pista, la elefanta hizo lo suyo cuando sintió que había muchos extraños cerca de ella y, de repente, todos estaban saltando los charcos de “la Tristeza”, lanzando gritos y tapándose la nariz con la mano porque el olor era fuertísimo; la gente al ver esto creyó que todo estaba preparado, y se destornillaba de risa.

El payaso de circo realiza una técnica trasmitida de generación en generación, es parte de la tradición del género y una de las raíces de cualquier espectáculo de humor y comedia; tiene un humor más universal y está destinado a grandes y chicos.

Esto también es todo un debate entre los clowns entrevistados, ya que muchos de los espectáculos están montados en horarios fuera de lo común, para no cruzarse con el público infantil, y los contenidos pocas veces se encontrarían en una fiesta de cumpleaños. Muchos incluso aclaran que están dirigidos a un público adulto. Esto fue todo un descubrimiento, y profundicé en esa dirección. Las respuestas fueron variadas, pero lo cierto es que los niños intentan, a su modo, con sus limitaciones, manejar al actor en escena y eso termina desconcentrando la labor, estropeando o viciando de otros contenidos la rutina o los gags que en una primera instancia estaban dirigidos al humor de los mayores.

Traté de imaginar el momento: toda la trouppe del circo a los saltos, en desbande por la pista luego de que la elefanta se orinara encima por haber visto al público en las gradas.

Por otra parte, este asunto de los clowns y los niños abre otro debate muy interesante que lleva más de veinte años en permanente discusión, que se remonta a la etapa del Clú del Claun hasta nuestros días. La cuestión pasa por establecer cierta distancia con respecto al género de payaso-anima fiestas-cumpleaños, etc. cuyo trabajo está dedicado a espectáculos para niños, en contraposición con otros payasos que se expresan y dedican su tiempo, trabajo, esfuerzo y espectáculos a un público mayor.

El hombre termina su relato cuando le pregunto qué fue de la vida de Tristeza, esa elefanta mañosa y mal humorada que igualmente divertía a la gente. Me invadió cierta amargura cuando me dijo que la habían sacrificado. El animal ya no respondía y se les tornaba peligroso que nadie pudiera controlarla.

El clown está considerado, dicen los entrevistados, un género menor ya que a sus funciones, actuaciones o exhibiciones concurren o se presentan públicos de diferentes edades y extractos sociales, pero nunca faltan los niños, y por eso están condenados a ser clasificados así —cosa por demás discutible.

Antes de que se fuera le pregunto por qué se retiró del circo, a lo que me contesta que después de que muriera la elefanta no tenía mucho sentido, ni se divertía como antes. Después de todo fueron muchos años en el circo y ya había pasado su momento.

Con el payaso de circo terminé acercándome a una de las respuestas que menos me esperaba y que resultó de gran utilidad para entender muchos de sus efectos dentro de otros campos y disciplinas. Mi pregunta, que había comenzado como un juego periodístico entre entrevistado y entrevistador, resultó ser una gran confirmación histórica y de mucha reflexión, y ya nada me parecería más determinante e innovador que las respuestas que los clowns me fueran proporcionando.

Se levantó, brindó por la Tristeza, como le gusta decirle, me dio una palmada en el hombro, me deseó suerte con el libro y salió lentamente por la puerta, para perderse por la calle. Le pido la cuenta al mozo, y me voy pensando por qué no encontré a aquellos payasos de Parque Lezama. Ya se había terminado el domingo.

Al preguntar por el por qué del uso de la nariz roja en los payasos, las respuestas fueron muy diversas: es una máscara mínima que determina cierta identificación hacia el payaso; es la determinación de un signo unívoco que denota cierto lugar de pertenencia... Pero hubo una que repercutió en mí durante mucho tiempo, la que remonta el uso de la nariz roja a una etapa histórica cuando había en los circos personas que trabajaban en muy malas condiciones, que limpiaban y le daban de comer a los animales, que vestían con ropas andrajosas, remendadas, de talles ridículos, ya que eran donadas por alguna mano generosa, que no tenían ninguna formación en las habilidades artísticas requeridas por el circo, y que por sobre todo pasaban todo el día mareados, cayéndose por el exceso de alcohol. De ahí la nariz roja y de ahí la gracia, ya que el público, cuando los veía, se divertía pensando que era algo preparado para la pista del circo.

Esta información me quedó circulando durante mucho tiempo y terminó siendo de mucha utilidad para lo que luego vendría, ya que encontré más respuestas a otras preguntas, preguntas que no tenía cuando empecé el libro.


Jorge Grandoni