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La revuelta

El verano estaba próximo y el incipiente calor amenazaba a la ciudad con malos olores e intimidaba con la fiebre amarilla. El hacinamiento en las casas volvía más temible a la peste. Rio de Janeiro era un tembladeral. Las brigadas mata-mosquitos, rechazadas por una parte de la población, fumigaban tratando de erradicar las larvas de los vectores, en tanto cientos de edificaciones eran demolidas por insalubres o por el rediseño urbanístico que se había puesto en marcha en 1903.  La intempestiva aparición de la viruela llevó a la aplicación de la ley de vacunación obligatoria. La revuelta popular estalló con una furia incontrolable.

Variolización

¡Cómo he cambiado, ay! ¡Me he convertido en un espectro que me es desconocido! Lamento y dolor de Mary Montagu por la belleza perdida, por las cicatrices que la viruela le dejara en el rostro. Esposa del embajador británico en el Imperio otomano promovió la práctica de la inoculación que aplicó sobre sus propios hijos. Traído desde el oriente, este hábito consistía en la transmisión de material infeccioso obtenido de pacientes con alguna forma leve de viruela. Aunque estadísticamente efectiva, esta costumbre implicaba el riesgo de enfermar para quien era inoculado y de contagio para los demás por lo que debía permanecer aislado. Sin embargo, el procedimiento de escoriar la piel para provocar la infección ayudó a incorporar una nueva forma de acción que, casi dos siglos más tarde, terminaría por erradicar la viruela.

Edward Jenner

Podía no ser el mejor lugar para una carrera prestigiosa, pero la zona rural del condado de Gloucester le permitió a Edward Jenner corroborar la validez de un saber popular, de un conocimiento resguardado en los campos y según el cual las mujeres que trabajaban en el ordeñe quedaban inmunizadas contra la viruela humana. Tras desarrollar pústulas en sus manos por contagio de la forma bovina, las lecheras de la campiña inglesa sabían que no debían temer que las alcanzase la dramática suerte sufrida por Lady Montagu.

James Phipps tenía 8 años cuando, en 1796, Edward Jenner lo inoculó con muestras infecciosas de viruela bovina que le produjeron algunos síntomas ligeros como escalofríos y decaimiento. Poco después, y con la finalidad de saber sobre la efectividad de la inmunización, repitió esta acción sobre el brazo del niño pero ahora con una muestra que portaba viruela humana. James Phipps, para consuelo de su padre  ̶ un hombre sin tierras que como jardinero solía trabajar los campos ajenos ̶ , se mantuvo libre de la temida dolencia.

Poco a poco, y a partir del trabajo publicado en 1798 donde Jenner relataba los resultados de su experiencia con el joven Phipps, la práctica de la vacunación fue imponiéndose aunque distintos sectores sociales lo percibiesen como una actitud autoritaria.

La revuelta

El 11 de noviembre de 1904 estalló la protesta que es conocida como la Revuelta contra la vacuna. Durante una semana en las calles de Río se vivió una guerra civil (1), vehículos volcados e incendiados, luminarias destruidas, negocios con sus frentes rotos, muertos y heridos en las calles. El historiador Sérgio Lamarão describe las razones de lo ocurrido:

“Realizada de manera arbitraria, sin las aclaraciones necesarias a la población, la campaña de la vacunación obligatoria canalizó un creciente descontento popular. Debe entenderse como consecuencia de un proceso intensivo de modernización en tiempo y espacio provocado por la reforma del alcalde (Pereira Passos) y no, como fue considerado por las autoridades, como una reacción explosiva de las masas ignorantes ante el progreso y la innovación”.(2)

Con el tiempo la vacuna antivariólica se impuso como forma eficaz para prevenir la viruela. A finales de la década de 1970 la Organización Mundial de la Salud determinó su erradicación y la inmunización preventiva específica se dejó de realizar. La difteria, el sarampión, la poliomielitis son otras de las tantas enfermedades graves que han sido controladas por la vacunación, aunque es imposible que se eliminen como sucedió con la viruela porque los agentes infecciosos, virales o bacterianos, tienen otros reservorios en la naturaleza además del hombre. Sin embargo, y a pesar de los ejemplos nombrados, el actual movimiento contra la vacunación no solo afirma la ineficacia de esta forma de inmunización sino que, además, le asigna efectos nocivos sobre la salud aunque no se aporten demostraciones ni cuantitativas ni cualitativas que lo avalen.  Cuestión, esta última, que nos lleva a pensar sobre dos problemas. El primero refiere a la necesidad de que el debate público sobre la ciencia esté sostenido en los saberes establecidos como forma de evaluar una determinada acción para reconocer, al mismo tiempo, que promover el no uso de una técnica o la prescindencia de ciertos actos en nombre de riesgos no detectados podría inducir a un mal aun mayor. No vacunarse, según los detractores de esta práctica y más allá de las posibles debilidades de sus argumentos, evitaría ciertos males. Sin embargo, en su propuesta se suele desconocer las dolencias y los dolores que la inacción vacunadora provocaría. El ejemplo cercano de la poliomielitis, a finales de la década de 1950, es muy elocuente. ¿Nos expondríamos a abandonar la administración de la vacuna contra el virus de la polio cuando, tras su introducción, la incidencia de la parálisis infantil disminuyó dramáticamente? El ejemplo elegido no es casual, se optó con intención por un caso complejo que admite algunos cuestionamientos porque el desarrollo de la vacuna fue conflictivo y porque se debate acerca de cuál de las dos formas es conveniente utilizar: si la producida por Albert Sabin o la desarrollada por Jonas  Salk. Lo que esta situación no admite, sin correr un severo riesgo, es la posibilidad de prescindir de la utilización de alguna de estas dos formas de inmunización.

La revuelta en Río de Janeiro arroja luz sobre una segunda cuestión, un tema político, difícil y espinoso. Se asume la importancia de explicar los hechos de la ciencia y la tecnología a la población en general como una acción necesaria en una democracia pero, la más de las veces, se piensa a la población como un objeto devenido en una masa de espectadores que asistiría subyugada a los grandes logros de la ciencia. Al respecto, el médico Javier Peteiro Cartelle nos remite, a través de su propia reflexión, a un debate que, de alguna forma, es heredero de la revuelta de 1904:
               
“No cabe duda de que la Ciencia es admirable. Ha ampliado nuestra mirada sobre el Cosmos y permite que  nos comprendamos mejor a nosotros mismos. Pero esa admiración es la que, si no se somete a control, conduce al cientificismo. En el momento del triunfo, el general romano era acompañado por un esclavo que le sostenía sobre la cabeza la corona de Júpiter Capitolino a la vez que le susurraba reiteradamente ‘Mira a tu alrededor. Recuerda que eres un hombre.’ Muchos científicos y divulgadores de Ciencia necesitarían también oír ese susurro.

(…) La Ciencia ha ampliado la mirada sobre el presente y el pasado, pero no puede hacerlo sobre el futuro por su propia contingencia, porque no sabe a dónde va, aunque sepa de dónde viene. La Historia ha mostrado que la prospectiva científica sirve de muy poco. Si nadie podía imaginar la revolución de Internet, resulta mucho más impredecible lo que vaya a ocurrir con la intervención en el mundo biológico mediante los transgénicos y la Biología sintética o el impacto que tendrá la Nanotecnología en la creación de un nuevo mundo sintético e incluso en su interacción con nuestras propias células. Desde ese contexto de imprevisibilidad puede decirse en sentido genérico que la Ciencia como único referente no es creíble, no puede ser fuente de esperanza, sino solo un instrumento que se nos está yendo de las manos”. (3)

Eduardo Wolovelsky

(1) http://cienciaecultura.bvs.br/scielo.php?pid=S0009-67252003000100032&script=sci_arttext [consultado: 24 de noviembre de 2015]
(2) Idem.
(3) Peteiro Cartelle, Javier, El autoritarismo científico, Málaga, Miguel Gómez ediciones, 2010, pág 173.

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Amotinados
Una reflexión sobre la problemática ambiental

El Bounty

¿Por qué volver a las dificultades de la vida marina y al rigor de las órdenes del Comandante si en aquel sitio habían encontrado un lugar apacible en el cual permanecer? Para los tripulantes la pregunta era inevitable, tanto como la revuelta que finalmente estalló en alta mar. Los hombres del Bounty habían permanecido algunos meses en Tahití y cuando debieron embarcarse muchos lo hicieron de mala gana. El 4 de abril de 1789 el buque zarpó con miles de ejemplares de una particular forma vegetal, el árbol del pan, para ser cultivados en América y servir de esta forma como alimento para los esclavos. Pero semanas más tarde, el 28 de abril, estalló en la cubierta del barco una rebelión, un motín comandado por el primer oficial Fletcher Christian. Los rebeldes se adueñaron del barco y abandonaron al Comandante William Bligh y a 18 tripulantes en un bote a la deriva en el Océano Pacífico. Con el Bounty bajo su mando, Christian y quienes lo acompañaban regresaron a Tahití. Sin embargo, sabían que no les era posible permanecer allí pues la Armada Británica, dado que no podía tolerar este tipo de revueltas, enviaría uno o más barcos para buscarlos, juzgarlos e inevitablemente condenarlos. Christian junto con la tripulación y algunos nativos, entre los que se encontraban tanto hombres como mujeres, se hicieron nuevamente a la mar en el Bounty con la finalidad de encontrar una tierra más segura. Finalmente aquellos marinos británicos divisaron una pequeña isla llamada Pitcairn, y notaron que estaba mal ubicada en los mapas utilizados por la armada inglesa. Este error haría que fuese difícil encontrarlos.

Quemaron el barco para que sus mástiles no pudiesen verse desde lejos y para resistir la tentación de hacerse a la mar en busca de un mejor puerto. Ahora, sus vidas quedaban restringidas a ese pequeño mundo y puede que esta también fuese la suerte de sus hijos y nietos. Pitcairn era una isla deshabitada que, sin embargo, mostraba evidencias de antiguos pobladores, restos de una cultura que prosperó allí. ¿Qué había ocurrido con esos antiguos habitantes de la isla? ¿La habían abandonado? ¿Se habían extinguido por alguna enfermedad o tal vez fueron diezmados por alguna catástrofe natural? La de aquellos  pobladores aborígenes podría ser ahora su misma suerte.

Mangareva y Pitcairn

Pitcairn es una isla muy pequeña no muy prometedora para la vida de los hombres. Aunque había árboles con los que fabricar canoas, era difícil obtener suficientes alimentos. Sin embargo, en su suelo había una buena piedra para fabricar utensilios filosos. Por esta razón algunos de los primeros habitantes de la isla Mangareva, que se encuentra a unos 450 kilómetros de Pitcairn, pudieron haber decidido establecerse allí. Las canoas eran el medio de comunicación que permitía formar una comunidad única habitando ambas islas para aprovechar los materiales y recursos específicos que se podían obtener en cada una de ellas. En Mangareva los habitantes podían cultivar, pescar o recoger mariscos para alimentarse. Esta isla, con un gran lago central, era capaz de sostener a una gran población porque además del alimento tenía árboles suficientes para fabricar las indispensables canoas. Mangareva poseía todo lo necesario para la vida de los polinesios que la habitaron a excepción de una buena piedra para la fabricación de herramientas, la que finalmente encontraron en Pitcairn.

Llegó el tiempo en el que la ligera prosperidad de la vida comenzó a mermar por razón de los cambios ambientales debido a las acciones desarrolladas por los habitantes de las islas. La deforestación se hizo evidente y los terrenos de cultivo mostraron su erosión e incapacidad para dar suficiente alimento. Con la falta de árboles no era posible fabricar un número importante de canoas con lo cual la pesca fue dando cada vez menos sustento a la población y con seguridad los contactos entre las islas se hicieron poco frecuentes hasta desaparecer. La vida en Mangareva se hizo difícil y en Pitcairn, imposible. Por ello cuando los amotinados del Bounty llegaron allí no había ni mujer ni hombre alguno, sólo las mudas evidencias de lo que aquellos primeros habitantes supieron hacer y construir.

El destino de los pobladores polinesios de Mangareva y Pitcairn le formula a nuestro pensamiento preguntas sobre las acciones que provocamos en la isla mayor que habitamos, muy diversa en recursos pero rodeada y aislada por un mar extenso.

Vivimos en un mundo globalizado por el movimiento de la información y los bienes que fluyen a través de un espacio altamente urbanizado y tecnificado pero que, a su vez, está marcado por el drama de la desigualdad y el sueño de un imposible consumo creciente. Es inevitable que toda cultura modifique el ambiente y que lo haga en un sentido que asociamos a la idea de contaminación. Por ello la reflexión a la que estamos obligados no se refiere a la posibilidad de imaginar acciones que no afecten al ambiente en el que coexistimos sino a pensar en cómo lograr que esos cambios, a pesar de sus aspectos degradativos, no sean tales que nos impidan prosperar. Tal vez, cuando los habitantes de Mangareva y Pitcairn percibieron las modificaciones en su ambiente ya era tarde para mejorar la situación. En el mundo actual la investigación y el conocimiento de los efectos de nuestras acciones sobre las otras formas de vida, sobre la atmósfera, sobre el agua y el suelo nos sugieren una guía para saber cómo actuar. Sin embargo, la inequidad, la utilización creciente de los recursos, el poder concentrado en grandes grupos económicos, los duros nacionalismos y la fe religiosa en la resolución tecnológica, entre muchas otras cuestiones, se erigen como difíciles obstáculos para la toma de decisiones por los gobiernos que, a la vez, forman parte de cada una de esas barreras.

El futuro es incierto como lo fue para los amotinados del Bounty cuando decidieron que su suerte no estaba en la seguridad del barco ni en el regreso a Inglaterra. No cabe hoy la ingenuidad de quienes plantean que solo nos espera el mejor de los mundos posibles producido y sostenido por algunas maravillas tecnológicas ni de aquellos que proponen la incompatibilidad futura de la vida humana por la destrucción provocada por esas u otras maravillas técnicas porque ambas perspectivas juegan con la imposibilidad misma del acto político, necesario e inevitable, en el que habrán de dirimirse los eventos que decidirán la suerte de la vida de los hombres y mujeres de las distintas culturas que hoy pueblan el planeta Tierra.

Eduardo Wolovelsky

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Bella fatalidad

Teherán

Ocurrió en la antigua Persia, durante el crepúsculo de un día de verano. Andaba el Señor de la comarca deambulando complaciente por sus dominios cuando lo asaltó uno de sus criados, agotado y jadeante por el espanto y el esfuerzo de la huida.

 ̶ Amo, présteme un caballo para escapar hacia Teherán en busca de refugio. Me ha visitado la muerte y  puede que en la gran ciudad su intención de quitarme la vida sea burlada. Si llego antes de que inicie el nuevo día tal vez el calendario se extienda ante mí dándome una vida larga y próspera.

  ̶ Ve y toma el jamelgo que mejor te cuadre. Monta y galopa tan rápido como puedas. Tal era el afecto que el Señor del lugar le tenía a su joven sirviente.

Taciturno y de regreso a su residencia lo sorprendió la muerte, sentada en el umbral de la puerta, como si estuviese tomando un descanso. Disgustado por lo ocurrido, la increpó con arrogancia por haber asustado a su criado.   

̶ Estimado Señor, debes saber que no era mi intención atemorizarlo como tampoco lo era incomodarte con su queja. Su muerte debía ser rápida, pero me quedé sorprendida al encontrarlo aquí. Se suponía que debía estar en Teherán antes de la medianoche. Te pido disculpas y me despido porque debo partir hacia la capital (1).

Destino

Puede que nuestras vidas estén lacradas con la marca de un destino que nos engaña porque,  cual demonio de Maxwell, mueve las piezas en el juego de la vida para crear un pensamiento que imagina la posibilidad de la libertad, la misma en la que nuestro desdichado personaje cree cuando supone cierta la elección de quedarse o irse, de entregarse o escapar de la muerte, sin saber que su sentencia ya había sido dictada, hiciera lo que hiciese. No sabemos cuán autónomos somos pero, en el mundo moderno donde la ciencia deslumbra, no podemos renunciar a la certeza de la libre elección, por limitada que esta sea, en la forma que lo expresara el genetista Steve Jones al criticar la idea de destino genético sin negar por ello el determinismo al que estamos sometidos:

Algunos tienen la esperanza de colocar la genética en la brecha, de leer el libro de la vida al nacer; no después de morir. Hacerlo es poner en peligro el proceso de justicia y negar a todos, buenos y malos, la libre voluntad. (…) Para que la ley sobreviva debe ignorar la defensa del pecado original, la flaqueza hereditaria (…) (2).

El nuestro es un tiempo de seducción tecnológica, de una fatalidad supuesta que nos promete la mejor de las sociedades posibles y el más digno porvenir por lo cual, no parece deseable la  libertad como forma de la existencia aunque esa falta de aspiración revele la imposibilidad de erradicarla de los sueños humanos. Afiches, eslóganes y otras variadas formas de publicidad colonizan el pensamiento con la promesa de la eternidad edénica, de los tiempos futuros donde podría existir un real mundo feliz (3)regido por el ingenio técnico. Si nuestro personaje en lugar de encontrarse con la muerte en Teherán hallase la suave y placentera calma de la vida paradisíaca, ¿lamentaríamos su falta de libertad? ¿No desearíamos ser gobernados por tan bello destino? Pero el edén tecnológico, por mucho que las consignas propagandistas nos hagan creer en él, es imposible, tal como lo destaca el sociólogo Neil Postman en su escrito “Las 5 advertencias del cambio tecnológico”:

La primera advertencia es que todo cambio tecnológico implica un compromiso. Me gusta denominarlo un trato faustiano. La tecnología da y la tecnología quita. Esto significa que para cualquier ventaja que la tecnología ofrece, siempre existe su correspondiente desventaja. Las desventajas pueden llegar a superar en importancia a las ventajas, o las ventajas pueden perfectamente valer la pena sobre su contrario. Aunque parece una idea bastante obvia, es sorprendente cuanta gente cree que las nuevas tecnologías son como una bendición del cielo. Pensad solo en el entusiasmo con que la mayor parte de la gente abraza su conocimiento sobre ordenadores. Preguntad a cualquiera que sepa algo sobre ordenadores para que hablen sobre ellos, y veréis como de forma descarada e implacable, nos van a alabar las maravillas de los ordenadores. También vais a ver como en la mayor parte de los casos van a obviar una sola mención de las desventajas de los ordenadores. Esto es un peligroso desequilibrio, ya que cuanto mayores son los prodigios de una tecnología dada, también son mayores sus consecuencias negativas.

Pensad en el automóvil, que después de sus muchas ventajas, ha contaminado el aire, atascado nuestras ciudades y degradado la belleza de nuestros parajes naturales. O podríamos pensar en la paradoja de la tecnología médica que nos proporciona prodigiosas curas pero que, al mismo tiempo, es causa demostrada de ciertas enfermedades e incapacidades, y que ha jugado un rol protagonista en la reducción de la capacidad de diagnóstico de los propios médicos. También podemos recordar que después de todos los beneficios sociales e intelectuales que nos ha brindado la imprenta, sus costes fueron igualmente monumentales. La imprenta dotó a Occidente de prosa, pero hizo de la poesía una forma elitista y exótica de comunicación. Nos dio la ciencia inductiva, pero redujo la sensibilidad religiosa a una especie de superstición fantástica. La imprenta nos dio el concepto moderno de nación, pero al hacerlo convirtió al patriotismo en una forma sórdida, sino letal, de emoción. Podríamos decir que la impresión de la Biblia en lenguas vernáculas introdujo la sensación de que Dios era un inglés o un alemán o un francés, es decir, redujo a Dios a las dimensiones de un poderoso señor del lugar.

Quizás la mejor manera de expresarlo sería diciendo que la pregunta, "¿qué va a hacer esta nueva tecnología?" no es más importante que la pregunta, "¿qué va a deshacer esta nueva tecnología?". De hecho, esta última cuestión es más importante, precisamente porque apenas es formulada. Diríamos que una visión más sofisticada del cambio tecnológico debe incluir el escepticismo ante las visiones mesiánicas y utópicas que nos presentan los que no tienen un sentido histórico de los débiles equilibrios sobre los que descansa la cultura. De hecho, si por mí fuera, prohibiría a cualquiera hablar sobre las tecnologías de la información a no ser que la persona pudiera demostrar que conoce algo sobre los efectos sociales y físicos que causaron la invención del alfabeto, del reloj mecánico, de la imprenta y del telégrafo. En otras palabras, que sepa algo sobre los costes de las grandes tecnologías.

Primera advertencia, es pues, que la cultura paga un precio por la tecnología que incorpora. (Subrayado mío) (4).

Se insiste en que el futuro perpetuo imaginado y prometido como bella fatalidad, no debería ser cuestionado, porque no está en nuestras manos cambiarlo y porque no deberíamos desearlo, al fin y al cabo nos están prometiendo el mejor de los mundos posibles. Pero las utopías tecnológicas solo pueden derivar en dolorosas distopías como la  que narrara  Aldous Huxley o la relatada por George Orwell en 1984 donde O`Brien, miembro del partido, afirma:

Nuestros neurólogos trabajan en ello. (…) No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo.

No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, imagínate una bota aplastando un rostro humano... para siempre (5).

Tal vez, y solo tal vez, podamos, por seductores que sean nuestros logros y por poderosas que sean las estrategias publicitarias y el espectáculo montado, apreciar con austeridad los valiosos beneficios que nos puede proveer la técnica sin estar, al mismo tiempo, obligados a inclinarnos ante la riesgosa ilusión de la salvación instrumental. Puede que, entonces, seamos capaces de transformar el desarrollo tecnológico en una condición que nos provea algo más de justicia, un poco más de gozo, y de ser posible, dolores menos intensos a pesar de los nuevos y difíciles problemas que habremos de enfrentar.

Eduardo Wolovelsky

(1) Inspirado en el relato narrado por Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de sentido.

(2) Jones, Steve. En la sangre. Dios, los genes y el destino, Madrid, Alianza, p. 247.

(3) En referencia a la novela distópica Un mundo feliz de Aldous Huxley.

(4) Postman, Neil. “Las 5 advertencias del cambio tecnológico”, http://www.globalizacion.org/desarrollo/PostmanCambioTecnologico.htm[consultado 24 de agosto de 2015].

(5) Orwell, George, (1948), 1984, Barcelona, Salvat, 1980, p. 129.

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Fines y medios

Ingenio humano
Sería un espectáculo único, una función extraordinaria, un suceso singular que hombre alguno jamás había presenciado. Aquello que habría de ocurrir bajo la atenta mirada de mil quinientas personas, sólo era posible,
no por un acto propio de la naturaleza, sino por la inspiración del ingenio humano que, sin límite, sabría además dejar registro de lo hecho por falsa compasión.


Corrientes
Entre los personajes que se transmutarán en mitológicos habitantes de la imaginación moderna, Thomas silla
Alva Edison, ocupa un lugar destacado. Concebido como incuestionable titán de la invención, las complejas contradicciones de sus acciones se sue-len olvidar. Su primer desarrollo técnico fue un fracaso, pero la lámpara in-candescente que perfeccionó llevó su pensamiento hacia los teatros, las casas, y las plazas para otorgarles
la luz que la noche les negaba, trans-formando las ciudades en grandes circuitos eléctricos. Creó la compañía General Electric, entre otras razones, para desarrollar la infraestructura que generaría la electricidad y la distribuiría a cada uno de los puntos de con-sumo. Las centrales eléctricas generadoras debían estar cerca de los sititos donde la electricidad era requerida porque el sistema de Edison utilizaba, lo que se conoce como corriente continua, presentaba la desventaja de una baja eficiencia en la transmisión con pérdida de energía en forma de calor. Como tantas otras veces, era posible pensar que este y otros problemas, como el aisla-miento de los cables, se irían resolviendo con el desarrollo tecnológico. Edison tuvo la llave en sus manos para la solución al problema de la transmisión, sin embargo su visión de dominante empresario le impidió aprove charla, porque el maltrato sobre Nikola Tesla, obligó a este ingeniero de origen serbio a abandonar la compañía de Edison para trabajar en la empresa fundada por George Westinghouse. Será Tesla quien con sus desarrollos técnicos posibilitará la generación y distribución de electricidad bajo la forma conocida como corriente alterna: las ventajas eran muy claras, porque de esta forma se podía transmitir la electricidad a grandes distancias con perdidas muy bajas de energía y además era posible utilizar cables de menor grosor que el necesario para la corriente continua, lo cual implicaba un ahorro en la cantidad de cobre necesario para montar las redes de distribución. Comenzaba lo que la prensa llamó La guerra de las corrientes.

Ideología cruel, pero fundamento de muchos triunfos empresariales, Edison no dudó en adherir a aquel dicho que descuartiza todo compromiso ético: el fin justifica los medios. Imponer la corriente continua sobre la alterna como forma de generar y distribuir la electricidad era el fin, la muerte de animales y humanos por electrocución definía el medio. Edison tenía una sola oportunidad contra las ventajas técnicas y económicas de la corriente alterna y era mostrarla como peligrosa. En 1888, el propio Edisón declaró al diario Brooklyn Citizen:

Realicé muchos experimentos aplicando corriente eléctrica a perros. Fue divertido. En un comienzo utilizamos corriente directa. Después de que la electricidad era descargada en el perro, el animal permanecía impávido.
No se movía y sus ojos poseían la misma expresión de siempre. Poco después de un minuto o minuto y medio, comenzaba a colapsarse, a contorsionarse hasta que moría. Finalmente empleamos corriente alterna (…) Y nos dimos cuenta que esta descarga de una décima de segundo era la que mataba al perro.


Pero este paso llevaba el hecho hacia las personas y por ello no dudó en afirmar en el mismo reportaje que las ejecuciones eléctricas eran “una buena idea. La persona moriría con una corriente cuyo voltaje actuaría en una décima de segundo”. En enero de 1889 entró en vigor la ley de ejecución por electrocución y en mayo de ese año William Kemmler, condenado a la pena capital fue muerto por el invento de la compañía de Edison, la silla eléctrica, que funcionaba con corriente alterna. Con el tiempo muchos habrían de morir bajo el golpe de esta creación técnica que se pretendía una forma de matar sin sufrimiento, como si la cuestión fuese el dolor y no
el hecho de que la pena de muerte es un asesinato intencional pero realizado bajo el amparo de la ley. Por electrocución morirán Sacco y Vanzetti, dos militantes políticos de origen italiano acusados falsamente de robo
y homicidio. También lo harían, tiempo más tarde, en el marco de la Guerra fría y las batallas en Corea, Julius y Ethel Rosembreg, culpados de espionaje a favor de la Unión Soviética. Fueron electrocutados en 1953 en el ingenio cuyo pasmo sobrevivió a las razones de su origen y que nos obliga  a reflexionar acerca del control
que tenemos sobre nuestras invenciones.

Triunfo
Habían transcurrido cuatro siglos desde la llegada de Colón a América y dado que a fines del siglo XIX aquel hecho se veía como un acto civilizatorio hacia los pueblos no europeos, como un triunfo de la técnica, se planificó como celebración la Exposición Universal de Chicago, que además estaría iluminada mostrando los logros de la electricidad. El alumbrado le fue adjudicado a la compañía de Westinghouse porque los costos de toda la instalación y el funcionamiento a través de la corriente alterna fueron muy inferiores a los que propusiera Edison. Fue un hecho irreversible que selló la suerte de la corriente continua. Pero las buenas razones para adoptar la corriente alterna no significaron la solución del conflicto y en 1903 se montó aquella representación, aquel acto único en el que mil quinientos espectadores podrían ver de forma directa como se electrocutaba a un elefante con una descarga de más de seis mil voltios de corriente alterna, en tanto otros podrían “asistir” a la ejecución de Topsy [1]  a través de a las funciones en las que se proyectaba la breve filmación donde el animal moría electrocutado. La filmación ofrecía posibilidades de publicidad jamás imaginadas con anterioridad.

En algún momento de toda esta historia Edison afirmó: “se oprime un botón, se cierra el circuito y se acabó”, sentencia que debería hacernos reflexionar sobre el riesgo de la soberbia técnica y la discusión permanente sobre el significado de nuestros logros tecnológicos.

Eduardo Wolovelsky


[1] https://www.youtube.com/watch?v=NoKi4coyFw0

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Ni una menos
[1]

La fortaleza de una plaza abarrotada de manifestantes, el valor de una consigna decisiva y el aliento de un acuerdo que parece unánime no evitan, empero, que la protesta se debilite, que mengüe en su valor porque hay palabras e imágenes que no se critican, que se aceptan sin más porque son enunciadas desde una biología pensada como incuestionable ciencia.

Desde la biología
Lo antedicho me obliga a considerar, en primer término, una obra [2] que se declama posicionada contra el “machismo” pero en donde, dadas las frases y los enunciados que la constituyen, se advierten formas de banalización y de naturalización de graves crímenes cometidos contra las mujeres. El acto liberador que el autor pretende y manifiesta en los primeros párrafos de su trabajo cae empujado por el áspero cientificismo del escrito. Más allá de los buenos deseos exteriorizados, los férreos predicados que se dicen sobre la mujer  la subsumen en una cruel e injusta condición tal como queda expresado en la siguiente selección de textos sobre la violación y la prostitución:
           
Sobre la naturalización y la banalización de la violación:

"Lector, te dejo como tarea para el hogar imaginarte como se masturbará un escarabajo. Y si las violaciones de las mujeres te repelen e indignan, piensa que algunos insectos tienen un “pene” cual aguja hipodérmica, que perfora la pared del abdomen de la hembra y le vuelca su esperma." (pág. 287)

Sobre la naturalización de la prostitución:

"Si definimos prostitución como prestarse a copular sin intención de reproducirse ni gozar sino de obtener un beneficio ajeno a ella démonos por enterados de que la hembra del picaflor de garganta púrpura (Eulampis jugularis) puede copular sin estar en celo, es decir con la seguridad de que no habrá de traer picaflorcitos al mundo, sino lograr que el macho le permita alimentarse de su comida o aprovechar su nido, o tener acceso a su territorio." (págs. 239-240)
           
Sobre la banalización de la prostitución:

"Hoy se llega a violentar el suelo y a todos los seres vivos (microorganismos, lombrices, ácaros) que habitan en él, mediante el uso de plantas transgénicas y los así llamados fertilizantes artificiales que, es cierto, por un tiempo hacen rendir al suelo más granos por hectárea, pero cuyos efectos a largo plazo son deletéreos. Hay agrónomos y genetistas que comparan estas prácticas no sólo con la prostitución, sino con obligar a las prostitutas a que usen estimulantes para mantenerse despiertas y rendir más. Por otra parte, se trata de una verdadera guerra contra los cultivos tradicionales que venían practicando los aborígenes y sus descendientes campesinos. Así las cosas, abundan también los terrenos deforestados y quemados por los fertilizantes artificiales. Pero lo gobiernos siguen ensalzando, premiando y financiando a los proxenetas de la naturaleza." (pág. 260)

En otro libro [3], más austero en tanto no pretende ser portavoz de un traicionado ideal libertario, se opta por explicar el origen de ciertos y significativos aspectos de la conducta social humana como hechos derivados de la selección natural: Entre los comportamientos analizados se encuentran supuestas pautas que serían definitorias de una cierta condición de vasallaje para la mujer.

En el intento por dar una argumentación de carácter darwinista con relación al cuidado parental se afirma que:

"La psicología evolucionista (no confundir con la psicología evolutiva, que estudia los cambios que se dan en nuestro cerebro conforme crecemos, desde el útero hasta la vejez)  parte del hecho de que el Homo sapiens es un primate, y por tanto, un animal y, como todo ser viviente, su cuerpo –cerebro y comportamientos incluidos– presenta ciertas adaptaciones que, por selección natural le han permitido sobrevivir y reproducirse o, por lo menos, sobrevivir lo suficiente para llegar a reproducirse.

En consecuencia si uno observa que, a la menor oportunidad, los hombres se ponen en plan califa y forman harenes –vivan en Arabia o en la Patagonia–, y luego compara este comportamiento con otras especies y encuentra que, siempre que hay machos alfa, dominantes –trátese de babuinos o de morsas-, se rodean de harenes de hembras, no podemos menos que concluir, y no hace falta ser un Charles Darwin para hacerlo, que alguna ventaja biológica deben tener estos gineceos para un macho –humano o de otra especie-."(págs., 73-74)

Cientificismo
Las citas precedentes nos advierten sobre los riesgos implícitos en la sacralización de los discursos que se legitiman desde saberes científicos. Bajo la idealización cientificista, la ciencia se constituye en un eficaz escudo protector en la defensa de tradiciones arbitrarias o de injustas estructuras de poder porque, en función de ciertos imaginarios, esa defensa se estaría haciendo, no desde un posicionamiento subjetivo, sino desde la más dura realidad y en nombre de una indubitable objetividad. En los últimos años se han convalidado en libros y otras formas de expresión de divulgación científica –sin resistencia social alguna–, afirmaciones que condenan moralmente a la homosexualidad o habilitan el avasallamiento corporal de las mujeres jóvenes, tal como lo ejemplificamos, o justifican que ellas ganen menos que los varones por el mismo trabajo [4].

Eduardo Wolovelsky

[1] Bajo la consigna #Ni una menos, el 3 de junio se realizaron marchas masivas contra el femicidio en diferentes ciudades y plazas de la Argentina.

[2] Cereijido, Marcelino. Hacia una teoría sobre los hijos de puta. Un acercamiento científico a la maldad. Buenos Aires, Tusquets, 2008. 

[3] Plata Rosas, Luis Javier. El teorema del patito feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas, Buenos Aires, Siglo veintiuno editores, 2013.

[4] Browne, Kingsley. Trabajas distintos. Una aproximación evolutiva a las mujeres en el trabajo, Barcelona, Crítica, 2000.

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El ojo de Alá

“Debe tener buena visión, de mente abierta, gran conocedor de la anatomía del ojo y de la teoría de la visión. No puede tener temblores en las manos. Debe realizar la operación con coraje, sin miedo al realizar la perforación con la aguja, sin titubeos. No debe estar ansioso para realizar la operación y debe escoger el mejor momento para llevarla a cabo”. Tal era la recomendación que Ali Ibn Isa, médico árabe del siglo X, redactó para los galenos decididos a practicar en su época la operación de cataratas, una enfermedad ocular que obliga a la ceguera. Conocido por su apodo Al Kahal –el oculista–, su escrito refleja no sólo el amplio desarrollo del arte de curar en el mundo árabe medieval sino que, además, pone de manifiesto el conocimiento que allí se tenía sobre los principios fundamentales de las leyes que rigen el paso de la luz a través de las lentes.

Quitar el cristalino para que no interfiera con el recorrido de la radiación lumínica hacia la retina era una idea audaz, tanto por razones quirúrgicas como por cuestiones ópticas. Era un temerario acto técnico alejado de la audacia irreflexiva de la magia porque se realizaba bajo el fundamento y las contingencias de un conocimiento guiado por la razón y la experiencia, el mismo que también nos legó las lupas y los anteojos.

Mundos microscópicos

En un notable relato titulado El ojo de Alá [1], el escritor británico Rudyard Kipling, narra la odisea de unos monjes de Oxford preocupados por conseguir ciertos tintes con los que le suelen dar brillo a los escritos que realizan en elscriptorium del monasterio. Los frailes viajan  al mundo árabe, a Granada, en la España morisca, con la finalidad de obtenerlos. Cuando regresan a Inglaterra, no sólo portan los anhelados colorantes, traen también un objeto que lleva un elemento translucido, circular y extraño en su aspecto y que tiene la particularidad de revelar universos fantásticos, en una muestra del suave rocío, en la textura de un pergamino o en la discontinuidad del trazo de las letras. Un objeto bello y enigmático capaz de mostrar una naturaleza distinta de la que nuestros ojos son capaces de percibir.

Los monjes observan una gota de agua bajo los efectos de la lente. Extasiado uno de ellos exclama: “es un mundo nuevo…un mundo nuevo…”.Pero, ¿no representa un riesgo ver aquello que nuestra naturaleza no nos permite? ¿Qué peligros se ocultan tras las técnicas que nos conceden la posibilidad de ir más allá de lo que nuestra biología nos habilita? ¿Qué conocimientos y excepcionales perspectivas perderíamos si no nos arriesgamos a ese mundo nuevo que nos legara Prometeo cuando nos entregó el fuego robado a los dioses?

Desmontó el cilindro de metal, lo puso sobre la mesa y, con la empuñadura de la daga, aplastó uno de los cristales hasta reducirlo a un polvo centellante que recogió en el hueco de su mano, arrojándolo luego al fondo del hogar”. La destrucción de la lupa, según el relato de Kipling, no es un acto oscurantista negador del saber. Pudo haber sido una decisión errada pero que, sin embargo, parece legítima: los motivos que la determinaron son parte de un dramático dilema que aún hoy nos interpela. En el lenguaje del mundo medieval, el abad lo expresa con innegable virtud: “–pareciera –dijo– que la elección es entre dos pecados. Negarle al mundo una luz que está en nuestras manos o iluminar al mundo antes de tiempo”Podemos formular esta pregunta de manera distinta, en un lenguaje acorde a nuestra época. Con la misma intensidad con la que el monje emitiera su sentencia como si fuese un ruego, nos interrogamos nosotros; ¿quién puede decidir por el momento apropiado para que un conocimiento o una forma tecnológica prosperen?, ¿acaso tal decisión es posible?, ¿hay una clase de hombres particularmente sabios y eruditos para tomar tales determinaciones o sucede bajo la práctica definida por la acción de millones de anónimas personas? Desechamos la primera posibilidad por su carácter aristocrático pero debemos ser cautos con lo segundo porque se imagina como un hecho democrático e impulsor del bien común aunque podría no serlo.

Ruego

Lejos del mundo medieval, en una sociedad humana que vive en la virtualidad del tiempo y del espacio, ocurre un drama particular, una distopía sostenida en la ilusión de la perfección corporal. En ese singular universo, el conocimiento tecnocientífico desarrollado por las industrias Sarif  ha logrado producir una serie de aumentos, prótesis sensoriales o motoras –ojos, piernas o brazos–, que no solo restituyen una función perdida sino que agregan nuevas posibilidades de percepción, de fuerza o destreza, muy alejadas de lo que nuestra naturaleza biológica común nos permite. Pero, más allá de las promesas publicitarias, la creación de hombres transhumanos genera violentas protestas guiadas por la siguiente declaración: “integrar la tecnología con la evolución humana parece un producto muy interesante, te permite ser alguien mejor. Pero, en realidad, no es cierto”.

En una entrevista televisiva, el profesor Hastings, autor del libro Augmented Reality, sostiene que el de Sarif es un“negocio impulsado por el miedo porque si no se mejora el cuerpo, si no se usan estos aumentos entonces se podrá ser menos inteligente, menos competente, menos fuerte, que el resto de la raza humana.(…) Llevamos varias décadas integrándonos con la tecnología, cambiando miembros dañados por prótesis mecánicas, implantándonos chips de datos en el cuerpo que envían una enorme cantidad de información a los gobiernos  y corporaciones en todo el mundo”En el mismo informe se advierte sobre la industria Sarif  y sobre la incapacidad de quienes allí investigan para pensar las consecuencias de su trabajo porque “te animan de forma activa a cambiar partes totalmente sanas de tu cuerpo por aumentos mejorados”.

La caída de Ícaro

Lo relatado hasta aquí es parte de Deus ExHuman Revolution, un video juego, un acto de ficción que empuja al pensamiento, que impulsa la imaginación para trastocar  lo creado  en la pantalla en una realidad posible.

Restaurar la visión, la audición o la movilidad perdidas son logros que debemos procurar, esta es una de las perspectivas más nobles de la tecnología. Pero cuando el alivio del dolor, el regreso de la audición o la restitución del movimiento muscular son reemplazados por la ilusión de la perfección, por la seducción de acercar nuestro cuerpo al Olimpo de los dioses, entonces esa tecnología no merece admiración por muy eficazmente que nos conduzca por el camino de la desesperación. Inevitablemente nos hará caer desde una quimérica altura, tal como le sucediera a Ícaro. Las riesgosas palabras de Santiago Bilinkis en su conferencia El futuro del futuro [2], donde sostiene que nos cortaremos las piernas para reemplazarlas por prótesis más eficaces, nos  obligan a recuperar el espíritu de lo dicho por Ali ibn Isa y a considerar una vez más lo expresado por un ficticio hombre del medioevo: “pareciera que la elección es entre dos pecados. Negarle al mundo una luz que está en nuestras manos o iluminar al mundo antes de tiempo”.

Eduardo Wolovelsky



[1]- Kipling, Rudyard,(1926), El ojo de Alá y otros cuentos, Buenos Aires, Claridad, 1996
[2] http://bilinkis.com/2011/07/video-de-la-charla-el-futuro-del-futuro-en-el-planetario/
[Consulta: 27de mayo de 2015]. 

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Arte “y” Ciencia

La ciencia se esfuerza ciertamente en describir la naturaleza y distinguir el sueño de la realidad, pero no hay que olvidar que los seres humanos tienen tanta necesidad de sueños como de realidades

François Jacob

Clavada en la inconmovible piedra que constituye su fortaleza, la especialización del mundo moderno despliega su poder técnico sobre la vida de los propios hombres que, temerosos, la cuestionan al tiempo que la veneran. Intentarán orientar su poder pero lo harán alimentando el corazón que le da vida con un nuevo experto, aquel que se armará con la conjunción “y” para ofrecernos el espejismo de una falaz perspectiva integradora, donde lo uno se subordina a lo otro.

La expresión artística y la actividad científica son distintas y por ello la unión que pretende diluir las fronteras que las definen no puede ser más que un confuso acto. Es posible que con ello se intente dar un barniz humanista con el que conjurar las heridas abiertas por la razón técnica durante el siglo XX, sin embargo las agrava. Porque esa síntesis se decide y constituye desde el predominio de una expresión particular, aquella que ofrece herramientas instrumentales eficaces a las fuerzas dominantes del mercado y a la ilusión de un saber que confunde objetividad con realidad en sí.

Carl Djerassi ejemplifica lo que aquí decimos. Químico nacido en Austria, desarrolló su carrera en los Estados Unidos donde patentó junto a otros investigadores el principio activo del primer anticonceptivo oral. Escribió novelas y obras de teatro en un género literario que denominó ciencia en ficción y que lo llevó a definirse como contrabandista intelectual de la siguiente forma:

“…si uno realmente quiere usar la ficción para introducir de contrabando hechos científicos en la conciencia de un público científicamente analfabeto –y yo creo que ese contrabando es intelectual y socialmente beneficioso–, entonces es fundamental que los hechos se describan con precisión. De lo contrario, ¿cómo puede el lector no formado científicamente saber qué forma parte del entretenimiento y qué se le explica en aras del conocimiento objetivo?”  [1]

El arte se convierte aquí en trampa estética porque su función es imponer un saber que se juzga incuestionable y valioso en sí mismo por ser imaginado como la expresión última de la realidad. De esta forma, la creación artística enmudece la emoción porque se ha transformado en medio, en herramienta, en un fantasma que habita las tierras del engaño. Ciencia y literatura, ciencia y cine, ciencia y pintura, son expresiones que por lo general someten a la literatura, al cine, a la pintura.

El arte como la ciencia son actos que iluminan la vida humana desde diferentes perspectivas. Su fusión no se puede lograr sin ejercer un acto violento que destruya sus identidades. Si bien no son lo mismo, ni uno se subordina al otro, tampoco son independientes, forman parte de un paisaje único. En un mismo espacio y en un mismo tiempo se complementan en múltiples sensaciones, en particulares miradas del pensamiento sabiendo que a cada una de ellas le caben diferentes incumbencias y responsabilidades.

La especialización es un reflejo de la complejidad de los logros humanos y por ello es una condición inevitable del mundo moderno. Pero su filo creador, como el de Excalibur, debe ser liberado de la piedra que lo aprisiona y para ello debemos renunciar a la construcción de falsas pero seductoras síntesis que lejos de revelar el valor de la diversidad de las acciones humanas y la construcción colectiva, subsumen unas cuestiones a otras. Debemos, además, asumir que los expertos sólo lo son en un aspecto particular de la creación humana impidiendo así que un embustero “y” nos oculte el valor del conocimiento, la belleza, los sueños y las esperanzas.

EduardoWolovelsky

[1] <http://metode.cat/es/revistas/monografics/afinidades-electivas/la-historia-de-lobra-teatral-oxigen> [consulta 12 de mayo de 2015]

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Centenario
Sobre el genocidio armenio

Es el 22 de abril de 1915 y una suave brisa sopla en las cercanías de Ypres. De forma repentina, y sin que el clima lo anuncie, el cielo se oscurece por el avance de una densa nube que, en su intensidad, termina por difuminar la totalidad del paisaje. En la trinchera alemana han abierto las válvulas de unos seis mil cilindros que contienen gas cloro. No es la hostilidad del clima lo que configura la fisonomía del terreno, es el ingenio del pensamiento humano que inicia la guerra química moderna. Dos días más tarde, en una ciudad muy alejada del frente occidental, cientos de armenios son detenidos. Este suceso ocurrido en Estambul (en aquel tiempo, Constantinopla) marcará el inicio de un proceso de deportación y marchas forzadas de hombres, mujeres y niños. Más de un millón y medio de ellos morirán sumidos en el hambre, sometidos a la reducción de su condición humana como parte de una política de exterminio decidida por el gobierno del agonizante imperio otomano.

Centenario

El ritual del tiempo secular obliga a la memoria y da una oportunidad para la reflexión, sin embargo debemos ser conscientes del riesgo que porta esta liturgia dado que puede constituirse en acto único y particular proclamando un justo compromiso con las víctimas pero cerrando la posibilidad misma del pensamiento permanente. Este año habrá más movimiento, más voces, más imágenes, reclamando por el reconocimiento del genocidio contra los armenios. ¿Significarán esas manifestaciones la posibilidad de entender, más allá del mundo académico, las razones por las cuales el siglo XX estuvo surcado por tantos genocidios? ¿Qué representan estos recuerdos en un presente donde se reclama por una imposible justicia dado que los responsables ya han muerto? El reconocimiento por parte del Estado Turco de que las deportaciones de hombres, mujeres y niños armenios sometidos a violaciones, al hambre y a la imposibilidad de toda esperanza fue un genocidio es un hecho que debe ser, porque es un acto necesario y justo pero que no implicará justicia.

El genocidio contra los armenios impregna nuestra conciencia de manera significativa porque el compromiso político de muchos y diversos actores a lo largo de décadas lo han rescatado del olvido para sostenerlo como un imperativo del saber, como hecho trágico que nos constituye. Sin embargo, debemos preguntarnos por los significados que este recuerdo conlleva porque ellos ni son evidentes ni están dados. Como nos advierte Todorov:

Nuestra relación con el tiempo ha evolucionado, indiscutiblemente. Terminó la sociedad tradicional, con su población estable y sedentaria, y los ritos bien establecidos, que se repetían con seguridad de un año a otro. A nuestro alrededor todo cambia, es preciso adquirir sin cesar nuevas informaciones; la preservación del pasado está amenazada. Y hoy se prefiere ignorar el paso del tiempo: nuestra imaginación querría situarse en un presente perpetuo, donde no hay lugar para las edades de transición, infancia y vejez, sin hablar de la muerte, oculta en los sectores reservados del hospital.

Frente a esta agresión contra su identidad –pues lo es–, frente a esta amputación, el individuo moderno intenta defenderse. Todo ocurre como si descubriera, con espanto, el curso cada vez más acelerado del tiempo, la desaparición cada vez más rápida del pasado, e intenta hacer cualquier cosa para frenar estas tendencias. Pero el remedio acaba planteando a su vez problemas. Se responde con conmemoraciones a la destrucción del marco tradicional, nos agarramos a la singularidad de los propios recuerdos o, en otro caso, se malogra el pasado transformándolo en clave universal, que al parecer debe explicar el presente. ¿Sabremos escapar de esta atracción por unos contrarios tan poco deseables el uno como el otro? ¿Sabremos aceptar tanto el paso del tiempo como la necesidad de vivir en el presente, reconociendo que ese presente está hecho, también, de pasado, tanto en su sustancia como en sus valores? [1]

Actos de memoria

No hay justificación alguna al ataque con gas realizado por las fuerzas alemanas el 22 de abril en el frente occidental y por ello la condena que recibiera el químico Fritz Haber, comandante de la brigada del gas, cuando fuera considerado criminal de guerra. Sin embargo, el escritor Rudolf Binding nos advierte sobre el límite de este juicio en la siguiente descripción de aquel ataque:

Los efectos del certero ataque con gas fueron horribles. No puedo sentir complacencia alguna con el envenenamiento de seres humanos. Por supuesto, en principio el mundo entero protestará encolerizado para después imitarnos. Todos los muertos yacen sobre sus espaldas, con los puños cerrados, todo el campo es amarillo. Dicen que Ypres debe caer ahora.

Uno puede verla arder pero no sin sentir una punzada por la bella ciudad. Langemark es un montón de basura y todos los montones de basura se parecen, no hay sentido en la descripción de alguno de ellos. Todo lo que queda de la iglesia es la puerta de entrada con la fecha “1620” (subrayado mío).[2]

Esta reflexión, precisa y sin ambages, nos previene sobre la capacidad para condenar el crimen ajeno al tiempo que lo repetimos bajo nuestra propia acción. Los actos de la memoria, necesarios e inapelables prima facie, tienen formas muy distintas y algunos de ellos, como paradoja que los constituye, pueden condenar antiguos crímenes para permitirlos en el presente. Regresemos, pues, al pensamiento de Todorov:

Nos gusta reivindicar la “memoria”; sin embargo, nuestras conductas no son mucho más prudentes que las de nuestros antepasados. Estigmatizamos el racismo o la violencia de los demás, de nuestros vecinos o nuestros abuelos, lo que no nos impide alimentar los nuestros: no se aprende demasiado de los errores de los demás. Juzgamos con severidad su ignorancia o la facilidad con la que se dejaron engañar por la propaganda; pero hacemos otro tanto, al considerar habas contadas las declaraciones de nuestros presidentes y primeros ministros, repetidas complacientemente por los omnipresentes medios de comunicación.[3]

Si aspiramos a un tiempo actual con mayor justicia, y no para un grupo particular, es imprescindible comprender que esto no puede hacerse sobre la negación de ninguno de los genocidios que han marcado nuestra historia reciente –cuestión particularmente relevante cuando nos referimos al sufrido por el pueblo armenio–, sabiendo que cada uno de ellos tiene particularidades y razones que debemos esforzarnos en comprender.

El genocidio liderado por el movimiento de los jóvenes turcos, ocurrido a partir de 1915, reclama por un lúcido ejercicio de la memoria. Debemos comprometernos con la silenciosa voz de las víctimas para oponernos a cualquier perspectiva de dominio y destrucción de quien es otro, pero debemos hacerlo sin suponer que por esa actitud somos representantes del bien. No debemos olvidar que uno de los mayores legados del ejercicio de la memoria sobre el genocidio de hombres mujeres y niños desvalidos frente al poder de un Estado es la advertencia de Vasili Grossman: “donde se levanta el alba del bien, niños y ancianos perecen, corre la sangre”.

Eduardo Wolovelsky

[1] Todorov, Tzvetan., Memoria del mal, tentación, del bien, Barcelona, Península, 2003, p. 364

[2] Binding, Rudolf G., A fatalist at war, Houghton Mifflin, Boston, 1929, p. 64. 

[3] Todorov, Tzvetan, Memoria del mal, tentación del bien, pp. 363-364

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Decreto
Sobre la libertad de culto y los límites de la ciencia

Las palabras tienen pulso propio, viven y permanecen para decir lo que el esforzado pensamiento se propone ocultar. Sean bellas o provocativas, hayan sido pensadas, analizadas y sopesadas una y otra vez se rebelan contra el autor que las delineó para negarle la posibilidad del engaño.

“El niño por nacer”

Que la vida, el mayor de los dones, tiene un valor inviolable y una dignidad irrepetible. Que el derecho a la vida no es una cuestión de ideología, ni de religión, sino una emanación de la naturaleza humana. (1) Estos dichos, que forman parte del decreto 1406/98 por el cual se declaró el 25 de marzo como "Día del Niño por Nacer", carecen de la grandeza ética que pretenden y que imaginan lograda. En la forma de enunciar y reconocer el “valor de la vida” ocultan y  niegan las biografías particulares volviendo invisibles a las mujeres que en el contexto de la historia transitan el escarpado camino del tiempo. Lo dicho en el decreto porta una falso humanismo porque la vida que se valora es la del corazón que late y la del pulmón que se expande. La vida es solo eso, órganos y tejidos. En este candado biológico de vísceras se cierra toda reflexión y solo quedan sentencias como la que afirma “que el derecho a la vida es una emanación de la naturaleza humana”, a la cual no se le puede otorgar legalidad alguna desde el más elemental ejercicio de la razón porque es solo un particular acto de fe, lo mismo que predicar  “especialmente en su etapa prenatal, el niño es un ser de extrema fragilidad e indefensión (...)”. Stephen Jay Gould aborda esta última cuestión, la del estatus ontológico de “niño prenatal” en su artículo “Vivir interconectado” en el cual se pregunta, como se hiciera en el siglo XIX, si Ritta-Christina Parodi en su condición siamés son una o dos personas, concluyendo con un razonamiento sobre el aborto que el decreto intenta condenar sin más. Su reflexión se resume en el siguiente texto:

Habitamos un mundo complejo. Algunas fronteras son nítidas y permiten unas distinciones claras y definidas. Pero la naturaleza también incluye continuos que no pueden parcelarse pulcramente en dos montones de “síes” y “noes” unívocos. Los biólogos han rechazado como erróneos por principio, todos los intentos de los antiabortistas por definir inequívocamente un “comienzo de la vida humana” porque todos sabemos perfectamente que la secuencia que va desde la ovulación y la espermatogénesis hasta el nacimiento, es un continuo sin interrupciones (…). Nuestros congresistas pueden crear una ficción legal a efectos estatutarios pero no pueden recabar el apoyo de la biología.(2)

El juicio que se expone a  continuación sintetiza los riesgos del escrito gubernamental para la libertad de culto y para la coherencia de la ley cuando intenta clausurar todo debate sobre la despenalización del aborto bajo argumentos biologicistas o bajo perspectivas dogmáticas sostenidas en actos que se posicionan contra la razón:

La libertad de culto obliga a que cualquier perspectiva religiosa sea considerada legítima únicamente para el mundo particular de la comunidad de creyentes y que por lo tanto no podrá ser fundamento de leyes o de acciones políticas de los gobiernos, tal como ocurre en el decreto1406/98 donde se condena al aborto bajo la presión del poder religioso. Tan evidente es esto que las consideraciones que allí se realizan entran en contradicción con la definición legal de la muerte humana que actualmente se sostiene en el registro de la ausencia de ciertos parámetros de actividad cerebral, lo cual hace posible, por ejemplo, el trasplante de órganos. Si el Estado se opone a la despenalización del aborto en nombre de la humanidad del embrión −incluso cuando ni siquiera hay diferenciación celular−, entonces debería oponerse al trasplante de órganos, porque no se debería definir la muerte humana a partir de cierta ausencia de actividad cerebral y por lo tanto se impone hacerlo a través de un criterio más amplio que involucre a la muerte de los otros órganos. ¿En nombre de qué razón o acto de fe esto último sería aceptable?(3) (modificado por el autor)

Riesgos

El pensamiento no debe someterse a ninguna doctrina, a ningún mandato provenga este de un fundamento religioso o provenga de alguna forma de autoritarismo científico. Tan riesgoso es para una perspectiva democrática profunda, para nuestra sociedad, que el Estado imponga una práctica basada en un culto particular, tal como ocurre con el decreto considerado, como lo es el sostener que “si la religión es un virus, la ciencia puede ser una vacuna”(4), enunciado que vuelve patológica la legítima práctica religiosa y la sentida creencia en la divinidad, al tiempo que asume a la ciencia como grial salvador, tal como si fuese un dios. 

Eduardo Wolovelsky

(1) CONMEMORACIONES, Decreto 1406/98, Declárase el día 25 de marzo de cada año como "Día del Niño por Nacer". Bs. As., 7/12/98, B.O.: 10/12/98, http://infoleg.mecon.gov.ar/infolegInternet/anexos/50000-54999/54777/norma.htm [consulta: 25 de marzo de 2015] Nota: al día de la consulta el decreto sigue vigente.

(2) Gould, S.J., La sonrisa del flamenco, Barcelona, Crítica, 1995, pág. 66

(3) Wolovelsky, E. Iluminación. Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación, Buenos Aires, Biblos, 2013, pág. 147-148.

(4) Golombek, D., Las neuronas de dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, Buenos Aires, Siglo XXI,2014, pág. 199.

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Nuda vida
Aplausos por la humanidad extinta

Afirma usted que es de cobarde matar al otro negándole la mirada. Tonterías, la puñalada debe ser por la espalda, sin riesgos, hundiendo el cuchillo una y otra vez para asegurar la muerte como parte de un simple acto regido por la eficacia biológica. Usted se espanta de este hecho porque en su pensamiento el hombre aún existe, pero no se ha dado cuenta de que usted es el último, de que la humanidad se ha extinguido, no por efecto de algún arma de destrucción masiva o un incontenible y mortal microorganismo, sino por la festiva decisión del aplauso que halaga la biografía negada. 

Relatos salvajes

Mira una y otra vez al hombre que espera ser atendido. La angustia y la sorpresa se entremezclan en sus vísceras porque quien está sentado frente a la mesa es el mismo que arruinó su vida, el mismo que mató a su padre y la hundió en la miseria. Obedeciendo a la responsabilidad que le impone su trabajo se acerca con ansioso disimulo y le toma el pedido. Ahora, desde la cocina, lo espía y lo ve indefenso mientras aguarda por su plato de comida en un pobre parador de una ruta de la que no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va. Cumple con su obligación y le sirve papas fritas a caballo, el plato más vulgar que pueda esperarse en esos pagos pero que, sin embrago, porta un inesperado condimento: veneno de rata.

Ella no lo quería matar, o tal vez sí porque no opuso resistencia cuando su patrona decidió contaminar la comida para que el hombre muera. Pero las cosas no suceden como se supone debió ser y la furia encuentra un camino más certero en las manos de la dueña del parador y en los incontables puntazos que aplica por detrás y que sorprenden al hombre desangrándolo. Pero que importa, no hay decisión alguna, es solo la venganza de la naturaleza que convoca vividas emociones.

La muerte aquí descripta es una de las tantas que se narran en la película Relatos salvajes (1), filmen el que se reniega de la ética implícita en los actos humanos para reducirlos a un episodio de la lógica natural. En los relatos, hombres y mujeres someten su condición a la del cuerpo animal tal como se explicita en la presentación de cada uno de los actores al comienzo de la proyección.

Monos como Becky

Egas Moniz quedó seducido por las experiencias neurológicas realizadas sobre el cerebro de un chimpancé llamado Becky. No dudó, a partir de lo observado, en desarrollar y aplicar una respuesta quirúrgica en los seres humanos como forma de apaciguar ciertas expresiones violentas. Por ello, en 1949, recibió el premio Nobel. Con el tiempo serán decenas de miles los hombres y las mujeres que padecerán los esterilizantes efectos sobre sus vidas producidos por la lobotomía prefrontal. En la película Monos como Becky (2) y a partir de este hecho, Jorge Larrosa reflexiona sobre la vida desnuda a la que Relatos salvajes parece someternos:

“Puede ser que la lobotomía, el encierro psiquiátrico o el uso de fármacos tengan que ver con la salvaguarda de la vida del paciente, porque al paciente hay que protegerle de sus impulsos autodestructivos, hay que hacerle vivir, hay que permitirle vivir. El problema será siempre qué significa vida, porque nosotros tenemos una palabra para vida y eso permite expresiones tan paradójicas como “esta vida no es vida” o “la vida está en otra parte”, porque la vida siempre está en otra parte. Los griegos tenían dos palabras para vida. Los griegos hablaban de zoé de donde viene zoología que es vida desnuda, vida como supervivencia, vida pura y el valor de ese tipo de vida se mide por su duración y por la ausencia de dolor y el incremento de la satisfacción. Los griegos hablaban también de bíos ybíos es siempre la vida de alguien, solamente el bíos puede ser objeto de una biografía, solamente elbíos es singular, solamente el bíos tiene sentido independientemente de lo que dure e independientemente de lo que duela. El problema con las técnicas agresivas psiquiátricas es que a veces matamos la vida para salvar la vida, es decir matamos una vida con sentido, aunque duela y aunque dure poco para crear una vida como supervivencia, una vida donde está ausente el dolor pero donde está ausente también el sentido, donde la vida es vida genérica, es vida de especie.”

Eduardo Wolovelsky

(1)   Título original: Relatos salvajes.  Dirección y guión: Damián Szifron. Origen: Argentina. Año: 2014
(2)   Título original: Monos como Becky. Dirección y guión: Joaquim Jordà. Origen: España. Año: 1999


Fenómenos naturales

Fuera un mortal zarpazo o la silenciosa picadura; pudiera ser la hierba desgarrada, o tal vez una emponzoñada mordida. Hendir, lacerar, herir, matar, pueden ser actos, pero también puede que sólo sean fenómenos, ciegos sucesos de un mundo natural donde la vida de unos se sostiene sobre el fin de la existencia de los otros.

La vida en la Tierra es diversa. En tanto algunas formas, como las plantas, son capaces de aprovechar la energía solar para la síntesis de los compuestos orgánicos que los constituyen, otros sólo pueden vivir si son capaces de hendir, picar, lacerar o desgarrar porque  únicamente pueden nutrirse de los tejidos de otros organismos.










Charles Darwin segúnCreation, película 
en la cual se relata su drama existencial durante la escritura de El origen de las especies.

El hombre también pertenece a esta lógica del mundo natural y por ello se sustenta a partir de productos vegetales y animales y, sin embargo, es también un extranjero porque sus acciones se realizan desde su particular universo ético que no tiene correspondencia alguna con las relaciones interespecíficas que se dan en el resto del mundo viviente. A pesar de ello, y no pocas veces, encontramos afirmaciones referidas a la armonía de la naturaleza o por el contrario a su violencia. Pero los juicios éticos sobre las relaciones tróficas entre los organismos vivos parecen tan ilegítimos como un posible veredicto moral que se pudiese enunciar sobre la gravitación o la interacción electromagnética, lo cual sabemos no ocurre, aunque sí sucede lo primero.

Confusa moral

–Haz que cese, no es justo–, ruego y reclamo que no puede desoír. Darwin acaba de observar junto a cuatro de sus hijos como una liebre muere atrapada en la quijada de un zorro. Su hija Etty reclama con dolor por la suerte del animal herido, por la fría y severa muerte que el diente le impone. Annie, su hermana y segunda hija de Darwin, le responde con una sonrisa pidiéndole que considere la supervivencia del zorro y la suerte de sus crías, porque si el adulto no caza, ellas mueren de hambre: esto no es justo, tampoco injusto, es la ley de la naturaleza. En esta escena, relatada en el film Creation, se resume con singular agudeza el logro del darwinismo por entender la adaptación y las relaciones entre especies como hechos de la naturaleza sin intención y sin moral. Sin embargo, y aunque haya transcurrido más de un siglo y medio desde la publicación de El origen de las especies, se sigue humanizando y moralizando al mundo biológico, en particular cuando se trata de la relación entre predadores y presas.

“Todos los animales tienen armas que los ayudan a defenderse. No pienses en ametralladoras, pistolas laser o bombas neutrónicas… Cualquier cosa que les permita zafar de sus perseguidores puede ser un arma poderosa”(1) Pero los animales no tienen armas porque estas son creaciones tecnológicas humanas. El texto precedente parece querer explicarnos el diseño y las adaptaciones de los seres vivos al acto de cazar o de evadirse humanizando a la naturaleza, convirtiendo, de esta forma, la existencia y la tenencia de armamento en un acto moral lícito, porque son las armas las que salvan. Idea confusa que Annie Darwin objeta y que nos obliga a un regreso, hacia el hendir, el lacerar, el herir y el matar entendidos como sucesos definidos por las relaciones entre distintos organismos biológicos, como leyes de la naturaleza que no guardan vínculo alguno con el hecho moral de la violencia ejercida por los hombres y de las terribles muertes que se producen por su eficaz armamento.

Eduardo Wolovelsky

(1)   Baredes, C., Lotersztain, I., ¿Por qué se rayó la cebra? y otras armas curiosas que tienen los animales para no ser devorados, Iamiqué, Buenos Aires, 2005, pág 14.

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27 de octubre de 1553  

En dos ocasiones fue condenado y en ambas quemado. La primera por la potestad de la inquisición y la siguiente por el poder protestante de la ciudad de Ginebra. En su último libro, publicado el mismo año de su muerte, describía la circulación pulmonar para definir la imagen moderna del movimiento sanguíneo. Aunque finalmente el reconocimiento por tal logro recaería, por buenas razones, sobre William Harvey, quien lo detalló en su obra De motu cordis, en 1628, sus escritos y su gesta son para la cultura moderna símbolos del valor del librepensamiento.

Razón

El corazón, que en sus contracciones promete la posibilidad de la vida, impulsa, en cada uno de sus movimientos, aproximadamente seis gramos de sangre. Si se producen unos ochenta latidos por minuto, entonces el músculo cardíaco debería impulsar unos veinticuatro kilogramos de sangre por hora, lo cual es una cantidad muy superior a la del alimento que se ingiere en ese mismo intervalo de tiempo. Este dato, que el propio Harvey obtuvo de sus experimentos con animales, contradice el modelo que Galeno propuso hacia el siglo II, según el cual la sangre se forma del alimento que se incorpora y luego se consume en los órganos.

William Harvey fue el médico de Carlos I, rey de Inglaterra decapitado tras el triunfo de la revuelta liderada por Oliver Cromwell. Vivió en la misma época que Galileo Galilei y como el gran astrónomo florentino valoró el trabajo experimental y la medición cuantitativa como posibilidades para decidir cuáles de todas las explicaciones  sobre los fenómenos naturales deben ser consideradas válidas. Su escrito De motu cordis contradice las concepciones fisiológicas heredadas de la antigüedad clásica y se constituyó en una afirmación temprana sobre el aspecto que hoy le otorgamos a la circulación sanguínea.

Religión

Christianismi Restitutio (Restitución del cristianismo) fue su obra más importante, un texto donde la sangre pasará a moverse en dos circuitos interconectados, un escrito en el cual describirá la circulación mayor y la circulación pulmonar definiendo una continuidad entre arterias y venas. Fue también un libro por el que será condenado a muerte por la Inquisición de la ciudad de Lyon, pero, dada su fuga de la prisión fue quemado en efigie. Poco después será reconocido  en Ginebra y entregado para su juicio a las autoridades protestantes de la ciudad. Miguel Servet había nacido en España y estudiado medicina en Paris. En muchos de sus alegatos cuestionó el dogma cristiano de la trinidad por lo que llegó a postular un sistema circulatorio cerrado tal como se lee en sus propias palabras:

Para que usted, lector, pueda disponer de la doctrina completa del espíritu divino y del espíritu, añadiré aquí la explicación de la filosofía divina que fácilmente comprenderá si tiene conocimientos de anatomía. Se dice que existe en nosotros un triple espíritu formado por tres elementos superiores; el natural, el vital y el animal. Afrodiseo les describe como tres espíritus. Sin embargo, no son tres sino un único espíritu (spiritus). El espíritu vital es el que se comunica a través de la anastomosis desde las arterias hasta las venas, donde pasa a denominarse espíritu natural. Por lo tanto, el primero, el espíritu natural, es el de la sangre, y se encuentra en el hígado y en las venas del cuerpo. El segundo es el espíritu vital, el cual se halla en el corazón y en las arterias del cuerpo. El tercero es el espíritu animal, una especie de rayo de luz, y está en el cerebro y en los nervios del cuerpo. En todos ellos reside la energía de un único espíritu y la luz de Dios.(1)

Metáfora

Las razones por las cuales Servet defendió un modelo de la circulación sanguínea caracterizado como un sistema doble y cerrado son religiosas y por ello el reconocimiento de tal logro recayó sobre William Harvey. Siendo hereje para los reformadores cristianos como Juan Calvino fue condenado y quemado en la hoguera el 27 de octubre de 1553, sin embargo, Miguel Servet no pudo ser consumido por el fuego de la hoguera. En nuestra época, marcada por el sacerdocio del experto, su compromiso personal como librepensador aún puede iluminar nuestra mirada.

Eduardo Wolovelsky

(1)  http://www.servetus.org/es/miguel-servet/escritos-y-obras/63-christianismi-restitutio-1553.html 
consulta: 23 de octubre de 2014.

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Accidentes
 
   
Estados Unidos, 28 de marzo de 1979. En horas de la madrugada se detecta una falla en el sistema secundario de refrigeración del segundo reactor de la central nuclear de Three Mile Island. Las acciones que se instrumentan para resolver el desperfecto, sumadas a la imposibilidad de evaluar correctamente el estado de una válvula liberadora de presión, desencadenan una serie de eventos que culminan con la fusión parcial del núcleo. El accidente obliga a la liberación controlada de material radioactivo a la atmósfera. Si bien las consecuencias ambientales y sanitarias de lo acontecido en esta central próxima a la ciudad de Harrisburg fueron poco severas, significaron una seria advertencia sobre los riesgos de la energía nuclear, cuestión esta que se agravará años más tarde con los sucesos de Chernóbil y Fukushima.

Ucrania, 26 de abril de 1986. Allí se realiza una prueba para evaluar la seguridad de un reactor. Sin embargo, las decisiones que se toman concluyen en el más severo accidente que sufriera central nuclear alguna.
La fusión del núcleo y la posterior explosión levantan la loza superior de 1200 toneladas liberando gran cantidad de materiales radioactivos a la atmósfera. A lo sucedido en la central de Chernóbil, en cercanías de la hoy
 

Fukushima I by Digital Globe. El 11 de marzo de 201 un tsunami golpeó la costa este de Japón afectando la central nuclear de Fukushima. Tras una serie de sucesos complejos se produjo la fusión del núcleo de tres de los seis reactores y la consecuente liberación de material radioactivo al exterior.”
fantasmal ciudad de Prípiat, lo caracterizan dos aspectos muy significativos. El primero se refiere a la ausencia de un edificio de contención que sí estaba presente en la central de Three Mile Island, en tanto que el segundo se relaciona con el secreto: la Unión Soviética no informó sobre el accidente, el alerta provino de Suecia.  

Las dudas y las inexactitudes sobre el verdadero significado de lo ocurrido en la central de Chernóbil también involucran al informe de la OEIA (Organismo internacional de Energía Atómica), de la OMS (Organización Mundial de la Salud) y del PNUD (Programa de naciones Unidas para el desarrollo), y sobre el cual los propios organismos comentan:

En cuanto a los efectos en el medio ambiente, el informe también es tranquilizador: las evaluaciones científicas indican que, salvo en la zona incluida en un radio de 30 km del reactor, que está muy contaminada, y en algunos lagos cerrados y bosques de acceso restringido, los niveles de radiación han vuelto a situarse, en su mayor parte, en valores aceptables. “En la mayoría de las zonas los problemas son de índole económica y psicológica, no sanitaria o ambiental”, señala el Dr. Balonov, secretario científico del Foro sobre Chernóbil, que ha participado en la recuperación de Chernóbil desde que ocurrió el accidente.(1)

Cabe preguntarse si “tranquilizador”, tal como se destaca en el subrayado que hemos hecho, es una calificación adecuada para las consecuencias de lo sucedido.

La producción de energía eléctrica es uno de los grandes desafíos para nuestro mundo. No es posible descartar sin más los procesos de fisión nuclear. Pero, tras los accidentes de Chernóbil y Fukushima, parece vital promover una discusión abierta, no tutelada por ningún organismo ni censurada bajo la supuesta piedad que se escuda en la presunción de que la población no puede soportar la verdad o no puede entenderla. También es necesario responder a otra pregunta: ¿puede una sociedad basar su desarrollo en la suposición de que es posible generar de manera continua cantidades crecientes de energía? 

Eduardo Wolovelsky

(1) OMS/OIEA/PNUD, Comunicado conjunto, “Chernóbil: la verdadera escala del accidente”, http://www.who.int/mediacentre/news/releases/2005/pr38/es/ [consulta 23 de septiembre de 2014]

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Ni ángeles, ni demonios
Sobre los organismos transgénicos

...los productos de la industria química pueden ayudar a los agricultores a que, en la buena tierra, puedan transmutar las piedras en pan (1). Emotiva y conmovedora esta frase fue pronunciada por el químico Fritz Haber cuando se le concedió el premio Nobel correspondiente al año 1918 por la síntesis del amoníaco que, entre otras cuestiones, iba a posibilitar la producción de fertilizantes artificiales. Son las palabras últimas de un extenso pronunciamiento que parece predecir la revolución verde que, algunas décadas más tarde, lograría un aumento significativo en la productividad agrícola. Sin embargo, junto con la sublime impresión que provocan, estos dichos portan una imprudente grandilocuencia que dificulta el entendimiento de los significados sociales y ambientales del desarrollo científico-tecnológico.

Comprender es una acción difícil que se ubica por fuera del seductor contrapunto según el cual o se es ángel o se es demonio, donde los desarrollos tecnológicos o son la salvación contra los males que nos aquejan o son la condena definitiva para nuestras posibilidades de vida en el planeta.

El relato imaginado por Mary Shelley sobre la creación humana del Dr. Frankenstein se ha convertido en la metáfora más significativa sobre los riesgos tecnológicos heredados de la desmesura del pensamiento. Inteligente, pero colmado de fealdad, la criatura animada por el hábil médico es segregada y excluida por el resto de los seres humanos. En el dolor de su soledad, se venga de su creador asesinando a sus seres más queridos. Así, el Dr. Víctor Frankenstein se convierte en indigno hombre de ciencia y su realización en expresión del mal tecnológico. Pero en el juego de la ficción podríamos imaginar una historia distinta, un relato diferente, en el cual el hombre cosido y reanimado por el temerario galeno guarda tal belleza e inteligencia que es particularmente apreciado por las otras gentes. Si esta fuese la perspectiva, ¿no sería el Dr. Víctor Frankenstein héroe en lugar de villano? De manera inevitable, la cuestión sobre los organismos genéticamente modificados nos remite a esta última pregunta dado que hay quienes ven en las formas vivas generadas por transferencia de material genético una respuesta definitiva a las dolencias y problemas que nos afectan, en tanto que para otros solo significan degradación ambiental y abusos del hombre modificando la naturaleza. Podemos afirmar que los cultivos genéticamente modificados han mejorado el rendimiento económico y la productividad agrícola, pero ni sus beneficios se han repartido equitativamente ni tampoco sus perjuicios, porque toda tecnología, sea cual fuese, porta aspectos que no deseamos. Los cultivos de variedades transgénicas se han extendido por amplias áreas geográficas generando numerosos debates difíciles de resolver, tal vez por la confusión de conceptos, tal vez por las idealizaciones sobre la agricultura pasada, tal vez porque se lo supone exclusivamente una cuestión instrumental y no un hecho social y político. ¿Por qué le estaría vedada al hombre la posibilidad de generar nuevas variedades de organismos cuando tiene las posibilidades técnicas para ello? ¿Por qué no se habría de promover el uso de variantes diseñadas por técnicas de ADN recombinante cuando esto favorece el aumento de la productividad y disminuye los costos? ¿Qué riesgos estamos dispuestos a aceptar con relación a la producción de organismos genéticamente modificados?, ¿quién decide?

(1) Fritz Haber - Nobel Lecture: The Synthesis of Ammonia from Its Elements". Nobelprize.org. Nobel MediaAB 2014. Web. 10 Sep 2014. <http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/chemistry/laureates/1918/haber-lecture.html>Eduardo Wolovelsky

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Todesengel

Errada soledad la que pinta al hombre y al médico que experimenta en los idílicos paisajes del sur. Confusa perspectiva sobre sus conceptos y sus responsabilidades que obligan a enfocar la mirada sobre la reflexión que alguna vez formulara François Jacob:

En la época de la ingeniería genética, del proyecto sobre el genoma humano, de las investigaciones sobre el embrión, de la sociobiología, no es posible olvidar. No es posible hacer como si nada hubiese pasado en los campos de concentración de la Alemania nazi. Lo que importa aquí no es el papel del médico que llevaba a cabo lo que él denominaba “experimento” en aquellos campos, sino la del científico que había inspirado la teoría; la responsabilidad de los que propusieron el cuerpo de doctrinas sobre el que se fundó la versión más burda del determinismo biológico. Con la cordura que proporciona la distancia del tiempo, es fácil decidir que la mayor parte de las ideas que inspiraron el movimiento eugenésico (mejoramiento genético de los seres humanos) carecían de fundamento. Y, no obstante, muchos de sus partidarios eran hombres de ciencia perfectamente respetables, que creían actuar a favor del interés público. Entonces, ¿dónde está el error? (1)

El relato sobre Josef Mengele asumido por la película Wakolda muestra al Ángel de la muerte (Der Todesengel von Auschwitz ) como un compulsivo experimentador sobre seres humanos, desconociendo que su acción en Auschwitz se realizó dentro de una red que abarcó a los más prestigiosos institutos de investigación de Alemania y bajo un marco teórico-científico que lo justificaba. El trabajo biomédico ejecutado en los campos de extermino y las políticas de mejora genética desarrolladas en países como Estados Unidos, Suecia o Dinamarca en la primera mitad del siglo XX, no fueron acciones derivadas de perspectivas pseudocientíficas sino la consecuencia de una mirada sobre la herencia humana ubicada dentro de la legalidad científico-académica. No es posible “salvar” la ciencia sometiendo este duro capítulo de la historia al exilio en el desierto de una equivocada irracionalidad o hacerlo resguardando su drama en un marginal teatro donde solitarios y perversos actores juegan su papel.

Aunque falseada por los sucesos de los tiempos recientes, la supuesta virtud democratizadora de la ciencia recorre los medios, también lo hacen las consideraciones sobre el desarrollo de la tecnología entendida como inevitable fatalidad según el entusiasmado comentario de Santiago Bilinkis cuando se pregunta en relación con futuras prótesis: “¿qué va a pasar cuando podamos hacer algo mejor que nuestras piernas para un propósito general, para hacer todo lo que hacemos cotidianamente? Yo les digo que sé lo que va a pasar, cuando eso suceda nos vamos a cortar las piernas” (2). Estos hechos y estas consideraciones muestran que la pregunta planteada por François Jacob no fue saldada y por lo tanto queda constituida como imperativo que cuestiona al marmóreo Mengele de la pantalla, juzgado e inculpado en soledad, en un acto de riesgosa expiación que anestesia el pensamiento sobre el pasado y también sobre los compromisos que se asumen en la actual y necesaria investigación biomédica.

(1) François Jacob, El ratón, la mosca y el hombre, Barcelona, Crítica, 1998,, pág. 154.
(2) http://bilinkis.com/2011/07/video-de-la-charla-el-futuro-del-futuro-en-el-planetario/ 
[consulta 17 de agosto de 2014].


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