ALFONSINA PERIODISTA
Ironía y sexualidad en la prensa argentina

(1915-1925)
Tania Diz

“Emprenderá un viaje, no se sabe adónde. Se ha preguntado tantas veces dónde está —dónde es—, se lo seguirá preguntando. La pregunta es trivial y básica: conoce de antemano todas las vueltas, las respuestas reconfortantes. Soy donde fui —o donde no fui—, soy donde seré. No hay declaración que la afirme en un presente, no hay una voz única en la que pueda afirmarse, aun hoy. Y para viajar es necesario saber de dónde se parte.”

Silvia Molloy, En breve cárcel

Introducción

Versos tales como “Quisiera esta tarde divina de octubre...” o “la gente ya tiene el alma cuadrada” acompañaron mis vivencias de la adolescencia, dotando a ésta de una tragicidad peculiar. En algunas de esas conversaciones cotidianas que cualquiera de nosotros suele tener, fui descubriendo que muchas de las personas, mayormente mujeres, con las que charlaba, habían pasado por la misma experiencia de lectura. Este recuerdo de emociones adolescentes compartidas surgió gracias a haberme reencontrado con Alfonsina, años más adelante y por cuestiones meramente académicas. Aunque en esta última ocasión yo no era la misma, tenía casi veinte años más, y Alfonsina tampoco, ya que me topé con la periodista más que con la poeta. Por eso me propongo perfilar a una Alfonsina que polemiza con el estereotipo de la pobre maestrita que se internó en el mar, por desamor.
Desde niña, Alfonsina Storni estuvo entre valijas. Su familia era originaria de Suiza y se embarcó hacia Argentina, se instaló primero en San Juan y, finalmente, se estableció en Santa Fe. Alfonsina, como muchas otras mujeres y varones a inicios del siglo XX, era hija de inmigrantes provenientes de Europa. De jovencita había escrito poemas y hasta había llegado a actuar en la compañía teatral de Camila Quiroga. Sobre el Centenario de la Revolución de Mayo, la escritora se trasladó a Rosario. En esta ciudad, mantuvo una relación amorosa con un hombre casado y la consecuencia de ésta fue su único hijo, Alejandro. Este acontecimiento es significativo en dos aspectos. El primero tiene que ver con que Storni fue una de las pocas mujeres que luchó por la igualdad de derechos entre hijos legítimos e ilegítimos y bregó por una legislación que obligara a los varones a responsabilizarse en estos casos. El segundo sentido es que el hecho de haber tenido un hijo siendo soltera constituyó uno de los tantos mitos que rodearon —y rodean— a la poeta. Me refiero a la figura de la mujer valiente que crió sola a su hijo y la imagen de la víctima de un amor descarriado que fue usada tradicionalmente como fundamento de su decisión de morir.

En 1912, antes de parir, se mudó a Buenos Aires, donde pasó por pensiones y trabajos varios. Se vinculó con intelectuales cercanos a la revista Nosotros. Trabajó como docente y escribió cuentos, artículos y poemas para distintas revistas y diarios.
Su biografía podría sintetizarse así: a inicios del siglo XX, una muchacha inmigrante, pobre, con un hijo natural, se fue a Buenos Aires. Ella estaba fascinada por la metrópoli, quería triunfar (como estrella de cine, de teatro, etc.) y acceder a una mejor situación social. ¿Cuál podía ser el destino que la esperaba? La prostitución. Esto es lo que relatan múltiples discursos de la época con los que ella dialoga: los poemas de Carriego, las letras de los tangos, las novelas semanales, las crónicas sobre la vida moderna...

Sin embargo, Alfonsina no cayó en la prostitución. Es que ella, como aquellas personas que nunca cesan de andar, sabía adaptarse a los nuevos lugares, no como las pobres inmigrantes que eran fácilmente engañadas por depravados sexuales o ávidos cafishios. Con la astucia de la andariega, supo establecer relaciones con escritores e inclusive con algunos grupos de socialistas y feministas. En la década del veinte, formó parte de la Asociación de Mujeres Universitarias fundada por Cecilia Grierson y acompañó en su lucha a su amiga Carolina Muzzili.
Mientras divulgaba sus poemas; publicaba en diferentes medios, artículos de opinión, cuentos breves, crónicas femeninas, diarios y cartas ficticias e iba adquiriendo notoriedad. Al menos en dos ocasiones se dedicó a escribir ciertas colaboraciones inmersas en la lógica de una columna periódica sobre mujeres, que constituyen la fuente esencial de este trabajo. En 1919, en la revista La Nota, Alfonsina se hizo cargo de la columna “Feminidades” / “Vida femenina”. Luego, en 1920-1921, asumió la redacción de la columna “Bocetos femeninos”, en La Nación, con la singularidad de que no firmaba con su nombre sino que había adoptado un seudónimo, Tao Lao. Quizá su experiencia de vida signada por los viajes, la llevó a elegir este nombre, un seudónimo exótico, con resonancias orientales.

En aquellos años, 1919 y 1920, Alfonsina ya no viajaba tanto, vivía en una pensión de la calle Pueyrredón al 400, con un hijo pequeño engendrado en otro lugar, en otro tiempo. Ella amaba igualmente a su hijo, a la literatura y a los hombres. A estos últimos, esporádicamente. Como escritora, solía sentarse frente a la máquina, no la de coser sino la de escribir, para recuperar diversas escenas de la ciudad y plasmarlas en una crónica o un poema. Luego de andar por las calles porteñas, múltiples imágenes venían a la mente de la poeta que ahora viajaba a través de sus personajes de papel. Así, pensaba en las niñas pre-fabricadas que corrían con sus esperanzas encorbatadas en los tranvías mientras planeaban la salida con algún pretendiente, en las trabajadoras alienadas por las nuevas exigencias del mercado. O en aquellas mujeres con sus hijitas vestidas cual princesas decadentes que contemplaban con desdén a los niños pobres del subte, mientras ambas criaturas cruzaban sus miradas entre la picardía y el desconcierto.

Con su mirada nómade, capaz de trasmigrar de un personaje a otro, la poeta sentía cómo las distintas escenas urbanas repercutían en sus sentidos: invadían su retina, agobiaban sus oídos. En su boca se formaba un sabor extraño por la fusión de lo que iban percibiendo los otros sentidos. Ella sentía su garganta reseca y muda. No había palabras, sólo sensaciones. ¿Un sueño? ¿Una añoranza? En la nebulosa permanecía la escena, contaminada de sí misma. A veces ella creía ver su rostro de niña, las piernas enormes de su madre, las manos de su padre. Quería hasta la desesperación traducir la escena y dejarla inmutable sobre el papel. Pero aquel breve acontecer urbano se resistía. La acometía el problema de la traducción. La lengua, generosa y displicente, le ofrecía signos simples, claros como una vendedora de ilusiones. La cronista lo intentaba y usaba esas palabras. Pero cuando volvía a leer, aquellos signos adquirían un carácter siniestro. Su escritura estaba anquilosada, presa por reglas ajenas. La representación. La traducción de su experiencia se volvía imposible. Pero los tiempos y el dinero apremiaban. La clave era imperceptible.

Tao Lao y los viajes de la Storni, me recordaron a una de las sesenta y cuatro figuras del I-Ching, el andariego. Dice este antiguo oráculo de Oriente que cuando se juntan el aquietamiento de la tierra y lo llameante del fuego, se constituye LÜ, el andariego, y la condición de viajero y extranjero se impone sobre el ser humano. La figura describe la situación de la persona que no tiene morada fija, que al pisar una ciudad percibe de otro modo la intrascendente vida cotidiana.

¿Qué ocurre cuando Storni, que en su vida había transgredido varios aspectos del deber ser femenino se ocupa de columnas femeninas que, básicamente, fomentan principios tradicionales respecto de la identidad de género? ¿Puede la movilidad de la andariega provocar deslizamientos en el lenguaje? ¿El mundo se percibe diferente desde el verso de un poema o desde el espacio de la columna femenina? ¿Qué otros modos de mirar le aporta el exotismo del nombre propio masculino y oriental? ¿De qué manera interviene en la prosa periodística el hecho de que ella se haya iniciado en la literatura?

Creo que en las crónicas stornianas se usan ciertas estrategias discursivas que quiebran la lógica del verosímil “artículos femeninos” e introducen ciertas ambigüedades sobre las afirmaciones contundentes que caracterizaron a las mujeres de la época. Así es como en los artículos de Alfonsina se desarticulan las reglas del género y se ponen en cuestión determinadas ideas naturalizadas acerca del lugar de las mujeres en la sociedad, debido no sólo al uso de recursos propios de la literatura, sino también a esta singular costumbre de andar que caracterizaba a la escritora.

Para demostrar esta idea, he dedicado el primer tramo del libro a ciertos aspectos puntuales de la vida de la escritora y su participación en el círculo intelectual con el fin de ir delineando un perfil humano que excede, huye o se resiste a lo que se suponía que era una mujer. Sabemos que Storni se destacó como poeta y esto le valió amores y odios. Ahora bien, la crítica literaria, amándola u odiándola, no podía dejar de ver en ella a la mujer que debió ser y no pudo. Profundizaré en dos ejemplos emblemáticos de la crítica literaria que son útiles como bosquejo de la identidad femenina, puntualmente escritora, pero que es coherente con otros discursos como periodístico. Ahora bien, tanto la crítica literaria como el periodismo —del que me ocuparé luego— se nutren de ciertas versiones sobre lo femenino provenientes del discurso científico. Tengamos en cuenta que éste es sin duda el espacio legitimado para decir qué es la mujer, aunque las mujeres encarnadas se resistan, se organicen y luchen contra la marginalización a la que se veían sometidas o simplemente no encajen en esos moldes.
Con la expansión de la imprenta a comienzos de siglo XX y el crecimiento de la población alfabetizada, aparecen numerosos textos que coincidían en tener por referente y lectora a la mujer. Me refiero a folletines, poesías y columnas periodísticas sobre la moda, la maternidad o el noviazgo. Estos últimos, claros antecesores de revistas como Para Ti o Cosmopolitan, forman parte del segundo capítulo en el que explico por qué los denominé artículos femeninos y de qué manera reproducen ciertos supuestos sobre las mujeres presentes en el discurso literario y en el científico. El motivo principal por el que realicé este pequeño rastreo es que me causó una enorme curiosidad el hecho de que Alfonsina, que era una víctima consciente de estos supuestos, se dedicara en dos oportunidades a escribir este tipo de textos.

Storni comenzó escribiendo crónicas femeninas en la revista La Nota. Por eso he dedicado el tercer capítulo a la revista en general, a las diferentes periodistas que escribían artículos femeninos y a la incorporación de Storni, en 1919, en la columna “Feminidades”.
Por último, recorreremos otra columna de la poeta, ahora en el año 1922 y en el diario La Nación. Este cambio provoca un salto cualitativo al que le agregamos el uso del seudónimo, Tao Lao, que introduce un juego desestabilizante con la identidad sexual del narrador ya que lo hace en el espacio discursivo de afirmación de las identidades sexuales dicotómicas. A su vez, se introducen una gran cantidad de personajes femeninos vinculados al ámbito laboral, a los que se describe con ironía y sarcasmo. Entre las trabajadoras, le he dado una especial atención a la costurerita, por la clara intertextualidad con Evaristo Carriego y Roberto Arlt.

Tania Diz